jueves, 15 de octubre de 2015

Una mirada a las Ruinas Circulares de Jorge Luis Borges

Karla Avilés Gutiérrez

El lenguaje es la obra maestra de las obras literarias. La literatura ha sido y sólo puede ser una especie de extensión de la memoria, una reformulación de la realidad y la aplicación del lenguaje. En ella, lo verdaderamente importante, es lo que se dice y cómo se dice. Así, toda creación no es más que una combinación de las potencias de un vocabulario. Es decir, la obra literaria es un “arte combinatoria”, de un acto que supone dos elementos indispensables; el autor y el lector. Este ejercicio admite un número de obras infinito –las ya escritas y las que están por escribirse- y creciente, en el que intersticios e interpretaciones alimentarán el contenido con el tiempo y con cada espectador.

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Para Umberto Eco lo estético literario no se concibe sin la triada autor Modelo, Texto, Lector Modelo, entidades que se advierten en el discurso y que permiten su funcionamiento. Así, por ejemplo, el Autor Modelo no es el autor persona, sino, más bien, la inteligencia de construcción que anima al texto. Esta estrategia textual de que da cuenta el Autor Modelo está íntimamente ligada al estilo; en este sentido se podría afirmar que Borges, como autor de Ficciones y El aleph, entre otros, es un estilo filosófico-fantástico-realista con preocupaciones lingüísticas y semánticas muy específicas que radican, según pienso, en el compromiso del arte por el arte, con la palabra, con diseccionar el discurso para renovarlo: Borges intuye que la palabra es el instrumento primordial y totalizador de unión entre el hombre y lo que en materia teológica se llama Dios. Supone, por tanto, que el conocimiento no puede ser adquirido ni desarrollado sin el lenguaje, pues todo está a él supeditado, así, las ciencias y la filosofía comparten esa base creadora. El universo para Borges, sólo puede caber en un símbolo abarcador: “el lenguaje”; de esta manera, todas las cosas son definibles únicamente con palabras. “Universo” es sólo en la medida en que pensamos en la palabra universo. A partir de lo anterior, podemos aseverar que la preocupación estética fundamental de Borges es el lenguaje y su arte combinatoria simbólica.
Jorge Luis Borges Autor Modelo pone en marcha mecanismos de cuestionamiento tanto internos como externos al acto literario, sin embargo, su preocupación principal es el lenguaje como creación y artificio. Esta resemantización que hace de otras disciplinas dota a sus ficciones de una densa y compleja reflexión meteficcional sobre autores, géneros y temas literarios.
Borges nos instala, a través del uso particular de objetos y constructos fantásticos (sui generis), en una reformulación inusitada de los símbolos universales o arquetípicos ya existentes, insertando en su discurso objetos científicos y constructos literarios haciéndolos de un tipo y uso diferente del  que poseen en la ciencia y en la sociedad.
Se observa –o el Lector Modelo observa– la intención última del Autor Modelo; el ansia por depurar a la literatura y hacer de la creación textual algo que subyace a la codificación sígnica que posee el mundo. Para esto se sirve de elementos que aportan las “realidad, lo fáctico”. Sueños, laberintos, memoria, entre otros, son signos descentrados de una realidad que resulta fractal y emerge el hecho estético; la literariedad. “En Borges se encuentra el acontecimiento de la búsqueda de la absoluta percepción sin espacio ni tiempo”. (De Toro, 1999: 53)
Con Borges aparece una manera peculiar de lo literario en ámbitos como el de la narrativa  fantástica, el ensayo y la poesía. Habremos de enfocarnos en el primero.
La ficción fantástica borgeana posee una estructura básica que fluctúa de lo real a lo “desreal”, particularizada, entre otras cosas, porque el carácter narrativo, el modo en que la historia propuesta es leída y percibida se trueca figurativa, es decir, el lenguaje es puesto en operación para recrear las representaciones imaginarias y para que el lector logre aprehenderlas. Esto explicaría por qué las ficciones borgeanas no obedecen el canon establecido, pues su estilo no posee las características que inauguraron el género fantástico, no contienen, por ejemplo, fantasmas.
Los textos de Borges se legitiman e insertan en la tradición fantástica por la forma de problematizar los temas; su estilo es un arma que provoca fruición estética, rechazo o confusión, condiciones básicas de la literariedad de una obra.
Formalmente, en El Aleph, en Ficciones y en El libro de arena, por ejemplo, nos encontramos con un Autor Modelo cuyo lenguaje es conciso, que gusta de la brevedad y no produce dilación en descripciones o dramatizaciones. En sus textos, ningún adjetivo o construcción sintáctica está de más y aunque breve el texto, se aprecia sustancioso y recargado de sentido, como pensaba Iuri Lotman que debía ser el texto artístico.
En cuanto a los temas o forma del contenido, el ejercicio estético de Borges Autor Modelo está formado por la memoria de los hombres y su suma: toda época escribe el libro a su manera y, de este modo, invariablemente las ideas se repiten. Lo anterior es equiparable a lo que Nietzsche llamó “eterno retorno”, concepto antes trabajado por estoicos y pitagóricos. Borges, además, pone en contacto disciplinas como la filosofía y la literatura, para procurar motivos a sus narraciones.
El estilo Borges se caracteriza por dar un uso particular a los símbolos. Estos símbolos están representados por objetos y constructos que se tornan fantásticos dentro de sus ficciones.
Llegados a este punto y en consideración a lo anterior, habré de arriesgar una conjetura en torno a una de las ficciones del escritor argentino, teniendo en cuenta que leer a Borges exige el reto de la interpretación, el desafío de la exégesis y del deleite.

