viernes, 4 de abril de 2014

El televisor

Por: Rodrigo Durana.

Texto publicado en la Revista Óclesis número 5.

Obra. publicada en Revista Óclesis 5.
Gustavo Mora
Miras tu reloj que marca las dos de la mañana, apagas el viejo televisor blanco y negro que está junto a los interruptores de energía, tomas la linterna, revisas que esté puesto el seguro del cinturón que carga la pistola, el tolete y las llaves. Sales de la cabina de seguridad, pasas por la primer planta: Libros, perfumes y cafetería; segunda planta: Ropa para dama y para niños; tercer planta: Zapatería y ropa para caballeros; cuarta planta: DVD y discos; y finalmente, quinta planta: Aparatos eléctricos. A tu regreso, por el elevador de servicio, decides bajar hasta el sótano para echar un vistazo a las bodegas.
Al llegar, tu linterna comienza a parpadear, es probable que tengas que cambiar las baterías, pues las luces del sótano y los accesos de emergencia se apagan durante la noche; vas a la parte donde se encuentran las herramientas y tomas un par de ellas, para cambiarlas, te quedas en penumbras, apenas con la pequeña luz que emana de la lámpara de emergencia a unos cuantos metros de ti. Debajo de ella hay una puerta que nunca habías visto “Artículos de Devolución”. Después de cambiar las pilas intentas abrir con la llave maestra (la que abre todas las puertas del sótano), pero ni siquiera entra por el cerrojo. Le das un pequeño empujón a la puerta que se abre mientras emite un rechinido de película barata de terror.
Entras, iluminas con la linterna y encuentras una estructura enorme de televisores, unos encima de otros, tantos que forman una pirámide casi perfecta. De pronto te llega la manía que tenías de niño y que aún conservas: alumbras y comienzas a contar: treinta y tres, cuarenta y nueve, setenta y siete, son tantos, que al pasar a la parte trasera de la pirámide, pierdes la cuenta. Todos ellos son iguales, el mismo modelo: el cubo de color azulado, el marco de la pantalla y la caja trasera color rosa; al frente sólo hay una perilla azulada y un botón triangular rosa.
No te explicas de dónde han salido tantos televisores, todos iguales; haces suposiciones y concluyes que se trata de un modelo que salió defectuoso y que, por tanto, devolvieron todos. Alumbras alrededor y descubres unos toneles vacíos, los tomas y formas una torre por donde subes y tomas uno de la punta, lo haces con mucho cuidado para no derribar la estructura televisiva.
            Ya de vuelta en la cabina de seguridad, pones el viejo artefacto blanco y negro en la parte trasera de la cabina, junto a tu mochila. Colocas el nuevo de color azulado junto a los interruptores de energía; lo conectas y buscas cómo encenderlo, sólo hay un botón triangular color rosa y una perilla azulada,  presionas el extraña botón triangular rosa y el aparato se enciende. Arrellanado en tu sillón favorito, giras la perilla, intentas cambiar de canal pero sólo se ve uno, en todos los canales la misma imagen, no importa el número que acciones, siempre la misma imagen, presionas el botón triangular rosa y enciendes y apagas el televisor, pero siempre es igual. Concluyes que esa es la razón por la que los devolvieron, ni modo de ver siempre el mismo canal; decides que lo vas a regresar en el rondín de las cuatro de la mañana.
Tomas de tu mochila el sándwich y la Coca Cola que traías. Sentado frente al televisor, ves ese único canal. Ahí, con una luz tenue ámbar, unos dedos de pie se mueven, la imagen los sigue una a uno, se aleja un poco y ves el pie completo, luego los tobillos  delgados, finos, evidentemente de una mujer. Después la pantorrilla, la piel es extremadamente blanca, incluso algunas venas se perciben. Todo sucede como una especie de cámara objetiva, es decir, ves a través de la pantalla lo que ven los ojos de algún personaje. Se escucha una melodía dócil en el fondo, aparece una mano de hombre, que seguramente es de dicho personaje que mira, tiene un par de anillos en los dedos. Toca la rodilla con delicadeza, sube por el muslo desnudo; luego un movimiento un tanto brusco lleva la imagen hasta el cuello de la dama, cabellos negros, largos y rizados caen. Las manos del hombre hacen a un lado los rizos y acarician el cuello. Los dedos bajan con lentitud hasta llegar al camino que se forma entre seno y seno, de ahí, a uno de ellos, mediano y con el pezón pequeño y erecto, pequeños bellitos dorados y erizados a su alrededor. El pulgar de la mano toca el pezón rosado y lo aprieta suavemente con el índice, se escucha un tierno y suave gemido; luego la otra mano ejecuta la misma acción sobre el otro seno. Una de las manos baja hasta el ombligo donde hay un percing con una bolita de plástico en el centro, adentro, un dibujo del Capitán Cabernícola. Luego un camino de vellitos de oro que llegan al extremo superior del pubis, donde una pila de vellos negros se yerguen. Una bella estampa aquella, perfectamente depilada de los lados, formando un rectángulo exacto que culmina en los labios medianos y extraordinariamente rosados. Un dedo los acaricia suavemente, del interior sale un suave líquido transparente. Con suave fricción los labios se separan, el dedo fricciona el pequeño clítoris con rapidez pero sin brusquedad. La otra mano nuevamente hace su aparición, el dedo índice toca el líquido transparente, que se pega y escurre hasta el culo, donde el dedo gira una y otra vez, mientras los gemidos suben de tono, hasta dilatarlo un poco. Las manos toman la cadera de aquella mujer y la voltean sobre las sábanas blancas; unas nalgas no muy grandes pero perfectamente redondas se levantan como dos bolas de helado de vainilla. La espalda larga y con algunas pecas culmina en la cintura reducida, y luego, en el extremo de la línea divisoria de las nalgas hay un pequeño agujero, como el de los aretes de los oídos, o mejor aún, como el de los aretes en la nariz pues en ellos se ve la entrada pero no se sabe muy bien a dónde llega. Crees, entonces, reconocer esas nalgas, sobre todo por el agujero al extremo, se parecen a las de Adriana, tu novia, el lunar con forma de luna en la nalga izquierda lo reconfirman. Después con rapidez un pene mediano, circuncidado y con la cabeza rozada, aparece en escena, se introduce entre las dos grandes bolas de nieve de vainilla, la mujer entonces emite un gemido largo y profundo.
            Piensas que se trata de una equivocación, pero la voz es inconfundible, grave, como la de Adriana, el amor de tu vida; peor aún, la escuchas decir: “¡Sí, cachorrito, sí!” justo como te dice  a ti cuando hacen el amor. Te preguntas si tu mujer, tu novia, la que te enseñó el valor de la confianza y la lealtad, puede ser una actriz de una película porno.
Giras la perilla bruscamente, pero la imagen no cambia, es la misma en todos los canales, Adriana montada por alguien y en gozoso movimiento. Después de cavilar profundamente, supones que el televisor es quizá un artefacto que permite ver a las personas su pasado, o su futuro y tal vez, ese hombre, que ahora introduce una y otra vez su miembro en tu mujer, eres tú, pero en el futuro porque tú nunca lo has hecho así. De pronto la imagen sube desde las nalgas, por su espalda, su cabeza que ahora gira y ahí está, descubres que, en efecto, se trata de Adriana que pide a gritos: ¡Más!, ¡Más! La imagen sube, por la pared, que te es de sobra conocida, pues es la habitación de ella. Piensas que el televisor sí muestra el futuro, que tal vez más tarde estarás ahí, en dicha escena; sin embargo, cuando la imagen gira hacia el lado derecho, descubres reflejado en el enorme espejo, arriba de la cómoda, que el hombre que hace gritar a tu novia, el hombre que tiene empotrada a Adriana es don Manuel, tu suegro, el padre de Adriana.
La cámara objetiva ya no lo es más. En escena, ves a los dos: padre e hija, jinete y yegua, en plena carrera rumbo al punto de origen, punto que comienza a llegar con un grito arrollador de don Manuel, seguido por gemidos devoradores de bocanadas de aire de su hija.

