lunes, 26 de junio de 2017

Lo que es porque viene siendo

Hugo I. López Coronel[1]

Resulta innegable que el acto de hablar atiende y simboliza nuestro ser/estar en el mundo, pues la praxis humana es posible, necesariamente, en el acto comunicativo –espacio inagotable donde acontece nuestro ser/estar–; en este orden de ideas, el habla –como parte de ese acto comunicativo cuyo sentido de principio a fin es brindado por la lengua– representa el lugar ideal para la reflexión acerca de la importancia del funcionamiento “correcto” o “incorrecto” de la lengua misma. Diversas son las consideraciones teóricas respecto al discurso gramatical prescriptivo, desde la actividad lingüística, dentro de la comunicación humana; la lengua, como noción de sistema de códigos, y el habla, formalizada por el hablante como acto tangible de una lengua, representan los espacios donde los hablantes realizamos ese impulso, muy humano por cierto, de juzgar el uso que se hace, por otros, de la lengua.
Así como el impulso de juzgar es muy humano, el habla se presenta como el acto humano por excelencia; ésta es una característica de vital importancia donde la comunicación se realiza con un alto grado de complejidad y abstracción, Este proceso es posible a partir de sonidos articulados que permiten elaborar significados con una complejidad asombrosa. El habla se estipula como una capacidad presente en todos los seres humanos; esta capacidad, si bien está condicionada por factores tanto intrínsecos como extrínsecos, tiene características comunes en todos los hablantes.
El proceso de transmisión de mensajes de una conciencia a otra en la comunicación se logra cuando ambas pueden interpretar los mismos hechos expresivos –he aquí las funciones propias del lenguaje–. Es decir, la comunicación lingüística supone –entre otros procesos– que las instancias implicadas compartan necesariamente un código que los vincule, pues dos sujetos no serían capaces de comunicarse sin un código, el cual queda concretado en la lengua.
Cabe reflexionar, en este aspecto valorativo, la pertinencia de las expresiones de "correcto" e "incorrecto" que suponen, sin duda alguna, la presencia de dos formas lingüísticas valoradas de forma distinta. Entonces, si bien existe la preocupación correctora –que además asumimos como parte de nuestra naturaleza– en las prácticas concretas del habla, también cabría preguntarnos, desde un punto de vista comunicativo, cuál es el propósito de valorar, precisamente, esa pertinencia lingüística de lo “correcto” e “incorrecto”. Si partimos de la proposición de que dos sujetos que comparten una misma lengua, es decir, un mismo código, pueden comunicarse plenamente entonces por qué debemos categorizar de “correcto” o “incorrecto” ciertos usos lingüísticos.
Una sociedad sólo es posible –sin hacer de lado otras instancias– gracias a la facultad del lenguaje, aspecto que asiente la vinculación entre quienes comparten una misma lengua y quienes hablan otra. Esta solidaridad lingüística permite que la lengua sea un instrumento simbólico de integración y al mismo tiempo la instancia para diferenciarse de los otros. De esta manera, surge la estandarización lingüística, lograda gracias a la enseñanza controlada de la lengua materna y reforzada mediante el apoyo de los aparatos ideológicos de una sociedad –familia, religión, educación, medios de comunicación, instituciones, etc.– Por ello, una variedad lingüística se estandariza cuando en un espacio determinado se imponen ciertos hábitos –de esa variedad lingüística por supuesto– por encima de las otras variaciones –tanto sociales como geográficas y discursivas– y en donde este proceso de imposición constituye a dicha variedad como el medio más corriente de comunicación para sujetos capaces de emplear otras formas de lengua.
No estamos afirmando que los esfuerzos de prescripción lingüística sean perversos e inútiles –aunque es innegable que muchos sí lo son, como la publicidad por ejemplo–, pues no cabe duda que todo acto lingüístico conlleva, ostensivamente, cierta prescripción; por el contrario, quienes prescribimos costumbres lingüísticas –por ejemplo en la labor universitaria– lo realizamos con la convicción de contribuir, de manera pertinente, a la formación personal y profesional de nuestros semejantes –y en verdad, no sólo es un acto social de buen gusto–. Así mismo, tampoco afirmamos que todos los recursos ideológicos, por sí mismos, tengan una función maligna; por el contrario, estos recursos son indispensables para que los seres humanos podamos llevar mejor este mundo, entender una injusticia o fraternizar con la locura cuando la razón y la voluntad son ya insuficientes. El hecho prescriptivo, per se, está presente en todo acto humano; sin embargo, ése no es el problema real pues la realidad de este hecho se encuentra en el para qué lo realizamos, la intención que se tiene al hacerlo y qué se quiere lograr con ello: he ahí el dilema.