El Símbolo en “Las ruinas circulares”
Platón pensaba que los hombres provienen del olvido y al imponerse al mundo recuerdan. La narración inicia con un hombre que sueña otro hombre. Al concluir el relato, el soñador resulta ser el sueño de otro[1]. El lapso en que el sueño es creado es de catorce días[2], número que alude a la idea de infinitud, un desdoblamiento del mítico número siete. Así, el soñador sueña infinitas veces y el soñado es condenado a olvidar que ha sido soñado. El sueño es, finalmente,  impuesto a la realidad.
El personaje desembarca “en la unánime noche” (Borges, 2000: 56) y halla un “fango sagrado” (: 56) con el que modelará un sueño. El propósito que guía al forastero es sobrenatural: “quería soñar un hombre” (: 67). Este arduo trabajo comienza en la noche que simboliza la inconsciencia, la vigilia y lo onírico.  En este contexto se construye la fantasticidad del relato. El forastero llega herido, cansado y sangrante a las ruinas, al día siguiente el sol lo despierta. El día representa el resplandor de la conciencia, el objetivar la imaginación, la realidad, es decir, la creación de carácter reflexivo. Hasta este momento existe un sueño y un medio propicio para la creación. Los sueños, según Sigmund Freud, actúan como medios para realizar deseos. En Borges[3], el constructo sirve para objetivar una idea recurrente en los sueños. El ente propuesto por el sueño, instalado ya en el mundo fáctico, contiene códigos, estructuras, concepciones y signos que lo convierten en un sistema similar al manifiesto en la creación literaria[4].
El sueño concéntrico en la ficción borgeana resulta ser una usurpación del ámbito de la realidad; luego, la fantasía es la realidad. Funciona como coadyuvante de la creación en la que el hombre que sueña ostenta el poder y el libre albedrío  de un dios. Por otro lado, el fuego[5] es “símbolo del que se sirve  para identificar, al parecer, la energía mental y el sueño”, pues el fuego “es el principio universal dinámico del Universo, fuente de toda energía” (Risco, 1998: 137). Se establece una relación de reciprocidad entre la creación de cualquier tipo y la energía mental o fuego. El sueño[6]es, entonces, una creación cobijada por un Dios milenario. El fuego, en lo alto de las ruinas, ilumina la noche y al soñado, es multiforme, es decir, posee infinitas connotaciones: tigre-caballo-fuego-memoria-olvido-tiempo, simboliza “la fuente de la vida y de la definitiva totalidad del hombre” (Jung, 1957: 102). Este elemento divino es el hálito que dota al sueño de espíritu, es la conciencia útil que adquiere múltiples formas proyectadas en las ruinas que, además, son circulares, es decir, proponen un laberinto. La circularidad se convierte en la analogía, correspondencia o paralelismo con carácter espacial de soñadores y soñados. Estamos aquí frente a una puesta en abismo que abarca las infinitas posibilidades y “condiciones de apropiación de una escritura” (Marco, 1981: 134) por parte del lector. Eventos que se repiten regresando a su caótico e imprevisible punto de origen, como en el Génesis. El soñado es el resultado de una paternidad antiquísima de los dioses. La creación es el espejo donde se mira el artista. Un espejo[7] que se identifica con las cosas que abarca, que mira el rostro del reflejado pero no sus pensamientos.
El ambiente circular y el dios del fuego son elementos útiles que el soñador o el mago (arquetipo del artista) necesita, pues son propicios para el prodigio de instaurar al otro en el mundo. Por otro lado, la idea taoísta de que el fuego es el camino para liberarse de la condición humana confirma que el soñador-padre, artista-Dios, posee un intelecto que representa el impulso a la espiritualización y, finalmente, ¿qué es la obra de arte sino la conjunción de inteligencia y espíritu? Es reflejo de espíritus con afán creador, se diría desde la teoría de la inefabilidad[8]. La creación a través del sueño es legitimada por el Dios fuego,[9] surge de la nada, del caos, como todas las creaciones. Así, el soñado nace de un material presente sólo en la mente del creador, de un mundo de ideas. Finalmente, el “hombre” es instalado en el mundo y percibido por una mirada que tiene el don de objetivarlo, de construirlo. Sueño, soñador y fuego son entonces, al mismo tiempo, escritura, creación, materia de la imaginación que se urde sólo a partir de una escritura anterior.
Ésta es la idea recurrente de Borges Autor Modelo; ya todo está dicho y la producción literaria es posible sólo a partir de la literatura, por lo que, para él, no existe el plagio. El sueño se materializa, fluyen de él imágenes oníricas que se adueñan de esa nueva existencia. El sueño en “Las ruinas circulares” es metáfora de la creación textual, del fuego inconciente en cuya flama está la idea, la iluminación, la imaginación. Representa la idea del origen y paternidad de los dioses como en los relatos clásicos épicos. El hombre espejo del artista, del dios que crea sin necesidad de una Ella[10]. De este modo, cuando los dioses sueñan, materializan la idea, la vuelven realidad. “Si el soñador es nada más que un sueño, hemos leído este sueño, no otro; si no somos más que el sueño de alguien, nos descubrimos como parte de ese sueño, en cuyo caso somos interiores a él; si el relato es también un sueño, hemos leído un sueño, no su relato…” (Risco, 1998: 140). Es decir, la literatura se autogenera constantemente, es proteica y alimenta lo que está por escribirse y lo que ya se escribió.
Ahora bien, si el mundo es representación y se crea a partir de un referente, entonces, la condición primordial para imaginar y crear es “reproducir” a partir de modelos establecidos, de hipercódigos. Al materializarse este afán, el creador, al igual que un Dios, simula y remodela la realidad[11] a imagen y semejanza de su enciclopedia mental. Al principio de la creación todo es caos, lluvia de ideas, para, finalmente, tomar forma. 
Por otro lado, la producción y realización del sueño, el acostumbrarse a la realidad y olvidar su condición, representa un proceso de creación largo, cuidadoso y lento. Nada en el producto final es casual. Este hijo-sueño se instalará en el mundo e inevitablemente será percibido. Berkeley señalaba que nada existe, lo que nuestros sentidos perciben es creado en ese instante. Así, los que conozcan, lean e interpreten ese hombre-libro tomado de la “realidad” detectarán un sueño objetivado al momento de ser leído.
Es pertinente mencionar que la ficción “Las ruinas circulares” tiene una relación intertextual con Las mil y una noches. En ambos relatos se halla cierto número que denota infinitas veces[12]. En el primer relato son los cabalistas la referencia clave para interpretarlo; en el segundo caso la razón es “supersticiosa, pues así sentimos que nos dan algo infinito y que nos agrega todavía una yapa[13], una noche…” (Borges, 1995: 66). En ambos relatos “todo” está contenido en un relato axial, lo que hace que pensemos en las muñecas rusas o en la metadiégesis, según los términos de la narratología. “Las ruinas circulares”  son una reelaboración de una antigua historia oriental en la que el mundo es el sueño de un Dios y los hombres una repetición temporal.
            Lo anterior, según creo, da cuenta de la preocupación del Autor Modelo respecto del hecho literario ficcional y su artificio. Al respecto, Borges comenta: “Nosotros (la indivisa divinidad que opera en nosotros) hemos soñado el mundo. Lo hemos soñado resistente, misterioso, visible, ubicuo en el espacio y firme en el tiempo; pero hemos consentido en su arquitectura tenues y eternos intersticios de sinrazón para saber que es falso”[14] (Marco, 1982: 138). Jung, por su parte, tenía la teoría de que la realidad es arquetípica, esto es, que las situaciones comienzan como un juego parecido a nuestros sueños[15]; el resultado es la obra literaria.