Por fin, estás ahí, empujas la puerta que está en el patio trasero de la casa, entras por la cocina, subes al segundo piso, escalón tras escalón, puñalada tras puñalada en tu hígado; cada gemido de Adriana es una lágrima de cáustico veneno que corre por tus entrañas. Al terminar las escaleras, hiere en tu cara el rayo de luz ámbar proveniente de la habitación de tu novia. Ya en el umbral de la puerta lo ves con tus propios ojos: Adriana, la mujer de tu vida, la de ojos azules que conquistaban todo, está ahí, desnuda, hincada en cuatro extremidades, recibiendo los embates de su propio padre. No han notado tu presencia, estás impávido, una centella helada corroe tu espina dorsal, desenfundas la pistola, quitas el seguro, escuchas los gritos de éxtasis del padre y la hija, apuntas y disparas, la espalda de don Manuel recibe tres impactos de bala. El sudor corre por tu frente, la sangre chorrea por los orificios, el semen escurre por las piernas de la impávida Adriana. Tu mano tiembla, colocas la pistola en tu boca, tu dedo tirita en el gatillo, estás a punto de jalarlo; el extraño botón triangular es agresivamente apretado, tu alma rehíla y, providencialmente, el televisores apagado.

domingo, 30 de marzo de 2014

Una coincidencia transparente

Noviciado del reasombro


Por: Víctor Flores Anzaldo


Fuente de imagen:
http://laestanciaingrata.blog.com.es/2007/02/12/la_trampa_del_chaneque_final~1728265/

Aristóteles afirma que “los hombres comenzaron a filosofar –ahora y desde el principio- al quedarse maravillados ante algo, maravillándose en un primer momento ante lo que causa extrañeza y después, al progresar poco a poco, sintiéndose perplejos también ante cosas de mayor importancia, por ejemplo, ante las peculiaridades de la luna, el sol, los astros y ante el origen de Todo”. (Cf. Metafísica I, 2) El Estagirita –nació en Estagira, Aristóteles- continúa con su disertación bajo la argumentación de que la ciencia y en especial el científico tienen por principio la admiración porque se afanan en el conocimiento. No obstante, esa capacidad parece estar disminuyendo hoy día, tal vez provocado por la sobre estimulación de los sentidos, por los medios electrónicos y por la vida tan agitada; llegando a pensar que con la ciencia y la técnica se contestan todas las preguntas, cuando en realidad se generan nuevas. Más, no es tarde para reparar en esa capacidad, reasombrarse es una prioridad ante la adversidad.