[1] El autor es maestro en Literatura Mexicana por la FFyL de la BUAP y miembro activo en Óclesis.

martes, 13 de junio de 2017

Amor de Domingo
Por: Alejandro Barradas De Ita.

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http://www.imgrum.org
Me encontraba en un café, son las 4:15 pm aproximadamente, sentado con mi taza de café  americano, sin azúcar, recuerdo muy bien, aquella tarde, con un sol brillante. Esa tarde me habían invitado a tomar una cerveza en una plaza, mi primo me esperaba, así que me apresuré a terminar con aquella taza.
Tomé transporte hacia aquella plaza, eran las 6:30, yo llegaba, cuando el clima tuvo un cambio brusco, de aquella tarde soleada, pasamos a un cielo nublado, empezaba a caer algunas gotas, yo llegaba a la plaza, mi primo me esperaba en aquella banca, cerca de aquellas carpas donde se encontraban los stands de cerveza artesanal.
Tomé asiento en aquella banca junto a mi primo, lo saludé y me dirigió la palabra, sin embargo, no puse atención, justo en ese momento fue ahí cuando la vi, sentada en aquella silla, recuerdo muy bien, llevaba una blusa color azul cielo, un short de mezclilla y una sudadera negra, recuerdo aquella sonrisa y cabello lacio claro, volteo y no puedo dejar de observarla, mi primo me repite una frase, al fondo escucho su voz, pero no pongo atención, estoy perdido en aquellos ojos claros y sonrisa hermosa, mi primo me repite nuevamente, justo ahí siento una mano en mi hombro, reacciono y ella voltea a verme, yo agacho la mirada, me sonrojo, estoy seguro que se dio cuenta que no dejaba de observarla, distraigo la mirada volteando a ver a mi primo, muevo la cabeza como si afirmara su frase, no sé de qué me habló, tenía que hacer algo, sabía que ella se había percatado que no podía dejar de observarla, me pongo nervioso, ella voltea y me observa, yo bajo la mirada, no sé qué hacer, me pongo a pensar, ¿cuál será su nombre? ¿De dónde será? ¿Le habré llamado la atención? Mi primo me vuelve a hablar, nuevamente no pongo atención, estoy volteando a otro lado, pero sigo pensando en ella.
Mi primo se levanta de la banca, yo voy tras él, no lo puedo dejar, entramos a la carpas y nos quedamos un rato ahí, comienza a llover, la recuerdo a ella aún, no puedo salir a hablarle, el agua está muy fuerte, me preocupa, ella se mojara, no podré ayudarla.
¿Han tenido ese sentimiento de amor a primera vista?, no creía en eso, hasta este momento, mírame, preocupándome por ella, aún sin conocerla, sin saber su nombre, sin saber de dónde es, pero ya me preocupa. Son las 8:25 pm, la lluvia comienza a bajar, salgo de las carpas, me dirijo a la plaza, busco dónde cubrirme, la vuelvo a ver, espero en una esquina, veo cómo ella se apura a recoger su mesa, la observo y pienso nuevamente, ¿le podré interesar?, es una mujer hermosa, no creo ser la persona para ella. La observo, me pongo triste, ella está con un chavo, creo es su novio, él la ayuda a recoger su stand,  veo que se sube a una camioneta, me pongo triste, creo que se irá, se irá, no la volveré a ver, se va sin siquiera haberle preguntado su nombre.
Mi primo me habla, volteo, cambio palabras con él, regreso la mirada a donde se encontraba ella, ya no está, volteo a todos lados, trato de buscarla, pienso, no se pudo haber ido así, no tuve el valor de hablarle.
Han pasado 10 minutos, ya no la encuentro por ningún lado, bajo la mirada, y es ahí cuando algo me dice dentro de mí voltea, reacciona, no quiero levantar la mirada, pero lo hago, ella se encontraba ahí, a unos pasos de mí, tengo la oportunidad de hablarle, nuevamente pienso, ¿será que pueda hacerlo?, ¿le interesaré?, y otra vez me arrepiento, bajo la mirada, ¿por qué no creo en mí? ¿Por qué no puedo hablarle? ¿Qué me pasa?, ella se va, pasa frente a mí, me ve y sonríe, la veo y sonrío, se aleja, ya no puedo hacer nada, es demasiado tarde, la perdí.