BIBLIOGRAFÍA
Borges, Jorge Luis.  
2000a             El Aleph. Alianza editorial.
1995                Siete noches. México. FCE.
De Toro, Alfonso.
1999                El siglo de Borges. Canadá, University of Manitoba.
Jung, C. G.,
1957                Alquimia y Psicología. Santiago Buenos Aires, Rueda editor.
Marco, Joaquín.
1982                Asedio a Jorge Luis Borges. Madrid, Ultramar.
Risco, Antón.
1998                           El relato fantástico: História y sistema.  España, Colegio de España.




[1] Jung decía que los símbolos que aparecen en los sueños son “imágenes arquetípicas que describen el proceso de centración, o sea, la formación de un nuevo centro de la personalidad”  (Jung, 1957:57) Es decir, el sueño es una reproducción, un doble del soñador que incluye la otra cara de la personalidad. Así, el Dr. Jeykyll es el doble, el espejo de Mr. Hyde.
[2] Se sabe que para los cabalistas el número catorce representa el infinito.
[3] Borges en “Siete noches” habla de los sueños como la expresión estética más antigua en la que somos el teatro, el espectador, los actores y la fábula.
[4] Según Risco “Todo deseo o sueño no son más que un engaño de la tiránica Voluntad de la Naturaleza en su ciego afán inmoderado de multiplicar el mundo y las cosas. De ahí la reproducción, la pluralidad, la multiplicidad, la diversidad, la acumulación, almacenes, mercados, bibliotecas, museos, el carnaval, el laberinto obsesivo de Borges, caos, por esencia imposible de comprender, de razonar” (Risco, 1998: 128).
[5] En palabras de Antón Risco, es principio dinámico del Universo y fuente de toda energía.
[6] “Si la literatura es un sueño”, “fundamentalmente un sueño”, se trata de “un sueño dirigido y deliberado” (Risco, 1998: 135)
[7] “El espejo es en Schopenhauer una frecuente metáfora del intelecto… pues el intelecto es el guía imprescindible del hombre a través de los mares sin sendas” (Jung, 1957: 134)
[8] Umberto Eco opone el estudio estructural de la obra de arte a la teoría de la inefabilidad según la cual el arte no se explica, proviene no del trabajo conciente sino de alguna otra esfera.
[9] Risco explica al respecto que “El fuego en su ductilidad o ambigüedad, susceptible de metamorfosis de todo tipo, es fuerza creadora y destructora, que, por lo mismo se identifica con el tiempo, la historia, la Naturaleza, con toda energía básica, fundamental y  por tanto, con todo principio sobrenatural que la guía (ciertamente los prodigios parecen generados por el dios del Fuego, que se figura en su estatua como un atroz bastardo de tigre y de potro, pero también podía semejar un toro, una rosa, una tempestad: tal es su capacidad de metamorfosis) (Risco, 1998: 132)
[10] El relato establece una relación intertextual con la leyenda del Golem, que versa sobre un rabino de Praga que crea un ser a base de barro y lo convierte en su sirviente. Borges en “Las ruinas circulares” alude al tema. El personaje es un místico persa que adora al dios del fuego y crea un discípulo. 
[11] Para Borges, siguiendo el idealismo de Hume y Berkeley, la “realidad” no existe, sólo quizá como un cúmulo de percepciones. El autor opina que: “Erróneamente, se supone que el lenguaje corresponde a la realidad, a esa cosa tan misteriosa que llamamos realidad. La verdad es que el lenguaje es otra cosa” (Borges, 1995: 102).
[12] En el primero: catorce días, en el segundo 1001 noches.
[13] Pilón.
[14] Marco cita a Jorge Luis Borges.
[15] Si tuviera que describir de forma taxativa la trama de las ruinas circulares, me remitiría a Jung, quien en el libro Psicología y alquimia expresa: “Desde el principio, el camino a la meta es caótico e imprevisible; sólo paulatinamente van aumentando los indicios de una dirección hacia una meta. Ese camino no sigue una línea recta sino aparentemente cíclica… los motivos de los sueños vuelven a asumir siempre formas determinadas que, de acuerdo con su naturaleza, señalan hacia un centro. Y lo cierto es que hasta se trata de un centro o una disposición centrada, que en ciertas circunstancias, ya se manifiestan en los primeros sueños” ( 1957:39-40). 

domingo, 4 de octubre de 2015

De estereotipos y estereotipados en la televisión
Por: Jorge Luis Gallegos Vargas
Óclesis