De 1947 (el estrellamiento del OVNI de Roswell) al sesenta y dos (Discurso de Mac Arthur en la Academia de West Point, donde dijo “Ustedes ahora enfrentan un nuevo mundo, un mundo de cambios. La inteligencia en el espacio exterior…marca el conocimiento de otra historia de la humanidad…Ahora nos enfrentamos, no sólo con las cosas de éste mundo, sino con las ilimitadas distancias así como los insondables misterios del universo…del conflicto final entre una raza humana unida y la siniestra fuerza planetaria de alguna otra galaxia”.), los eventos inspiraron a los más connotados artistas norteamericanos, pero en 1968 se estrena en EUA “2001: Odisea del espacio” de Stanley Cubrick, que fue un rico caldo de cultivo de ficción y aventuras de la humanidad. La trama en cuatro partes, describen las apariciones de unos monolitos ortoédricos, que en diferentes épocas de la humanidad le han ayudado, con su sola presencia, a evolucionar en su inteligencia, los monolitos son creados y enviados estratégicamente a diferentes épocas y lugares por una inteligencia extraterrestre. El clímax de la película es impuesto por la rúbrica del tema de orquesta “Así habló Zaratustra”, poema sinfónico y simbólico de 1896 por Richard Strauss –no confundir con Strauss el de los valses-, en su opus 10, inspirado en la obra homónima del filósofo Federico Nietzsche, que en esencia trata del anunciamiento de una nueva forma de autoconsciencia e inteligencia del ser humano. En el aspecto musical el poema sintetiza, igual que la obra de Nietzsche: misterio y conocimiento. El Oscar de la Academia y varias nominaciones presagiaban que el día que una manifestación extraterrestre fuera evidente, entonces, la gente ya no se espantaría, ni intentaría suicidarse, como en la obra de H. G. Wells: “La Guerra de los Mundos”, al contrario, se asombraría, curiosearía, etc., acerca de ese nuevo aspecto de la realidad. No obstante, los actos de encubrimiento y contrainteligencia, principalmente del gobierno norteamericano, los hechos acerca de presencia extraterrestre (abducciones e implantes en humanos, disecciones de ganado, etc.) quedaron profundamente minimizados y ridiculizados. Aunque, como si de una operación de contrapropaganda se tratara, algo del pasado resurgió. Un círculo de cosechas o agroglifo, representado en un panfleto en latín del siglo XVI, llamado “El demonio de segar”, que representa un ser humanoide formando un círculo en un campo de siembra con un instrumento parecido a un siete al revés, el panfleto es una reacción de un terrateniente al cobro excesivo de los segadores de aquél lugar, el mensaje en latín expresa que “preferiría que el diablo segara el campo y pagarle antes que a los abusivos segadores.” Entonces, surgió el moderno agroglifo. Para 1976, en Winchister, Reino Unido, aparecen grandes círculos en sus campos de cultivo; por medio de dos embusteros de nombre Doug Bower y Dave Chorley en 1991 se declaran los artífices de los círculos de Winchister, para sorpresa de ellos y de los gobiernos encubridores en toda Europa se dan a conocer la aparición de nuevos círculos y cada vez más complejos; las autoridades ahora tratan de atribuirlos -por sus voceros oficiales (astrónomos, meteorólogos, pilotos, etc.)- a vórtices de aire, al clima y otras causas ambientales, también a imitadores de Doug y Dave. Pero en el año 2001 (¿ !) –sic- una réplica del mensaje lanzado desde Arecibo por Drake, Sagan y otros, apareció cerca del observatorio Chilbolton, norte 51° 8’ 39.80’’, oeste 1° 26’ 26.64’’. La réplica muestra la forma de vida de una civilización extraterrestre y la conformación de su biología, etc., para que los imitadores lograran el mensaje, debían tener conocimientos de biología molecular, astronomía, código binario, etc.; el quid del asunto es que el mensaje replica la información de una comunicación auténtica con seres inteligentes y de una tecnología muy avanzada. ¡¿No es acaso una transparente coincidencia que Nietzsche y Strauss gustaran de anunciar un nuevo despertar de la consciencia humana y, que ambos infundieran ese espíritu a sus obras respectivamente, a la vez, que inspiraran a Kubrick para fijar una coordenada futura, en apariencia ficticia y que en la fecha, una nimiedad, porque pudo ser 2003, 2004, etc., fijara el año en que recibiríamos un dato de tal magnitud como, finalmente, que 2001 haya sido promocionada “El año en que hacemos contacto”?! Llamémosle como deseemos, es el noviciado de un reasombro o admiración aristotélica, tradición de una civilización en la cual se forjó Occidente y que estaba perdiendo vigencia para las masas de esa misma tradición de pensamiento.

jueves, 20 de marzo de 2014

Editorial Revista Óclesis III


Ante un principio de año no podemos dejar de pensar en el final de otro, que no vale recordarlo con esa nostalgia perdida con que miramos, a veces, las almenas de la memoria. Mas es prudente asentar en matices no rigurosos todas las falacias y formas erradas de las que fuimos testigos, además de una o dos curiosidades dignas de Ripley o de la Barca de los locos. Y es que apenas a unos cuantos meses de nuestra concepción -cuya gestación fue y es aún bastante más larga que la del elefante o la mielga-, seguimos retroalimentándonos de nuestra realidad y sueño. Siempre susceptibles en menor o mayor medida, tanto individualmente como bajo la gasa oclética, fuimos acreedores de afables comentarios y mordaces críticas.
Uno no es ninguno, y dos sucede en pares, después a uno se le olvida, pero lo innegable nos llega en tres. De tantas palabras y enunciados que surcaron las aguas de la revista en aquellas presentaciones, hubo las que, con son exacto y melodioso, hicieron trabajar nuestra expectativa de Óclesis como pocas: “Es un movimiento de vanguardia, que se volverá tal cual si, y sólo si, llegan a un segundo o tercer número”. Con su doble matiz, con un rostro de halago y otro de sentencia, y tal vez un tercero cuya implicación más rotunda fue y es la responsabilidad, continuamos fomentando el proyecto para verlo en su metamorfosis de realidad; hoy nos sentimos algo más cerca de ello.
Es importante no perder ni las metas ni los móviles ni las más básicas razones; crear por el simple hecho de crear no es sino un hado sobre el abismo, una musa violada en la intemperie. El trabajo del receptor no es distinto. No bastará sólo pagar un boleto que nos permita pasar a una exposición fotográfica, o pictórica, o dancística o literaria, como tampoco valdrá la pena su intromisión al mundo artístico para memorizar la obra: es necesario enfrentarnos a ella, tanto creadores como receptores, enfrentar nuestros sentidos y nuestro pensamiento y sesgar con la mirada cada elemento para, entonces, hacer valer ese boleto de entrada, ese tiempo que no ocuparemos en ocio delineado o en la mierda del hábito inequívoco.
Los espacios van abriéndose poco a poco y con ello las expectativas de Óclesis. Necesitamos más interés, más disposición en asistir, en leer, en cultivar la mente; debemos aprender a apreciar no sólo las lecturas, sino también las obras teatrales, los espectáculos de danza y las exposiciones gráficas. El arte también es un trabajo, valorémoslo como fomento de la conciencia o como propósito de año nuevo o como proyecto de investigación o como sea: es más necesario que nunca.