Tomo camino a mi casa, solo me queda su recuerdo: su sonrisa. Ella mi amor de domingo, un amor más de domingo, un amor que he dejado ir, llego a casa, vuelvo a pasar un domingo más, solo, en mi cama. 

sábado, 6 de mayo de 2017

El Ordinario

Por: Braulio Hernández García




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http://www.artisoo.com/
Se separaron sus pestañas de nuevo, sólo para sentir la penetrante luz del móvil atravesar su cerebro; con esperanza y sin calma observa el nombre del contacto de su pareja rogando que éste lleve por debajo la frase “en línea”.  No pasa.
Ya han pasado quince minutos y las lagañas siguen adheridas a sus lagrimales.
Agua fría, agua caliente; demasiado caliente, demasiado fría, da igual.
El mismo jabón rosado de ayer recorre su rara piel; el mismo estropajo de ayer es frotado con fuerza sobre su rostro. Las lagañas siguen ahí.
El hisopo se adentra directo en una de sus cuevas dispuesto a hallar el tan incómodo oro.
Han pasado  ya cuarenta minutos desde que se despertó, y no ha entrado en sí mismo.
Se enfrenta con su enemigo al frotar del espejo el vapor, y su mente cree estar de acuerdo con la realidad que dice vivir.
Pasa el tiempo y sólo lo desperdicia sentado, desnudo en su cama, pensando en absolutamente nada, buscando motivaciones, o sólo figuras en las grietas del techo de su habitación.
A pesar de sólo faltar diez minutos, alcanza a cubrir su amorfo cuerpo con algo de ropa, orientada a ser la sensación entre sus compañeros o gente en general.
Suele peinarse con secadora y un viejo cepillo redondo de hebras duras para dar volumen a su cabello; han pasado ya diez minutos después de la hora indicada para atravesar el portón, y aún no se encuentra a sí mismo. ¿Qué le pasa? Ni él lo sabe, todos parecen entenderlo excepto él mismo.
Baja corriendo con su mochila al costado, con una mascada alrededor del cuello, anteojos grandes, dientes sucios a darle un beso de buenos días a su amiga la psicóloga y a su consejero el maratonista. El maratonista despierta como un oso en Marzo y extiende la mano hacia el buró para tomar de su extraña billetera cincuenta míseros pesos y dárselos para atravesar la ciudad.
Todos se prometen un par de cosas entre sí, inconscientes de la fragilidad de la vida y de la ligereza de las palabras, pero siempre creyendo en la experiencia de tenerse ayer, y antes de ayer, y mucho antes.

Él no sabe lo que tiene hasta que lo pierde, y no sabe lo que quiere hasta que lo ve venir; así la vida del ordinario se repite sin fin, trayéndolo hasta aquí, en frente de mí.