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http://culturacolectiva.com/los-estereotipos-al-desnudo/
La televisión juega un rol muy importante dentro de la sociedad actual y es justamente ahí en donde la mayoría de los estereotipos de difunden. La sociedad actual se encuentra caracterizada porque ven la televisión como un “espejo”, es decir, creen encontrar en ella un reflejo de lo que le sucede en la vida cotidiana. Cada vez más tiempo a ella: un mexicano pasa de cinco a ocho horas del día frente al televisor.
La comunicación que se da en los ‘mass-media’, recibe el ‘feedback’ o retroalimentación a través de la reproducción social, la modulación e identificación con lo que ahí se ve. Cabe aclarar, que el mensaje en la comunicación masiva está destinado a un público heterogéneo, tratando de crear una uniformidad de pensamiento, aportando valores, modelos y normas culturales estandarizadas. Los medios de comunicación actúan como agentes reforzadores de creencias.
Es imposible negar el poder que la televisión ejerce sobre la moral, la estética de las masas, entendiendo por tales multitudes humanas, susceptibles de manipulación, una frágil cohesión de sus eventuales y efímeros integrantes. Así pues, la sociedad a partir de la segunda mitad del siglo XX, es una sociedad con una severa crisis moral; crisis que se ha acentuado gracias a la aparición de la televisión.
Un estereotipo es un conjunto de creencias sobre los atributos que caracterizan a un grupo social, y sobre los cuales existe un acuerdo básico. Las funciones con las que cumple un estereotipo es la de categorizar y generalizar al mundo para que exista una comprensión más coherente del mismo. Dichas funciones hacen que los roles desempeñados dentro de una sociedad se caractericen en la persona, generalicen las diferencias en el comportamiento: indicadas por su naturaleza y no por su tradición previamente estereotipada.     
La coincidencia de encontrar personajes similares, demuestran que los televidentes aceptan los estereotipos, haciendo que éstos se adopten en el imaginario colectivo. Dentro de los melodramas es necesaria la existencia de la imagen antagónica para justificar la existencia de una heroína.
No es raro que la mujer busque identificarse y buscar dentro de ellas los valores que tienen las protagonistas, sobre todo las amas de casa, que son el público al cual van dirigidos dichos programas televisivos.
Hasta hace algunos años, la imagen femenina más recurrente en las telenovelas era al de las ‘Marías’. Estas mujeres viven con alguno de sus familiares, pero siempre se enfrentan ante la ausencia de uno de ellos: el cual siempre es adinerado; el dinero que recibe por su trabajo es utilizado para beneficiar a los demás; es discriminada por su nivel económico; es mal educada; es analfabeta; son nobles, bellas y tímidas; aman en silencio al personaje masculino, quien es pareja de la antagonista; lloran como símbolo de fragilidad; es poco inteligente pero sus valores la llevarán a la consecución de un final feliz; entre otros.
Estas características se aplican a la gran mayoría de melodramas. Es difícil encontrar telenovelas en donde no existan bueno ni malos; en donde no existan personajes tan delineados, es decir, que no cuenten con figuras estereotipadas. Las telenovelas emiten mensajes permeados de valores, o falsos valores que son adoptados por el receptor.
Es claro que los discursos telenoveleros son sexistas, limitando el desarrollo intelectual de las personas; al mismo tiempo, se hace un ejercicio de discriminación hacia la mujer, ya que la mujer que es inteligente (antagonista), tiene un final trágico.
Al mismo tiempo, la mujer dentro de los medios es manifestada como un ente emocional y afectiva; donde quizá, los únicos roles que pudiera desempeñar es el de madre, esposa o ama de casa.
Los discursos televisivos pues, subestiman a la mujer, quitándoles características que también son propias de ellas: inteligencia, independencia, capacidad para tomar decisiones, fortaleza... Los estereotipos femeninos no aceptan que la mujer sea cariñosa e independiente, tierna y creativa al mismo tiempo. Quizá el problema tiene connotaciones culturales y no sociales.

Así, los estereotipos parten de una realidad, misma que es reconstruida y determinan valores, modelos a seguir, cánones estéticos; y al mismo tiempo imponen una forma de control social, un modelo violento para la demostración de poder de cualquier índole, y todo esto para controlar la interacción social.

lunes, 24 de agosto de 2015

Del dicho al hecho y el olvido

Por: Ladislao Aguilar Sánchez[1]


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http://terr.ae/invierno-2014/entre-ninguna-parte-y-el-olvido/
Desde hace ya muchos años el interés por la comunicación humana ha despertado una numerosa cantidad de debates en torno al lenguaje; escuchar esta “mágica” palabra nos lanza de inmediato hacia aquel diccionario mental que cada quien forma a través del tiempo con ayuda de algunos profesores e indirectamente de algunos autores.
Hablar de lenguaje no es simplemente hablar de símbolos escritos que encriptan saberes, ni de palabras perdidas que revelan verdades al ser escuchadas, sino también de todo aspecto comportamental expresado con ademanes, posturas de cuerpo e incluso con gestos faciales, todo esto nos ayuda a interpretar lo que el otro nos intenta comunicar.
Las lagunas del discurso no sólo se encuentran en el dialogo hablado o escrito, no por lo menos como lo proponía Freud[2] con respecto al desliz de la palabra, sino también se hace notar en el lenguaje corporal a veces sutil, a veces expreso pero siempre inconsciente.
Atender sólo a un plano del lenguaje compromete la comunicación, dejando así aquel vacío que impide llegar con bien al mensaje, propuesta que da Lacan[3] al decir que la comunicación se ve alterada en lo real de Yo a Yo por lo simbólico de cada sujeto, por tanto el discurso del otro no se recibe adecuadamente.
Al observar a profundidad el lenguaje del otro, podremos reconocer el discurso que éste habla, siente y mueve en toda su corporalidad, tratando de develar aquello que llevado por el inconsciente se trata de guardar. Aún dentro de la ciencia del lenguaje encontramos limitantes que impiden comprender el discurso de una manera íntegra, fragmentándolo sólo en palabras que resuenan de oído a oído interrumpidas por el propio deseo que gozamos.
Entre las ciencias que abordan el estudio del lenguaje, se deja únicamente al descubierto el nivel de la palabra, escrita, hablada e incluso algunas otras formas como los pictogramas; sin embargo se ha dejado de lado la manifestación quinestésica del discurso, es decir, el acto. Por ello, hablar del acto, como parte del discurso deja ver con mayor precisión las lagunas entre las existentes como parte de lo encubierto, es decir aquello que no se quiere decir pero no se puede omitir.
Aquí se desarrolla el trabajo que propone Freud[4] al tratar de significar actos fallidos, olvidos y palabras entre dichas que escapan al contexto de aquella amena conversación de café entre amigos, que se manifiestan en los informes de altos mandos por todo el mundo, de los juegos de palabras no planeados por algún escritor de cuentos.
De lo que se dice a lo que se entiende, sin mencionar lo que realmente se quiere decir queda el camino abierto hacia lo latente para hacerlo manifiesto, recorrerlo sólo con cautela para así descubrir el “verdadero” mensaje que el otro “verdaderamente” lanza.
Lista bibliográfica
Freud, S. (2003). Obras Completas Totem y Tabú. Buenos Aires: Amorrortu.
Lacan, J. (1956). Los escritos de Jacques Lacan. El seminario sobre la carta robada (págs. 4-21). No hay dato: No hay dato.
Masota, O. (1996). Lecciones de Introducción al Psicoanálisis. En O. Masota, Lecciones de Introducción al Psicoanálisis (Quinta ed., págs. 55-65). Barcelona, España: Gedisa editorial.