viernes, 14 de marzo de 2014

MISCELÁNEA OCLÉTICA 2
CONSEJO ACADÉMICO ÓCLESIS
CORDINA Francisco Echeverría


Guillermo Ceniceros y el misterio de la pintura

Luz García Martínez

Publicado en El Búho. Año 10, No. 109, 6 de Julio 2009, pp. 5-14

Fuente de imagen:
http://www.wawis.com.mx/en-mi-pintura-el-espectador-pone-la-otra-parte-ceniceros/
Toco tres veces el timbre de una casa estilo colonial en la calle de Pomona, en la colonia Roma, al sur de la ciudad de México. Son las siete de la noche y una pertinaz lluvia me moja junto con libros y revistas que llevo. Empiezo a inquietarme pensando en que quizá el maestro Guillermo Ceniceros olvidó la cita. Ansío verlo y de pronto abre la puerta el pintor, viste un pantalón de mezclilla y una camisa de algodón a cuadros color azul, le doy un gran abrazo y comienzo a admirar los enormes óleos que van descubriendo su casa-estudio, mientras sus pequeños perros en la planta baja, donde tiene su taller de grabado, con tórculos y máquinas que emplean para la impresión de imágenes en diversos materiales, emiten ladridos que inundan el silencio de la noche.
            Me ayuda a cargar mi portafolios mientras me pregunta cómo está el tráfico citadino y le cuento que tardé más de 40 minutos para poder estacionarme. Observo que trae varios pinceles en la mano izquierda y al subir las escaleras para cruzar un gran patio y pasar a la sala, una imagen seduce mi mirada, el impresionante mural Historia de la medicina que está realizando para el Hospital Juárez, en la ciudad de México, que versa sobre la historia de la medicina desde los griegos hasta la época actual.
            Un imponente andamio donde reposan botes de acrílicos, brochas, espátulas y pinceles es el telón que enmarca esta obra mural del maestro Guillermo Ceniceros, que se detiene también frente a la obra en proceso y comienza a explicar la composición, los personajes, los colores y las formas. La pido me deje sacar mi libreta de apuntes y mi grabadora, estoy ansiosa por captar la voz de este gran artista que el próximo miércoles 22 de julio recibirá un homenaje nacional en el Palacio de Bellas Artes, por sus 70 años de vida y 55 de trayectoria artística, junto con la presentación del catálogo Guillermo Ceniceros: 70 años, editado por los gobiernos de los Estados de Nuevo León y de Durango.
            Pasamos a una pequeña estancia poblada de espejos y cuadros del pintor y de su esposa, la también artista plástica Esther González, así como de las primeras obras de sus adorables nietas, las pequeñas Elenita y “Tiz”, además de libros, fotografías y esculturas. Enciendo la grabadora y comienzo a hacer diversas preguntas, pero el maestro inmediatamente me dice: “¡Calma Luz!... quiero que veas el libro y después platicamos lo que quieras”.
            Le pido disculpas por ser tan ansiosa e irreverente y agradeciendo la paciencia que me ha tenido desde mis primeras visitas a su estudio en 1999, no dejo de asombrarme ante cada cuadro, dibujo o gráfica que habita su casa-estudio. Obras con un inquietante juego de composición, formas, geometría y texturas y una característica esencial: el misterio de la pintura, un misterio que transforma su arte en poesía y silencios…
            Observo la espléndida fotografía de portada realizada por la querida Margitta Schöler, que muestra al artista pensativo, sentado de espaldas a su mural intitulado Breve historia de la neurología, 2007 que se encuentra en el Instituto Nacional de Neurología, quizá reflexionando sobre estos 70 años de vida que cumplió el pasado 7 de mayo.
            Vemos detenidamente el catálogo de 320 páginas que muestra el itinerario de su trayectoria artística con murales, acuarelas, dibujos y pintura de caballete; con poemas y textos de José Ángel Leyva y otros autores, enmarcado en apartados donde se destacan: Apuntes y cuadernos de viaje, Pintura de caballete, Museo de Arte Contemporáneo Guillermo Ceniceros, Muralismo, Escultura, juguetes y gráfica y un Anexo fotográfico.
           