Síndrome de Estocolmo

Por: Jozajandy Guzmán Aranjo


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Imagina que vas caminando por la calle, acabas de salir de una tienda y vas rumbo a casa, todo parece tranquilo y normal en la acera hasta que notas que un auto va muy lento junto a ti. Caminas un poco más rápido porque empiezas a desconfiar, el carro aumenta un poco la velocidad, das gracias porque hay una esquina en la que puedes doblar e intentar entrar a alguna tienda antes de que pase cualquier cosa. Justo al dar vuelta un sujeto te impide el paso, te cubre la boca y te lleva hacia la camioneta mientras alguien más abre la puerta, una vez dentro arranca a toda velocidad. Imagina ahora que estás en un cuarto medio oscuro con alguien vigilándote mientras otras personas hablan por teléfono en la habitación continua, sabes que has sido secuestrada, estás aterrada y temes por tu vida.
            Pasan las horas y comienzas a notar que el tipo que te vigila se ve amable, te pone la comida suavemente sobre el banquillo, te sonríe en modo de comprensión, pareciera ser que no le gustara que estés en esa situación, no se ve como si fuese violento y, si no estuvieras en una situación seria, hasta podrías pensar que es guapo. Mientras los otros tipos te gritan o golpean cosas en la otra habitación, tu vigilante no se separa de ti. Sabes que eso hacen las personas que vigilan, no quitar la vista de las otras personas, pero sientes como si a él realmente le gustara estar ahí vigilándote. Empiezas a sentir simpatía por el tipo y comienzas a entender y comprender las razones que lo llevaron a secuestrarte y no lo culpas por eso. De repente ya no tienes ansias porque llegue alguien a tu rescate, estás casi segura de estar enamorada de tu vigilante.
            Esto podría ser el inicio de una novela dadas las raras circunstancias que presenta, y como se trata de romance, a los lectores no les importará que el chico sea alguien que planea matar a la protagonista. Podría ser un éxito en ventas. Pero no, esta situación no es una novela, según datos del FBI esto le ocurre al 27% de 4700 personas secuestradas. El 23 de agosto de 1973 hubo un intento de asalto en un banco de Estocolmo en Suecia, el asaltador secuestró a 4 personas al verse acorralado, a pesar de todas las amenazas contras sus vidas, los rehenes acabaron defendiendo a su captor y afirmando que confiaban plenamente en él. Ese fue el principio del nombre de este peculiar síndrome: Estocolmo.
            El síndrome de Estocolmo es un estado psicológico pasajero en donde la víctima de un secuestro siente un fuerte vínculo por su captor, tiene una justificación moral y gratitud hacia el secuestrador llegándolo a defender de las autoridades y negarse a dejarlo. Los psicólogos dicen que esto puede ser un mecanismo de defensa de las mismas víctimas al no poder soportar el shock que les causaría la situación. Otros expertos se muestran reacios al llamar síndrome a este estado, porque “no cuenta con un conjunto clínico de signos y síntomas bajo una misma entidad para considerarse una categoría psicopatológica con diagnóstico diferenciado” (Abardía, s.f.)
             Pero, ¿qué puede hacer que una persona entre en ese estado mental? Los expertos concluyeron que deben de ser necesario 3 factores para provocarlo en alguna persona: 1) la situación de crisis o secuestro debe durar varios días; 2) los secuestradores permanecen en contacto con sus rehenes; 3) los secuestradores se rehúsan a maltratarlos o golpearlos. Éstos pueden ser los culpables de la activación del síndrome de Estocolmo. Puede o no ocurrir estrictamente a pesar de presentar los 3 puntos mencionados, cada persona es diferente y como consecuencia reacciona diferente.
               Debe ser frustrante, aunque las víctimas no lo noten en ese momento, que la razón, que es al fin de cuentas una de las pocas cosas que nos diferencían de otras especies, se ve pasada a segundo plano y el instinto de supervivencia es el que toma el relevo, manifestándose como empatía a tu captor. No sabremos lo que una persona afectada con este síndrome esté pensando en ese momento, pero desde fuera podemos ver que no es racional. Al hablar de un tratamiento no deberíamos olvidar que la memoria es selectiva, la víctima recordará lo que quiera recordar y se olvidará, en estos casos, de que su vida estuvo en peligro. Una vez fuera de peligro la víctima seguirá pensando de la misma manera, seguirá viendo a su captor como el bueno del asunto, razón por la cual deben tener ayuda psicológica para volver a la realidad, el tiempo que se tome dependerá del tiempo que ha sido secuestrada.
             Es importante destacar que la información del síndrome de Estocolmo aún es poca y que se debe estudiar las reacciones de las víctimas cuidadosamente. Tampoco debemos olvidar que al fin de cuentas el síndrome de Estocolmo mantiene, de alguna manera, a las personas secuestradas lo más “cuerdas” posibles para no caer en un estado de shock o demasiado estrés de lo que pueden soportar. El cerebro busca como salvarnos la vida, siempre lo hace, hasta cuando dormimos, el síndrome de Estocolmo es sólo una de sus maniobras para hacerlo.

Bibliografía:

Abardía, R. B. (s.f.). lifeder.com. Obtenido de https://www.lifeder.com/sindrome-de-estocolmo/

lunes, 17 de abril de 2017


Silueta

Por: Giovanni de Ángel


Siluetas verdes
viejas maderas en un sueño. Mares de fragmentos
actuaciones frustradas de un piano atrás de un telón.
A la luna de pies danzantes
le dedico mis pisadas sin mirar el camino.
Líneas de un guión vacío
silencioso piano de teatro
con cantos de calles
sin contar las horas formas nubes en cabeza con lluvia de tus ojos.

A lo lejos me enseñas risas y son como las de ayer y de la primera vez que vi esa silueta.