[1][1] Sobre el autor: Es estudiante de psicología y colaborador en Óclesis, Víctimas del Artificio. Coordina las jornadas académicas 2015 en torno a la obra de Freud.
[2] Cf. MASOTA, O. (1996). Lecciones de introducción al psicoanálisis. Gedisa Editorial. Barcelona, p. 55.
[3] Seminario de Lacan del profesor Jorge Alberto santos Guzman (2013).
[4] Ídem.

martes, 4 de agosto de 2015

La metáfora de Caín: el infierno de Jack Mendoza
Por: Noé Cano Vargas[1]


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http://laspiedrascantan.blogspot.mx/2014_11_01_archive.html
Los días terrenales, expresión trivial atribuible a la vida de cualquier persona y su andar por una parte de este globo terráqueo, por mencionar un espacio específico: México; más si bien es clara la trivialidad de la frase, no es trivial lo que le puede acontecer a un hombre, lo que a José Revueltas en este deambular cotidiano le hizo escribir sus obras.
La primera novela de José Revueltas, Los muros de agua aparece en 1941, los siguientes títulos y la connotación de sus novelas permiten percibir el sello y la forma peculiar en que el autor escribe, de ahí que en entrevista con Margarita García Flores el 16 de abril de 1972 José Revueltas menciona “Yo hubiera querido denominar a toda mi obra Los días terrenales. A excepción tal vez de los cuentos, toda mi novelística se podría agrupar bajo el denominativo común de Los días terrenales, con sus diferentes nombres: El luto humano, Los muros de agua, etc.” (Revueltas, 1979, pág. 7).
 Uno de los títulos que dejan entrever esos días es la novela publicada en 1957: Los motivos de Caín, José Revueltas toma el pasaje bíblico del libro de Génesis Capitulo 4 versículo 1-16 para darle título a la novela, la parte medular es cuando Caín asesina a su hermano Abel y cuyo castigo por el crimen es ser “errante y extranjero en la tierra”, en condición de fugitivo.
La novela surge de una charla trivial en una taberna de Tijuana, una conversación entre José Revueltas y otro individuo cuyo nombre nunca conoce, al principio él se negaba a comentar una palabra de lo que le había ocurrido, pero al final se da el diálogo, el resultado es esta novela, el personaje principal adquirió el seudónimo de Jack, el sargento de infantería Jack Mendoza; la escenografía: el sur de Estados Unidos, es decir, la frontera y el distrito comercial de Tijuana; la escena central: Jack tratando de comprender la realidad, de afrontarla pasando desapercibido, el problema es que su pasado lo condena, es un soldado norteamericano desertor de la guerra con Corea, pero hay algo más,  por eso vive “… con el terror lleno de sobresaltos ante la idea de que alguien lo descubra bajo su disfraz de humano…”, que descubran lo que hizo.
En los motivos de Caín el “infierno” que vive Jack es de índole moral, al haber capturado durante la guerra a un comunista universitario coreano mexicano de nombre Kim, Jack fraterniza con él por hablar castellano y considerarlo paisano, pues ambos eran de ascendencia mexicana, le da un consejo, pero él tira el carnet del prisionero que lo liga al partido comunista, y se ve envuelto en un embrollo peligroso que le puede costar la vida; el prisionero es entregado y torturado, Kim no da información, a Jack le conviene su silencio, después, al sargento Mendoza lo llaman como intérprete del prisionero, sólo él habla castellano, Jack siente un alivio, puede salvar su pellejo; de pronto una mujer obesa, la doctora Jessica Smith es presentada a Jack, ella con una actitud sínica se le insinúa sexualmente mediante una expresión en los labios y un guiño en el ojo, Jack inicia el interrogatorio, el oficial Buck y Tom se van, ella se queda a ver el espectáculo, Kim responde, se confiesa comunista pensando que sólo Jack le entiende, acto continuo le pide que lo mate, de pronto la doctora Jessica deja de fingir, ella entiende español, apunta a Jack con la pistola y lo desarma, por el miedo se orina en los pantalones, la doctora hace que Jack torture al prisionero, él la ayuda, de aquí en adelante Jack no es nada; La doctora excitada le pide a Jack acostarse con ella, mientras lo empieza a tocar,  él podía haberla desarmado y matado, pero no hace nada, Jack accede con la condición de que mate a Kim, la doctora le aplica al coreano una carga de insulina, estaba hecho, su paisano murió, su muerte le permite salvarse al dejar de ser cómplice del comunista, pero el precio fue muy alto, el Sargento Jack Mendoza se convierte en Caín.
Al huir y llegar a la casa de sus amigos los Mascorro, Bob y su esposa Marjorie sabiéndolo desertor, sin conocer la causa exacta, sólo con la explicación de no querer volver, le brindan ayuda: alojamiento, comida, ropa para el trayecto y el punto exacto para cruzar la frontera, en ese tramo, tuvo que esquivar las balas del guardia fronterizo escapando ileso hacia un nuevo comienzo, donde ya no sería sargento, sin identidad, Jack llega a Tijuana, pero la situación que enfrenta es como estar muerto en vida, ése es su infierno, “un creer que se vive, (…) un tratar de vivir que jamás se logra; una desprotagonización absoluta, sin que pueda uno aceptar, un solo instante, que ha dejado de ser el protagonista.”
Estando en Tijuana al sentirse perseguido, acosado, lo que vivió en la guerra y en el cuartel le hace pensar a Jack que todos eran cómplices y tramaban algo para perjudicarlo, amas de casa, empleados, vendedores, el cargador, hombres, mujeres y niños, situación que se acrecentó por el sueño y las cuatro noches sin dormir después de cruzar la frontera, paranoico, asustado, nerviosos, quiere pensar que es un sueño, pero es la cruda realidad en la que está inserto sin poder participar por su peculiar situación, un prófugo disfrazado de civil, por eso comenta “Ellos viven, sueñan, comercian, copulan; yo estoy fuera, extraño, tal vez sin rostro, tal vez sin labios, sin voz (…)”, el infierno de Jack es huir, es no poder ser él mismo.

En un día terrenal se puede dar una charla trivial de un sujeto con otro un día cualquiera, cada día tiene sus propias inquietudes, sus propios pesares, como menciona José Revueltas:


 “Acababa de salir del infierno y, sin embargo, aún no podía salir. Esto finalmente –la búsqueda de una salida– lo resolvió a decirme poco a poco las cosas, lento, con esfuerzo, con dolor. Nada sensacional ni tampoco para una novela: cosas que se han visto simples y triviales en un mundo que parece acostumbrarse cada vez más a la locura. A Jack no lo volví a ver jamás.” (Revueltas, 1979, pág. 9)

Bibliografía

Revueltas, J. (1979). Los motivos de Caín. México: Ediciones Era S.A.