Fuente de imagen:
http://www.cronica.com.mx/especial.php?id_tema=1237&id_nota=440296
Libro que seduce al lector, porque a momentos pareciera que se transforma en un flash back cinematográfico, una biografía hecha con trazos de un óleo vivencial: Guillermo Ceniceros, quien emotivo expresa: “Este catálogo consigna varias referencias en mi trayectoria como es el grabado, la estructura, técnicas como la punta de plata, esculturas, dibujos, maquetas, bocetos y juguetes como son las bandas o rollos son fin…”
            José Ángel Leyva subraya en el ensayo intitulado “Guillermo Ceniceros: 70 años o el reposo de la luz”, que el libro se concibió como una retrospectiva enmarcada en salas imaginarias en las “que el artista expone un lenguaje propio, un estilo personal que lo identifica y pone en comunicación con el espectador específico o el público casual, en tránsito, en la que él mismo se nos presenta como un viajero que anota la gestualidad de los entornos, las atmósferas y los personajes, las circunstancias y hasta las ideas”.
            ¿Quién es Guillermo Ceniceros? ¿Quién es este artista que aparece de frente en una fotografía del libro, trabajando en el taller de Siqueiros, en Cuernavaca, Morelos en 1966, cuando contaba con 27 años? El 13 de octubre de 1967, David Alfaro Siqueiros escribió en el texto intitulado El colega Ceniceros lo siguiente: “Se trata de un creador que no juega con la pintura como lo hace la inmensa mayoría de sus contemporáneos, sino que va agregando valores, hasta alcanzar una expresión de méritos incuestionables en el conjunto actual, y no sólo en México sino para el mundo entero… Un creador que sabe dar a luz con los dolores de los partos valiosos en la marcha de la creación artística”.
            El 7 de mayo de 1939, en El Salto, municipio de Pueblo Nuevo, Durango, nació Guillermo Ceniceros. Hijo de José Ceniceros Páez, de oficio carpintero y de Petra Reyes Briseño, ama de casa. “Tengo recuerdos de la infancia, en la sierra, en El Salto, recuerdo esa atmósfera del norte con los pinos, la vegetación; también los juegos: nos subíamos a los árboles, hacíamos columpios y llanas, jugábamos a tirarnos con una cuerda, en dar vueltas. Son recuerdos de los juegos y del paisaje que tengo presentes y que quizá se reflejan en la pintura…
            Siendo el menor de seis hermanos, cuando era pequeño, su padre hacía juguetes y muebles de madera, oficio que aprenden los hijos quienes elaboraban sus propios juguetes como camiones de carga, ferrocarriles y casas, algunos de los cuales todavía conserva. De su padre heredó esa influencia artesanal como es la fabricación de máquinas rudimentarias para hacer juguetes. “Las elaboraba con desperdicio de fierro encontrado en los tiraderos, le ponía bandas e inventaba aparatos con los cuales fabricaba ejes, palitos redondeados, ruedas, etc.”
            Recuerda que también en la carpintería de su padre había máquinas fantásticas que se parecían a lo que después ve en uno de sus viajes: las esculturas de Jean Tingely (Friburgo 1925-Berna 1991), escultor suizo quien concibió máquinas lúdicas de espíritu dadaísta. “Tingely fabricó unas máquinas que al accionarlas eléctricamente, empiezan a trabajar y algunas veces, avientan pelotas. Eso me recuerda un poco las máquinas que hacia mi padre para fabricar las rueditas y los juguetes”.
            También de niño, le gustaba mucho dibujar e ir con sus compañeros de la escuela a pescar a un río cercano y anécdota de la cual emocionado narra: “¡Cierto día, hallamos un bagre!...”
            En 1950, su familia se traslada a Monterrey, Nuevo León, cuando Guillermo contaba con 11 años de edad y al mismo tiempo que cursa la primaria, trabaja en fábricas donde hacia espejos, estufas y camas de metal.
            En 1954, Ceniceros solicita su ingreso en la escuela fábrica FAMA, donde se impartían las carreras de técnico-mecánico, fundidor y dibujante mecánico, entre otras. Escuela donde Guillermo trabajó como dibujante industrial. En 1955 empieza a frecuentar el taller de Artes Plásticas de la Universidad de Nuevo León, atraído por los debates en torno a la pintura, que ahí se suscitaban.
            Cierro el catálogo y enseguida Guillermo Ceniceros saca espléndidos bocetos a tinta que ha elaborado para El Búho, me pregunta cuál me gusta más y me comenta que hará la obra final a color para la portada , mientras comienza a verter vino tinto derramado en dos copas que unifican nuestro reencuentro que se vierte en una charla exclusiva para El Búho, en la cual el pintor, muralista, escultor y dibujante al cuestionarlo sobre el significado del arte en su vida, empieza a escribir en forma circular sobre mi cuaderno: “El papel del arte en la vida es tan inmenso que hasta podría contener la punta de la madeja del universo…”