martes, 4 de abril de 2017

El Saber como medio de Autoafirmación y Elección de la Libertad

Por: Juan Carlos Pérez Castro

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http://comunicacionycultura2012.blogspot.mx
¿Qué podemos esperar de nuestro tiempo? Zygmunt Bauman habla de una modernidad líquida caracterizada por una falta de responsabilidad en cuanto a las cuestiones sociales, éticas y sentimentales. Sí, ciertamente vivimos en un mundo donde las relaciones interpersonales están dadas para ser desechables, donde, hombres y mujeres, presumen de tener una mayor cantidad de relaciones y de jugar con los sentimientos del otro, donde nadie se hace responsable por el significado de la relación con el “otro”.
Pero no nos engañemos, esto no es un acto nuevo. Las relaciones matrimoniales siempre se dieron en el marco de una ganancia, sólo en un pasado cercano podemos observar que esto cambió de alguna manera, claro está. El sentido humano primario (que no el primordial)  se da desde la esfera del egoísmo, así, la “voluntad de vida” schopenhaueriana muestra una de las formas más crueles de la existencia del hombre. Este hombre “inconsciente” de su sufrimiento, pero que claramente lo intuye, debe buscar desesperadamente una barrera que le permita salvaguardar su ego, para que, de esta manera pueda autoafirmarse sin el peligro de ser rebasado por el sufrimiento que le es inmanente. El grave problema de esto radica en dos cuestiones, a saber: en primera instancia, esto significa vivir en el “velo de maya”, es decir, en el mundo de la apariencia. Éste es un mundo de autoengaño, el cual le promete que el algún momento podrá encontrar la autosatisfacción, la realización de sus deseos de ser feliz, cuando esto es completamente imposible, pues no es consciente de sí mismo, por lo cual no puede llegar a la autosatisfacción plena (si es que ésta puede darse), tampoco conoce sus deseos, pues estos han sido implantados por “otros”, y, por tanto, la felicidad sería una simple apariencia en este marco; en segunda, una persona bajo estas características no puede hacer un ejercicio verdadero de su responsabilidad y, por tanto, de su libertad. Un individuo subsumido a la puerilidad reinante de nuestra época, enajenado de su condición real de existencia y alienado de los “otros” por sí mismo por la falsa ilusión de individualidad, es un sujeto que se encuentra sometido a la constante repetición de los agentes privativos de humanización tan característicos de nuestra época, en pocas palabras, sólo será un títere o, a lo más, un espejo destinado a reproducir los deseos de otros. Entonces, el reconocimiento de un carácter esencial en nosotros, es decir, de un saber que nos permita tomar una clara consciencia de lo que somos, nos puede permitir desembarazarnos de este “velo de maya”, para lograr captar la realidad con la que nos enfrentamos día a día.
En efecto, esta consideración se vuelve más difícil en el momento en que nos damos cuenta de que esto significa responsabilizarnos por nuestros actos pasados, presentes y futuros, así como de las decisiones que tomamos a cada momento, ya que nuestra libertad está dada, de manera inmediata, en la condición de la elección. Debemos ser conscientes de que, por medio del saber, es decir, un conocimiento cimentado en las bases de la reflexión, del pensamiento profundo y crítico, podemos lograr un cambio a las condiciones sociohistóricas en que vivimos.
En este sentido, se vuelve cada vez más necesario un saber que nos permita buscar una autonomía, una determinación de nuestras propias leyes con el propósito de encararnos en las mejores circunstancias ante nuestro semejante y nuestra sociedad, pues este saber, dado desde las mejores condiciones, podrá darnos las herramientas necesarias para tomar las mejores decisiones posibles, ya que ésta nos habrá dado la condición de ser autorreflexivos, y no dejarnos abandonar por un deseo egoísta, pero, ¿cómo se puede lograr esto? Por supuesto, no es un ejercicio sencillo, tampoco es algo que se dé únicamente en el marco de las dinámicas educativas. Ésta es una aspiración que se funda en el sentido de que podemos ser mejores personas. Por su puesto, la universidad funge un papel decisivo en esta circunstancia. Si bien es cierto que los procesos educativos anteriores (estoy pensando en los niveles educativos básico, medio y medio-superior) deben servir para asentar las bases del conocimiento y de las normas de conducta, apoyados en todo momento por la educación moral y ética que se debiera recibir en casa, es, a mi entender, la formación profesional la que va a encausar de manera sustancial el modo de ver, sentir y sufrir la vida real de la persona (esto pensando en que, uno de los fines de la universidad, no es sólo el de preparar para el desempeño de un conocimiento específico, también debería ser un lugar donde la preparación de las conductas éticas, y de la manera de observar la vida se tendría que dar en un marco de crítica y reflexión).
            Se dice que la universidad debe preparar para la vida, y preparar para la vida no significa enfocarse en el desarrollo y aplicación de un conocimiento tecnocientífico, pues la vida no se puede reducir únicamente al campo laboral o experimental. Preparar para la vida significa dar herramientas de comprensión para el desenvolvimiento pleno de la libertad y responsabilidad de manera óptima, apelando a una formación ética y humanista que pueda brindar las mejores condiciones de decisión en los actos que realizamos día a día.
Sin embargo, observamos en nuestros días cómo estas materias (ética y las implicadas en humanidades), son vistas solamente como materias de relleno, las cuales están sólo para ser presentadas y que no aportan un conocimiento concreto a determinadas áreas de estudio, nos damos cuenta cómo el estudio de las humanidades se han vuelto a cada momento más chocante, más tedioso, y se piensan como materias inservibles y que deberían ser desechadas de los planes de estudio. ¿Qué nos significa el hecho de que los conocimientos éticos, morales y humanistas sean vistos con desprecio? Bien, por una parte, que, al parecer, los estudiantes de hoy piensan que los estudios humanistas y éticos son innecesarios, ya que “seguramente” los tienen bien cimentados y por ello es absurdo pensarlos o repensarlos. Por supuesto, la anterior respuesta es un tanto irónica, pero esa ironía nos sirve para reflexionar una nueva dimensión del problema, ésta es: ¿hasta dónde podemos estar seguros de que nuestros pensamientos y conductas morales y éticas son los correctos? Bien, para proceder en orden cronológico, responderé a la primera cuestión, para posteriormente atender a esta pregunta.