[1] El autor es licenciado en Historia por la FFyL de la BUAP, maestro en Historia por el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades “Alfonso Vélez Pliego” de la misma casa de estudios. Es miembro activo en la coordinación académica de Óclesis, Víctimas del Artificio.

domingo, 12 de julio de 2015


Prometeo, figura-dios del artífice 
y del artificio ante el Patros Logos


Francisco Hernández Echeverría[1]


Las jornadas de estudio organizadas por nuestro colectivo, “Óclesis. Víctimas del Artificio”, correspondientes al trimestre Enero-Marzo se enfocaron al análisis de un texto escrito por Sigmund Freud en 1913: “El interés del psicoanálisis para las ciencias no psicológicas”. Allí observamos que Freud, superando el esquema propuesto por Jean-Martin Charcot, no realiza distinción alguna entre los procesos llamados normales y los patológicos, posibilitando con ello que su práctica terapéutica se vincule naturalmente con otras disciplinas, entre las que encontramos la ciencia del lenguaje: el lenguaje no se limita sólo a la expresión del pensamiento en palabras, aunque sea la actividad anímica más privilegiada, sino también al lenguaje gestual y la escritura, teniendo en cuenta que las interpretaciones del psicoanálisis son un trabajo de traducción que permite comprender una forma expresiva que resulta ajena a nuestro pensamiento, es decir, la exégesis del símbolo (1).
            Dentro de dicha exégesis podemos ubicar al mito, el cual más que limitarse a un relato original pretende simbolizar aquello que mantiene al presente prisionero a dicho origen. Por ejemplo, en Totem y Tabú, Freud habla del papel que tiene la prohibición como anticipación de la culpabilidad que genera la actitud rebelde, es decir, del castigo que puede caer antes sobre aquel que pretende cometer un pecado, o mejor dicho, realizar llanamente lo que le dicte el deseo. Entonces la ley, la prohibición, será la piedra angular de la cultura, principalmente la prohibición del incesto, en particular, del incesto de la madre con el hijo, impuesta por el padre, por “la palabra textual del padre”, el principio del logos patriarcal, el logos basado en el mandato: el Patros Logos.
El padre, en consecuencia, “es él mismo una consecuencia, una consecuencia del lenguaje hablado, del establecimiento de la relación de causalidad entre el encuentro sexual y el nacimiento infantil y del cálculo que liga el tiempo de los procesos humanos con los sucesos en el cielo, con las lunas y los soles y las estaciones del año” (2).
            Bajo este esquema, Freud está inventando un mito “que es avalado por el estudio de las sociedades de primates: hay un macho alfa que puede gozar de todas las mujeres del grupo y que impide a sus descendientes varones el comercio sexual con ellas” (3). Tal hecho derivará en la sublevación de los hijos, incitados posiblemente por la madre misma, quienes se organizarán para darle muerte al padre, callando su culpabilidad parricida con la incorporación de la memoria del padre mediante la devoración de su carne y sus huesos, lo cual se exteriorizará con la construcción de un templo para su veneración. He aquí el origen del padre-tótem, el origen de la ley, de la religión, de la ordenación familiar y cultural, en última instancia, de la vida política centrada en instituciones que preservarán el Patros Logos como “autoridad totémica independientemente y por encima de la vida de los gobernantes y gobernados […] El padre-tótem es el responsable de la culpabilidad del hijo por sus deseos incestuosos; de ese modo, es quien decreta la imposibilidad de la realización de tales deseos (4).
            Esta explicación freudiana ha servido de base a muchos pensadores para el análisis de la crisis actual, derivada de la imposición de un Global Order único a través de un nuevo Patros Logos, que al impactar sobre la estructura material y en los imaginarios sociales decreta prohibiciones sobre los deseos libertarios y críticos a los devastadores efectos del sistema, que no son sólo financieros sino también sociales, políticos, culturales y hasta ecológicos, que por más que la saturación corporativa postmoderna y el oportunismo académico e intelectual nos traten de convencer de lo contrario, no son “sustentables”.
En este sentido, el filósofo catalán Eduardo Subirats ha abierto nuevas perspectivas de análisis sobre lo que él llama la Crisis Management, que es consecuencia del proceso civilizatorio fuertemente asido a la idea de progreso económico-industrial, el cual ha sido incapaz de definir un equilibrio social y ecológico globales, e incapaz de concebir un orden político mundial basado en la igualdad de las naciones y los pueblos en aras de la misma supervivencia de la Humanidad: “Estamos estropeando el delicado equilibrio ecológico que sustenta la vida humana. Esto significa, literalmente, pedir prestado a cargo de la vida de nuestros hijos” (5). Ahora bien, con el surgimiento de los tan coreados “posts” (“postmodernidad”, “post-estructuralismo”, “post-deber”), el sufrimiento y la desesperación humana han sido trivializados hasta su desfiguración, convirtiéndolos en un significante vacío propagado por la colonización comercial de la cultura y sus industrias de la comunicación que se han limitado en presentar “escenarios arquitectónicos corporativos de dimensiones colosales, deslumbrantes eventos electrónicos de la política global, y paraísos digitales y financieros: el espectáculo postmoderno” (6).
La postmodernidad se ha instalado bajo el grito de sus clichés más trillados: el fin de la historia, el fin del sujeto, el fin del trabajo, el fin de los metalenguajes, el último libro, el último cuadro, la muerte del intelectual, en resumen, el “final del humano”: “Estamos en el laberinto y ¡claro! es peligroso porque podemos caer en las garras del Minotuaro. Hay que ir con cuidado pero sí hay caminos. Los que están diciendo que no hay caminos son las corporaciones, que los únicos caminos que aportan son: la guerra, aumentar los presupuestos para los proyectos militares y para los bancos. Y entonces quién está desde hace mucho tiempo diciendo que la historia ha acabado y que estamos en la era de los post, son precisamente las corporaciones quienes constantemente afirman la necesidad del apocalipsis y la santa madre Iglesia” (7).
Evidentemente con el pretexto de una guerra global llamada contra el terrorismo o el narcotráfico —asegura Subirats, al igual que Raúl Zibechi (en http://www.youtube.com/watch?v=vXVV4IkQYDM)—, el verdadero objetivo corporativo-estratégico son los centros de extracción petrolífera, los centros de concentración acuífera, y las regiones productoras de minerales estratégicos y biodiversidad. Paralelo a esta situación no ha descuidado la destrucción de las instituciones educativas y la manipulación y control mediáticos pues: “El postmodernismo ha renunciado a las teorías críticas; ha abrazado el destino de una última conciencia intelectual; ha anunciado la abolición de la filosofía, del arte y de la resistencia política; los postmoderns han celebrado postsujetos, posthistorias, postpolíticas y posthumanos; y se han identificado con un proyecto corporativo de redefinición semiótica de identidades culturales y especies biológicas, del espectáculo democrático y de la propia conciencia humana, junto a su empaquetamiento comercial y su manipulación mediática” (8).
Efectiva y lamentablemente los mismos centros académicos se han prestado a ser cómplices oportunistas de esta situación, razón por la cual el pensador catalán asevera que hoy vivimos bajo el “arresto domiciliario de la inteligencia”, que nos ha sumergido en una actitud de pesimismo y un estado de apatía y entumecimiento ideológico provocado por la sobresaturación informativa postmoderna. De ahí la necesidad de ver con claridad, “esclarecer” el problema en el que estamos enfrascados.
Subirats partirá entonces de que la postmodernidad no ha sido una filosofía, sino su renuncia, pues su punto de partida es la negación de la filosofía como Aufklärung, Lumière, Enlightenment, que el filósofo traducirá mejor como Esclarecimiento más que como Ilustración. Por tanto, Subirats llamará esclarecimiento a: 1) Aquellas figuras del pensamiento filosófico, místico y mitológico de la historia de la Humanidad que han promovido la autonomía de la reflexión racional (Véase a Averroes o Kant); 2) Las filosofías de la luz (Véase a Shurawardi, Ibn Arabi) y 3) El desarrollo de las artes y las técnicas con una finalidad filantrópica, insubordinada a su apropiación corporativa y a su utilización genocida (Véase el mito de Prometeo encadenado de Esquilo).
En este último punto podemos notar que para abordar aquellas zonas de fracaso civilizatorio, Subirats ensaya respuestas echando mano del mito griego de Prometeo, sin que por ello pierda de vista lo concreto, es decir, no asciende al Olimpo para fantasear sino porque, según su visión de mundo, los mitos pueden reactualizarse, de tal manera que “la corporación de los dioses” persiste en destruir la planta humana en la Tierra (9). La corporación que ha fundado Zeus con los demás dioses personifica hoy en día los grandes consorcios financieros del planeta, que segundo a segundo, el pensamiento burocratizado de las universidades y la maraña de mensajes apologéticos que vomita la industria cultural tienden a oscurecer las causas y registros de sus crisis (10).