Reflexiones sobre Cézanne y Diego Rivera
“Los pintores siempre han tenido una gran necesidad de transformar y dicen que son más modernos que los anteriores. Cézanne estaba preocupado por un aspecto de la geometría y un aspecto del análisis de los objetos, los quería ver geométricamente tanto de frente, como de arriba y de perfil e hizo un gran análisis de la geometría combinada para que los objetos se vieran de todos lados hasta transformarlos, sin perder el objeto pero geometrizándolo y creó el lenguaje del cubismo sin darse cuenta”.
            “Es muy importante la presencia de Diego Rivera porque independientemente de que ya el germen de la transformación existía en Cézanne, cuando llega mucho después, Diego Rivera con todas las mentirillas, sus cuentos y sus cosas, imaginó que hubiera sido capaz de imbuirles, si hubiera conocido él lo que descubrieron en México acerca de la Coyoxaustli, les hubiera dicho que el cubismo se inventó en México”.
            “Diego no conoció a la Coyolxauhqui, la descubrieron años después pero Diego tenía ese tipo de desplantes diciendo que los códices mexicanos (tanto los códices aztecas, los mayas y algunos que eran desconocidos para los pintores de aquel momento contemporáneos de Diego Rivera y mucho de los actuales ni siquiera los conocen) ya tenían el germen del cubismo, es decir, de la corriente más importante de pintura en Europa; Diego Rivera les diría que el cubismo lo habíamos inventado en México desde hace muchos siglos”.
            “No se puede decir que unas corrientes son más revolucionarias, oras más importantes, otras más preponderantes y otras más chingonas, porque de pronto la pintura rupestre de Baja California que tiene 7,500 años, la más antigua en la Sierra de San Francisco en México, resulta muy parecida a lo que hizo Tamayo en su pintura: el concepto de síntesis que tuvo en sus cuadros, es lo mismo que encontramos en las pinturas rupestres de Baja California”.
            “¿Qué vamos a hacer los actuales pintores? Aquellos, los de las pinturas rupestres se nos adelantaron, por eso cuando le propuse a Roberto Velásquez que era director de la Galería de la UAM, que invitara a Tamayo a que visitara las pinturas rupestres y fue acompañado por el crítico de arte Antonio Rodríguez, poco después le pregunté a Roberto qué había sucedido y me dijo que Tamayo se plantó delante de las pinturas rupestres y expresó: “Estos se me adelantaron”.
            “No es precisamente la síntesis con relación a una figura en especial, sino la síntesis de la geometría para llevar la forma de los cuerpos a ser plasmadas con líneas más elementales pero sin descuidar la armonía, el equilibrio, el color en toda su dimensión”.
            “Son colores planos, algunas texturas y el diseño, eso es lo que hicieron muchos de los pueblos primitivos con gran maestría. Síntesis y diseño, un lenguaje maravilloso, así se ha hecho toda la historia de la humanidad, con esos tres elementos. Así se ha hecho el lenguaje, así se han construido las palabras escritas que al pronunciarse son los fonemas y así está hecho todo, de tal manera que cada quién le imprime su propia personalidad en grupos o individualmente”.

Las modas en el arte
“Algunos conceptos refieren que la pintura ha muerto y que ahora vive la instalación, pero la pintura no puede morir porque tendría que morir la historia, del arte y las muestras de cómo fue cambiando, yo no diría que evolucionando el arte que aunque puede ser que tenga algún tipo de evolución, sí acaso existiera esta evolución tendría que ser una evolución parecida al movimiento de una espiral que gira y sube en cada vuelta…” “En cada vuelta se tocan temas que se tocaron en otro tiempo pero con un conocimiento superior y ese avance podría consistir en que se le quitan cuestiones al concepto y se le agregan otras. La pintura rupestre, nos ha dado grandes lecciones al mostrarse en la actualidad como uno de los lenguajes evolucionados, porque los pintores e las cavernas sin tener los conocimientos de los pintores que ahora ven a las academias, tenían el concepto de lo que ahora llamamos la modernidad”.
            “Hay grandes semejanzas de la pintura primitiva de Altamira y la de México que está ubicada en Baja California Sur (que están en perfecto estado), con la pintura de Tamayo porque ambas utilizan el mismo esquema de expresión: no detalles, grandes espacios, mucha textura y colorido, gran síntesis y llegamos a la conclusión de que ambas tienen el mismo concepto de lo moderno…”

Recuerdos de Pedro Garfias
Del poeta español perteneciente a la generación del 27, Pedro Garfias, autor del “poema bucólico con intermedios de llanto”, “Primavera en Eaton Hasting”, publicado en 1939, cuando los Ceniceros recién se casaron en Monterrey, el poeta que llegó al puerto de Veracruz en 1940, como parte del primer contingente de 1620 republicanos expulsados de su patria, les dedicó ese libro que cierta vez prestaron y ya no se los devolvieron, el pintor dice: “Por ese tiempo conviví con el poeta Pedro Garfias, con quien desde Monterrey en las varias etapas que él estuvo, varios estudiantes tuvimos cierta amistad con él.

            “La primera vez que lo vi fue en la ciudad de México, en el restaurante español “El hórreo”, que está frente a La Alameda. Yo trabaja con Siqueiros en la ex aduana de Santo Domingo y solíamos buscar Fernando Sánchez y yo dónde comer y luego Abelardo Treviño quien trabajaba en la Secretaría de Educación, me invitó a “El hórreo”. Estábamos en una mesa Abelardo Treviño, Fernando Sánchez y yo, y desde ahí vimos a un hombre que estaba solo en la barra de la cantina y Abelardo me dijo: ‘¿Dime Guillermo, si aquel señor es Pedro Garfias?’. Me levanté, fui e inmediatamente descubrí que si era

martes, 25 de febrero de 2014

El Estado frente al Terrorismo Cultural
Por: Fernando Méndez Sánchez.