            Bien, que las humanidades (para resumir) sean vistas con desdén, muy probablemente obedezca a la falta de responsabilidad existencial en que vivimos. Me explico: todo ejercicio de libertad se da desde la condición de la responsabilidad, si no me hago responsable de mis decisiones, no soy libre, sólo me remito a reproducir lo que otros esperan de mí, entonces, todo acto de libertad es un acto de elección, pero sólo cuando me hago plenamente responsable de esta elección y de sus consecuencias.
Nuestro tiempo se caracteriza por haber olvidado la responsabilidad, por menospreciar la responsabilidad de nuestras acciones en pos de una vida que permita los mayores placeres lo más rápido posible; en pocas palabras, estamos aconteciendo la época de la infantilización de la sociedad, del endiosamiento de la juventud, y esto trae como consecuencia directa la incapacidad por el ejercicio del poder propio. Ser autónomo significa tener una autorregulación que permita obrar de la mejor forma en sociedad, buscando como fin el bienestar propio y común, pero para ser autónomo, primeramente, hay que ser libres, y para ser verdaderamente libres, debemos de ser responsables. Sin responsabilidad, no hay libertad, si no hay libertad, se pierden los fundamentos propios y de la sociedad, lo que resulta en una especie de nihilismo donde todo está permitido. Esto nos conlleva a pensar de manera crítica sobre los temas humanos, para que nuestra reflexión se encuentre en el marco de la mejor toma de decisión que pueda permitir un bienestar social.
            Lo anterior por supuesto abre la respuesta a la segunda pregunta planteada con anterioridad: no podemos saber en ningún momento que nuestras acciones son las mejores posibles, por ello se exige a cada momento una crítica profunda a nuestras acciones y a nuestros pensamientos, esto con el fin de que, por medio de la reflexión, podamos hacernos conscientes de las consecuencias de nuestros actos y podamos, entonces, obrar de la mejor manera posible. Si no reflexionamos sobre nuestras acciones, podemos dejarnos engañar por las ilusiones exteriores que nos prometen únicamente el placer sin consecuencia, así dirá Nietzsche: “Pero el hombre mismo tiene una invencible propensión a dejarse engañar y está como encantado de dicha cuando el rapsoda le narra cuentos épicos como verdaderos o cuando el actor en el teatro representa con mayor realeza al rey que como lo muestra la realidad”[1].
            Entonces, la reflexión sobre estos temas nos sirve para tener una mirada más atenta a nuestros actos, y si bien es cierto que siempre no podremos actuar de la mejor manera posible (recordemos que el ser humano es falible, pero que el reconocimiento de sus fallas le pueden implicar una mejoría), al menos nos puede alejar lo más que se pueda de la mentira, es decir, de la falsa noción de que aquello que me agrada y me apetece, me significa un bien y que debo renunciar al sufrimiento porque ahí es donde se encuentra lo que me puede perjudicar. Sin embargo, el reconocimiento y la consciencia de que somos seres sufrientes nos puede permitir establecer puentes de comprensión, puentes de comunidad y de reconocimiento del otro, pero, ¿cómo lograr esta consciencia?
            Bien, la vida ascética nos promete despertarnos del “velo de maya”, profunda agonía, desesperación y deseo del cual somos partícipes, pues es nuestra representación, nuestro “mundo”. Sin embargo, esto se contrasta con la realidad concreta del ser humano, a saber: que es un ser intersubjetivo, determinado y confinado a este “mundo” cerrado, pero expuesto al vacío y lo insondable de lo infinito, y así observamos, nuevamente, una de las antinomias kantianas, que se resuelve en la síntesis de “ser”-“no-ser”. Entonces, el sentido de las ascesis se convierte en un problema fundamental, pues, siempre estamos sometidos a la deriva del mundo “comunal”. Aquí se observa claramente una posible identificación entre el pensamiento schopenhaueriano y sartriano, pues, para el francés “el infierno son los otros”, y para el pensamiento del alemán, influido profundamente por el budismo, el deseo es el origen de todo sufrimiento, y lo que deseamos con mayor fuerza es “el otro”. Por supuesto, una superación posible se da en el marco de la compasión, ya que ésta nos muestra la crudeza del sufrimiento ajeno y nos permite tender un puente de comprensión hacia el otro, lo que nos mostraría que, si bien uno de los caminos puede ser el de la ascesis, el otro puede ser el de la compasión.
            A manera de conclusión, puedo decir que este “saber” debe ser identificado de manera más cercana a la toma de consciencia, que a un saber erudito, sin embargo, en el fondo encubre ambas consideraciones. Este saber “dual”, por llamarlo de alguna manera, puede ser un camino que nos aproxime a la autonomía y la autoafirmación de mí existir, lo que indudablemente me lleva a plantear las condiciones de mi libertad en el marco de un mundo intersubjetivo. Es un posible acceso a la autoconsciencia que me recuerda a cada momento que no vivo en un mundo dado para el cumplimiento de mis deseos o caprichos egoístas, sino que me planta en la base de una consideración hacia el otro como responsabilidad existencial concreta. Como diría Sartre, es cierto, yo no elegí libremente esa libertad de la cual hago ejercicio todos los días, pero debo hacerme responsable de las decisiones que tomo, pues esas decisiones son mi marco referencial en el cual me desenvuelvo dentro de mi sociedad, y, si en todo caso no se puede comprender que este mundo no está sujeto a mis deseos, al menos se puede seguir la máxima kantiana del imperativo categórico: “Obra de tal modo que uses a la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre al mismo tiempo como fin y nunca simplemente como medio”.