Por ello, la figura de Prometeo, el ladrón del fuego de los dioses para regalárselo a los hombres, simboliza “una perspectiva objetiva y afirmativa, como una gota de optimismo en estos tiempos de destrucción y exclusión” (11). El rescate de este mito para resignificarlo nos sirve de plataforma para penetrar en las entrañas de la postmodernidad que ha confundido el positivismo de August Compte y el tecnocentrismo del descubrimiento de la luz eléctrica —de Benjamin Franklin a Thomas Alva Edison— con el fuego sagrado de la reflexión y rebeldía titánica contra la opresión.
En el Prometeo encadenado del dramaturgo griego Esquilo, el fuego arrebatado a Zeus por el titán es definido como instructor de las artes: “el manantial del fuego robado, que es para los mortales maestro de todas artes y gran recurso” (12); igualmente en el Mito de Prometeo contenido en el Protágoras de Platón el fuego es identificado con las fuentes de energía necesarias para la conservación de la especie humana y para el desarrollo de la civilización: “En cambio, en la vivienda, en común, de Atenea y de Hefesto, en la que aquéllos practicaban sus artes, podía entrar sin ser notado,  y, así, robó la técnica de utilizar el fuego de Hefesto y la otra de Atenea y se la entregó al hombre. Y de aquí resulta la posibilidad de la vida para el hombre […] En el tallo de una caña me llevé la caza, el manantial del fuego robado, que es para los mortales maestro de todas artes y gran recurso” (13).
Cabe aclarar que esta mirada tecnológica y civilizatoria de un fuego indispensable para la supervivencia humana no es exclusiva del mundo griego, pues también ya se encontraba presente tanto en la religión de Zoroastro, así como en ciertos himnos dedicados al dios del fuego de algunas otras culturas de la Antigüedad. Sin embargo, en la progresiva expansión de la tecnociencia moderna ese fuego civilizador ha sido reducido catastróficamente a un tipo de cultura predominantemente tecnológica que absorbe y desplaza las formas tradicionales para empujar todos los ámbitos de la vida al consumo de petróleo, gas, uranio y plutonio, al surgimiento de conflictos y guerras fratricidas por acaparar a toda costa estos recursos. Este totalitarismo que gradualmente adquiere un carácter masivo despoja todos los actos humanos de su dimensión subjetiva, anulando por tanto las posibilidades de auténtica participación individual y colectiva, convirtiéndose en una seria amenaza de la supervivencia humana en todo el orbe.
            Entonces, si comparamos el fuego prometeico únicamente bajo esta acotación tecno-industrial del consumo indefinido de energía se cambia completamente el sentido de lo que en realidad entraña el mito y el culto al dios-titán Prometeo, pues como ya lo habíamos dicho precedentemente su significado es el de “instructor de las artes”, pues de lo contrario estaríamos pasando del fuego imprescindible para la supervivencia humana al fuego que aniquila su misma sobrevivencia. En otros términos, la idea de retomar el mito prometeico es para tratar de actualizarlo sin perder de vista la necesariedad de ese fuego para sobrevivir como especie y combatir, abandonando completamente la vulgar vinculación que se le ha hecho con la función explotadora de recursos o con su función como energía, para mejor verlo como luz que ayuda a tener claridad en la oscuridad, uno de los aspectos también indispensables para la supervivencia. Así, al tratarse de una claridad, el fuego se transforma automáticamente en “principio de formación intelectualmente esclarecedora, espiritualmente iluminadora y políticamente emancipadora de las tiranías. En pocas palabras, un principio de resistencia y no se sacrificio (14).
            Este será el programa de esclarecimiento subiratiano que no se detiene ante lo dado, sino en el análisis de una serie de conceptos que considera clave —la techné, la philia, el antropocentrismo, el mito de Pandora, el esclarecimiento y el sacrificio— con la finalidad de llevarnos a reconocer que el famoso titán, independientemente de proveer al hombre del fuego civilizador, le muestra al mismo tiempo la tarea de hacer crítica hacia el asunto sacrificial, pues en su comunicación con lo divino el hombre tiene la capacidad de construir una relación reflexiva.
La palabra techné significa técnica o arte, pero la techné prometeica no nace de la voluntad bíblica de sojuzgamiento y dominación total por medio de la violencia, que posteriormente derivará en dominación tecnocientífica planetaria a partir de las premisas baconianas que le darán cimiento a la sociedad industrial del siglo XVIII. La techné que Prometeo hereda al hombre es el fuego iluminador, el alumbramiento filosófico. En el Prometeo encadenado de Esquilo la palabra Philia (que significa amor fraterno, incluyendo la amistad y afecto) será lo primero que los verdugos de Zeus, Krátos (Fuerza) y Bía (Violencia), echen en cara a Prometeo mientras Hefesto, dios del fuego y de la fragua, lo encadena a unas rocas del Cáucaso para que un águila le devore todos los días el hígado como castigo por haber osado robar el fuego para los hombres: “para que aprenda a soportar la tiranía de Zeus y renunciar a sus sentimientos Humanitarios” (15). Más adelante el mismo Hefesto igualmente le recriminará a Prometeo: “Esto has ganado con tus sentimientos humanitarios” (16). Repetidas veces Prometeo es reprendido por su philia hacia el humano, su filantropía que le ha impulsado a robar el fuego iluminador de todas las artes desobedeciendo las palabras de Zeus, el Patros Logos.
De suma importancia es subrayar esto, ya que nos indica que la filantropía es una acción humana que rebasa la racionalidad que define a los humanos como agentes de un confuso proceso de acumulación monetaria conforme con la antropología capitalista de Adam Smith. Así mismo, el titán amigo de los mortales indiscutiblemente se encuentra más cercano al ideal antropofílico de cercanía, hospitalidad y amistad con la Madre Tierra (Gaia), que a la tradicional teoría filantrópica occidental muy asociada al ideal cristiano de caridad.
Bajo esta óptica, Subirats se opone a la visión de Francis Bacon cuando éste circunscribe la función del fuego bajo una noción industrial y tecnocientífica, ignorando el papel que el mismo fuego desempeña dentro del mito: resistencia, desobediencia y rebeldía hacia el Patros Logos. Es decir, le suprime al fuego la fuerza de Aufklärung, pero en cambio, le inventa una nueva direccionalidad, que inclusive hemos asumido como sagrada: el antropocentrismo, el ser humano como centro del universo; idea muy respaldada por la ciencia moderna y ejemplificada en las ferias industriales del siglo XIX o en la conquista del espacio del siglo XX. Con esto, el padre del empirismo reemplaza la antropofilia prometeica por una teleología antropocéntrica de la razón industrial que posiciona al hombre como centro.
Después Subirats analizará el concepto de Pandora como elemento de misoginia para justificar que la única responsable de las infinitas miserias de la familia humana a lo largo de la historia no es la expansión industrial y comercial con sus múltiples expresiones militares y políticas, sino… Pandora: “de esta fuente —afirma Bacon— provienen todas las guerras, todos los tumultos y todas las tiranías del género humano”. En referencia al concepto “esclarecimiento” —que como ya lo mencionamos anteriormente, suplanta el concepto de Ilustración ya que éste último en realidad no significa nada, es una palabra vacía: “lustre”, “ilustrarse”, “lustrarse”, lo que no significa “ser inteligente”— Prometeo representa el mito esclarecedor por excelencia, Prometeo mismo es el esclarecedor por antonomasia, que actúa como un sofista, no desde la amañada interpretación de Platón en el Protágoras (sophistoe), sino como sophistés que se encuentra directamente relacionado con la idea de “filósofo”, la cual era aplicada a los Siete Sabios o la exclamación de Kant: “¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento” (17).
Ya con la mirada esclarecida, la mirada inteligente, una mirada emancipadora que es capaz de desentrañar la lógica interior de las cosas debajo de su apariencia, podemos denunciar la tiranía del Olimpo (las Corporaciones de hoy) que ha impuesto su Patros Logos con leyes colmadas de alienación y promotoras del sacrificio que todos debemos hacer hacia ellas. Así, Prometeo no es creador ex nihilio, sino figura del segundo creador, figura del artífice y del artificio, pues al ser un crítico del ritual sacrificial de los dioses, impone un sacrificio contra el sacrifico (regalar el fuego), una relación dialéctica que resulte beneficiosa para los hombres, un sacrificio que transforma el sacrificio impuesto (prohibición según la tesis freudiana) en una acción reflexiva de separar y juzgar que tiene su punto máximo en la medida en que logra que los humanos utilicen el fuego divino como principio regenerador de la creatividad, del artificio mismo para gozar de “un nuevo esclarecimiento del humano humanizado” ante el nuevo Patros Logos de la liquidez postmoderna.