Obra gráfica realizada para revista Óclesis número 5.
Gustavo Mora
Para hablar de Terrorismo Cultural, es indispensable, antes que nada, el aclarar dicho concepto, el darle forma y sentido.  El término terrorismo, desde la base jurídica, se interpreta como una acción humana intencional, destinada a producir temor o terror en una persona o grupo de ellas, usando medios ilegítimos, casi siempre  violentos y con fines políticos[1].
El terrorismo se clasifica en cuatro formas: el terrorismo de Estado (quizá el más brutal, ya que el Estado lo usa para mantener su posición política),  terrorismo entre Estados (usado por los países desarrollados para mantener sumisos a los más débiles), terrorismo entre particulares (que al carecer del interés político, se convierte simplemente en criminalidad) y terrorismo de particular contra el Estado (el más común de todos y contra el que se dirigen obviamente los principales efectos legales)[2].
Lo anterior, coloca nuestro primer cuestionamiento, ¿en cuál de estas categorías colocamos el Terrorismo cultural? Si analizamos algunos de los conceptos que al respecto se han realizado , nuestro cuestionamiento se torna más complejo, ya que su conceptualización puede variar entre todas las clasificaciones.
Heat Bunting, lo define como una lucha contra sistemas de valores dominantes y cómo se deja que esos sistemas de valores definan la realidad[3].  Pero esta idea se puede aplicar igualmente al Terrorismo de estado, que al terrorismo entre Estados, que al terrorismo de particular contra el estado, o si nos permitimos jugar un poco con esta categoría, del terrorismo entre particulares.
Explicando un poco más lo anterior, desde la categoría del terrorismo de estado, bien podemos afirmar que el Terrorismo cultural se encuentra dentro de dicha categoría, en la manera en la que varios gobiernos utilizan la propaganda y los medios de comunicación para forzar la aceptación de la sociedad a medidas que en otras circunstancias jamás hubieran aceptado. Un ejemplo claro de lo anterior, lo encontramos en los regímenes fascistas de mediados del siglo XX, en donde la propaganda era un método idóneo para que la población tomara como indispensable la existencia del Estado mismo, y de manera preponderante, el absoluto control de este sobre la vida de los particulares.
Un ejemplo actual, lo encontramos en México, donde los gobiernos de los años 2000 al 2010, han puesto en marcha una intensa propaganda en nombre de lucha contra el crimen organizado y el narcotráfico, en un afán de que la sociedad legitime medidas cuasi tiránicas y totalmente marciales[4]. Por ende es indiscutible, el pensar que varias acciones de los gobiernos de los estados pueden ser considerados como Terrorismo cultural.
En lo que se refiere al terrorismo entre estados, se torna necesario analizar un poco la actual política internacional, en la que los Estados Unidos de Norteamérica, al invadir países que en la realidad no representaban ninguna amenaza para él o el resto del mundo y calificar en noticias internacionales, la defensa de dichos pueblos como actos terroristas, caen por sí mismos en la categoría de terrorismo cultural.
En otras palabras, los Estados Unidos claman al mundo “¡nosotros somos los buenos! Somos aquellos que con tecnología bélica de punta, nos tenemos que defender de los malévolos pueblerinos, que tratan de mantener una pizca de su soberanía, mediante actos “terroristas””.
Pero al momento de analizar el terrorismo cultural desde la visión del particular contra el Estado, se debe hacer una pregunta: cuándo un particular critica las instituciones del Estado ¿puede clasificarse como terrorismo?
Trabajos tales como los del gran Maese Rius, los caricaturistas Helguera,  Patricio y los llamados “hijos del averno” en distintos medios impresos, ¿podríamos calificarle como terrorismo?
El gran problema que trae aparejado la idea de terrorismo, es la enorme carga política que dicho termino arrastra. Desde sus inicios en la Revolución Francesa, se ha calificado de terrorismo a casi todo acto que vaya en contra del status quo político; y lo que ello representa, es la necesidad de las minorías o de los grupos más débiles de hacerse oír, en muchas ocasiones, haciendo uso de medios ilícitos o incluso moralmente sancionables.
Pero es en estos términos donde el problema se expande, ya que el Derecho, de acuerdo a la visión Marxista, no es otra cosa que un instrumento de dominación de los elementos más poderosos contra los más débiles, estableciendo ese ya mencionado status quo, que estos últimos se ven forzados a seguir; al hablar de esta situación, ¿no estaríamos hablando por sí mismo, de un verdadero “terrorismo cultural”?
Incluso la misma moralidad de un acto, es algo completa y totalmente subjetivo, ya que si analizamos que la moral es la distinción de lo bueno y de lo malo, ¿quién puede calificar cualquier acto de totalmente bueno o totalmente malo?
En estas ideas corresponde ir con la visión probablemente más compleja de todas: la del terrorismo cultural dentro de la categoría de terrorismo de particular a particular.
Esto es especialmente significativo, si consideramos a los comerciantes como particulares, ¿por qué los comerciantes? Por la fácil y sencilla razón de que son ellos los que han creado al nuevo Leviatán: El Mercado. Incluso es importante mencionar que han mutado al mismo a través de la figura del capitalismo salvaje.
El Mercado se ha convertido en un nuevo Leviatán, ya que de acuerdo, incluso a las teorías desarrolladas por Bobbio, Arellanes, Borón y Negri, podemos observar como ya no son tan sólo los países y estados los que dominan a otros estados, sino que él mismo se encuentra sujeto ahora a los deseos de las grandes empresas transnacionales y a los organismos económicos internacionales que han adquirido una fuerza propia, independiente de cualquier nacionalidad o credo estatal.
Cuando un ser humano realiza actos en contra de estos enormes gigantes de la industria y el comercio, que no lesionan la propiedad privada, pero sí la visión que la mercadotecnia ha creado de estas entidades, tratando de hacer crecer una conciencia social respecto a la realidad circundante de la sociedad como rehén del mercado, el terrorismo cultural se convierte entonces en un adalid de la verdad y proteccionista de los restos de nuestra humanidad: inconforme, incompleta, no uniforme y sustancialmente diversa.
No todos los actos terroristas pueden ser calificados uniformemente como válidos o aceptables, eso es cierto, pero el terrorismo cultural es posiblemente un baluarte de la libertad del pensamiento humano, y la calificación de esa libertad de expresión, como terrorismo, es posiblemente, el verdadero acto terrorista.