[1] Nietzsche, F., Sobre verdad y mentira en sentido extramoral.

Édouard Herriot: el hombre de letras como símbolo de alta política


Por: Francisco Hernández Echeverría.


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Gran Enciclopedia del Mundo (1978): Bilbao: Durvan.
Édouard Herriot nace el de 5 de julio de 1872 en Troyes. Fue hijo de un oficial de infantería, y pudo estudiar en la École Normale Supérieure gracias a que obtuvo una beca, graduándose en 1891. En 1893 consiguió la agregación  en letras, que le abrió las puertas hacia una brillante carrera académica. Fue el primer profesor en impartir la asignatura de retórica en los liceos de Nancy y Lyon.
En 1897 publica su primer libro, Philon le Juïf. Essai sur L'école juive d’Alexandrie (Filón el judío. Ensayo sobre la escuela judía de Alejandría), con el que obtuvo el Premio Victor Cousin de la Academia de Ciencias Morales y Políticas. En Lyon, Herriot se une a Émile Zola, Anatole France y Charles Péguy al Affaire Dreyfus, fundando la sección lyonesa de la Liga de los Derechos Humanos. En 1904, después de defender su tesis doctoral titulada Madame Récamier et ses amis (La señora Recámier y sus amigos), ingresa de facto a la política como un liberal radical, al inscribirse para participar en las elecciones para alcalde de la antigua capital de la Galia. Gana los comicios y sucede a Jean-Victor Augagneur en 1905 —cargo que ocuparía hasta 1942. En 1912, como figura prominente del Partido Radical, es elegido senador del Ródano (función que desempeñó hasta 1919).
Durante la Primera Guerra Mundial Herriot es nombrado ministro de Obras Públicas, Transporte y Abastecimiento bajo el quinto ministerio de Aristide Briand (de diciembre de 1916 a marzo de 1917). Una vez concluido el conflicto, logró reconstruir al moribundo Partido Radical Socialista, y en 1919 gana las elecciones para la Cámara de Diputados —cargo que también desempeñaría hasta 1942— y la designación de ministro de Obras Públicas para el período 1916-1917.
En virtud de sus grandes dotes de orador, Herriot se convirtió pronto en dirigente de su partido (1923). Durante la disputa que sostuvo con el presidente Alexandre Millerand, el famoso estadista se asoció con la Sección Francesa de la Internacional Obrera (SFIO, en adelante) para fundar el Cartel des Gauches (Cartel de las Izquierdas), una coalición de izquierda formada por radicales y socialistas. Cuando dicho Cartel obtuvo el triunfo en las elecciones parlamentarias de junio de 1924, Herriot ganó la mayoría de los escaños, convirtiéndose en el Premier o Jefe de Gobierno de Francia.
Una vez en el poder, intentó mejorar las relaciones con las potencias europeas, reconoció a la Unión Soviética, aceptó el plan Dawes, accedió a que las tropas fueran evacuadas de la cuenca del Ruhr, y abogó por la creación de una Unión Europea. Sin embargo, su gestión sería muy breve por la hostil campaña que la banca y la industria promovieron en contra de su política financiera. No tuvo más remedio que abandonar el cambio en abril de 1925 y queda como Presidente de la Cámara de Diputados. Para julio de 1926 recupera de nueva cuenta el puesto de Premier, pero sólo dura en el cargo tres días.
Bajo la presidencia de Raymond Poincaré y su Unión Nacional, Herriot es designado ministro de Instrucción Pública (1926-1928), que en virtud del sosegado clima político que regía, pudo implementar una reforma escolar. Cuando en 1929 Aristide Briand propone la idea de una Unión Federal Europea, inmediatamente la apoya, pero, la mayoría de los otros líderes políticos se mantienen al margen de dicha propuesta. En 1932 encuentra nuevamente el camino al poder como Premier, cargo que sólo le duró de junio a diciembre. Después, el 6 de febrero de 1934 es otra vez ministro de Estado en el gobierno de Gaston Doumergue y consecutivamente miembro de varios gobiernos de derecha, mientras que su partido evoluciona hacia la izquierda, sobre todo por la ascensión de Adolf Hitler al poder en Alemania.