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(1) José Töpf y Heberto Rojo, Psicología, lo inconsciente, Eudeba, Buenos Aires, 2014.
(2) Néstor A. Braunstein, “El  mito científico de Freud”, en El Universal, suplemento “Confabulario”, México, 2013, pp. 4-5.
(3) Ibídem.
(4) Ibídem.
(5) Richard J. Barnet, La economía de la muerte. Siglo XXI, México, 1976, p. 12.
(6) Eduardo Subirats, “Life is beautiful. Esclarecimiento del Esclarecimiento, y el final del Postmodernismo”, 2012, en http://www.vitruvius.com.br/revistas/read/arquitextos/12.140/4201
(7) Eduardo Subirats en Alejandro Flores, “Debemos re-energizar la confianza en la creatividad: Subirats”, 2011, en: http://eleconomista.com.mx/entretenimiento/2011/10/24/debemos-re-energizar-confianza-creatividad-subirats
(8) En Eduardo Subirats, Op. cit., 2012.
(9) En Eduardo Subirats, Op. cit., 2011.
(11) Eduardo Subirats, “Prometeo o esclarecimiento en una edad de destrucción”, 2014. Conferencia organizada por el Colegio de Filosofía de la Facultad de Filosofía y Letras de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla y el Instituto Municipal de Arte y Cultura de Puebla (IMACP) del H. Ayuntamiento de la Ciudad de Puebla de Zaragoza.
(12) Esquilo, Tragedias, Grupo Editorial Tomo, México, 2007, p. 88.
(13) Platón, Protágoras, Gredos, Madrid, 1993, p. 320.
(14) Eduardo Subirats, Op. cit., 2014.
(15) Esquilo, Op. cit., p. 85.
(16) Ibídem, p. 86
(17) Immanuel Kant, Filosofía de la historia. Qué es la ilustración, Terramar, Buenos Aires, 2004, p. 33




[1] El autor es Maestro en Educación Superior por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Coordinador General de Óclesis. Víctimas del Artificio, y docente en diversas instituciones universitarias.