Bajo este contexto, Leon Blum, Maurice Thorez, Édouard Daladier y Daniel Mayer forman en 1934 el Front Populaire (Frente popular), una coalición entre el Partido Comunista, el Partido Socialista y el Partido Radical Socialista de Herriot. Éste se reservará de dicha alianza, y renuncia en 1935 a la presidencia de su partido para ser reemplazado por Édouard Daladier. En 1936 el Front Populaire hará un buen papel en las elecciones parlamentarias ganando un total de 376 escaños. Leon Blum, líder del Partido Socialista, se convertiría en Premier e introduciría la jornada laboral de 40 horas, la nacionalización de la banca y de la industria armamentista, así como otras reformas sociales importantes.
Cuando los nazis invaden Francia en mayo de 1940, Herriot, que otra vez fungía como presidente de la Cámara de Diputados, se muestra desde el primer momento como Anti-Münich, partidario de ejercer mano dura contra Hitler y apoyo a Henri-Philippe Pétain como jefe del gobierno de Vichy. Pero al final de cuentas, opta por virar decididamente hacia una actividad anticolaboracionista: denuncia la disolución del Parlamento e impugna porque Charles De Gaulle se convierta en el nuevo Premier.
Ante tal actitud, cuando el gobierno decide disolver la Cámara, es puesto en arresto domiciliario por las autoridades de Vichy en el verano de 1942 y, al poco tiempo, entregado a los alemanes para ser internado en Potsdam, donde permanecerá hasta el 22 de abril de 1945 al ser liberado por el Ejército Rojo.
            Después de la guerra, Herriot es reelegido alcalde de Lyon, recupera la jefatura del Partido Radical Socialista en 1947 y también la presidencia de la Asamblea Nacional. El 5 de diciembre de 1946 es elegido miembro de la Academia francesa, por 24 votos ocuparía la silla de Octave Aubry, que había muerto prematuramente antes de leer su discurso de recepción. Jérôme Tharaud recibirá a Herriot el 26 de junio de 1947. La elección de Herriot fue la última antes del año 1950, de una academia en gran medida renovada de treinta y ocho miembros (los asientos de Maurras y del mariscal Pétain estaban reservados).
            En 1951 dimite a la alcaldía, para volver a asumirla a las pocas semanas cuando los radicalsocialistas se pronunciaron contra la coalición con los degaullistas. En 1954 decide retirarse de la vida política. Obtuvo el doctorado honoris causa por la Universidad de Glasgow. Murió el 26 de marzo de 1957 en Lyon.
En su blog de notas, François Mauriac hace un trazo de este político académico con el siguiente retrato: “En vérité, Édouard Herriot était un gros homme charmant. Son charme naissait de ce contraste entre la culture, tous les dons d’une intelligence royale et la ruse, disons la finesse, politicienne” .
A pesar de jugar siempre un papel protagónico en la esfera de la política, Édouard Herriot no olvidó su primera vocación, la de brillante académico, literato y conferencista. Le debemos más de treinta volúmenes entre los cuales destacan: Impressions d’Amérique (Impresiones de América, 1923), Lyon pendant la guerre (Lyon durante la guerra, 1925), Dans la forêt normande (En el bosque normando, 1925), La vie de Beethoven (La vida de Beethoven, 1929), Europe (Europa, 1930), Sous l’olivier (Bajo el olivo, 1932), La Porte Oceane (La puerta océano, 1932), Aux sources de la liberté (Las fuentes de la libertad, 1939), Lyon n’est pas plus (Lyon no es más, 1940), Études françaises (Estudios franceses, 1950) y su libro de memorias titulado Jadïs (Hace años, 1948-1950).