           



[1] Instituto de Investigaciones Jurídicas de la U.N.A.M. Diccionario Jurídico Mexicano, Edit. Porrúa, México, t. P-Z, 2005, pp. 3081.
[2] Ídem.
[3]  Schibli, Martín,  “Terrorismo Cultural”, en Heterogénesis, revista cultural,  en http://www.heterogenesis.com/Heterogenesis-5/H-42/Cas/terror.htm, consultado el 1 de Octubre de 2011.
[4] Vicente Fox, comenzó este terrorismo al iniciar una gran campaña de miedo, en donde los secuestros, eran mencionados de manera diaria en los noticieros, posteriormente , Felipe Calderón, continuo esta política, lanzando su “guerra contra el narcotráfico”, y posteriormente, queriendo legitimar la misma, a través de su iniciativa de para reformar la Ley de seguridad nacional, que en si es violatoria de la Constitución Mexicana.

domingo, 9 de febrero de 2014

José Emilio Pacheco: cuando el principio del placer juega su última batalla

Por: Francisco Hernández Echeverría


Fuente de imagen:
http://educonedu-zaynes56.blogspot.mx/2011/05/las-batallas-en-el-desierto.html
Otro grande de las letras se va, dejando un enorme hueco difícil de llenar por la hondura de su trayectoria y el peso que su humana presencia ejerció durante su andar terrenal. Mi primer acercamiento a José Emilio Pacheco lo tuve a mediados de la década de 1980, en los años de secundaria, cuando una nueva generación de profesores, específicamente los que impartían la materia de “Lectura y Redacción”, incluyeron en la práctica de la asignatura a escritores que llamaban contemporáneos, y sobre todo “vivos”, destinados a convertirse en clásicos nos decían entusiastamente. Fue tal la influencia de aquellos profesores, que pasando el tiempo, estos escritores fueron anidando en nuestro interior como autores familiares, íntimos, indispensables para aprehender y comprender posteriormente nuestras propias transformaciones en el ámbito personal, nacional y mundial.
La Generación de los 50, también llamada Generación de medio siglo, estuvo integrada por un grupo de escritores que podríamos llamar “de coyuntura”, puesto que presenció el paso de un México añejo, que todavía mostraba frescas sus cicatrices que la había dejado la lucha revolucionaria, a una nación industrializada a marchas forzadas y empujada hacia esa modernidad “liberal” que se encargaría de dilatar y radicalizar posteriormente las desigualdades sociales, la corrupción y la oscura interrelación entre política y crimen organizado. Sin embargo, la cara México ya era otra, la de una nación en plena emergencia, con cambios e innovaciones que acercaba por primera vez, aunque tímidamente, a la clase media con la seductora posibilidad de los nuevos consumos.
            En este contexto nacería la excepcional visión de José Emilio Pacheco, cuyo papel ha sido central en la escena literaria mexicana de la segunda mitad del siglo XX. Desde su juventud ya era considerado una figura central de su generación. En 1973 gana el Premio Xavier Villaurrutia por la novela El principio del placer. El 17 de junio de 1980 publica, bajo la forma de “cuento”, su magistral nouvelle Las batallas en el desierto en el suplemento “Sábado” de Unomásuno.
Colaboraría con Gabriel Zaid para editar la poesía de José Carlos Becerra. Una ocasión comentando sobre Carlos Monsiváis, dijo que: “[él] paseó en su derredor lo que en inglés llaman red herring, es decir, una pista falsa que desorienta a los rastreadores. Se hizo pasar por desorganizado y caótico y, todo lo contrario, es de una disciplina brutal y una capacidad de trabajo sobrehumana. De otra manera no se entiende lo mucho y lo bien que ha escrito”.
El viernes 24 de enero de 2014 había terminado de escribir su “Inventario” (columna semanal para la revista Proceso), dedicado a su amigo Juan Gelman, cuando un tropiezo con una hilera de libros en su estudio le dejó un golpe en la cabeza. Sin embargo ese accidente doméstico “menor” lo conduciría el sábado a ser internado en terapia intensiva del Instituto de Ciencias Médicas y Nutrición “Salvador Zubirán”. Desde ese momento su hija Laura Emilia, fue el único lazo con la prensa para informar paso a paso sobre su salud. El primer parte médico lo señalaba como “estable, pero delicado”. Murió el domingo 26 de enero de un paro cardiorrespiratorio, “tranquilo, en paz y en la raya, como él hubiera querido”, en palabras de su hija Laura Emilia.
La vasta obra de José Emilio Pacheco abarca los géneros más diversos de la actividad literaria: la poesía, el cuento, la novela, el ensayo, la traducción, el periodismo cultural, la edición y el guionismo cinematográfico.
Pacheco consideraba el castellano como una fuente de riqueza única, esencial, directa, que invirtió del mejor modo posible en los dieciséis poemarios (entre ellos la antología del 2009 que reúne casi toda su obra), en sus dos novelas (Morirás lejos y Las batallas en el desierto) y en los seis volúmenes de esplendidos relatos, entre los que destacan, El principio del placer.
Ana Clavel nos comenta que  para Pacheco escribir era “el cuento de nunca acabar y la tarea de Sísifo. Paul Valéry acertó: No hay obras acabadas, sólo obras abandonadas”. Su inconfundible letra —simétrica y marcial, como un caligrama chino—, semeja los viejos tipos de imprenta. Una caligrafía para desafiar al tiempo, porque Pacheco era un obsesionado con el paso del tiempo, con la falta de memoria, con la devastación que el hombre inflige a la tierra, con la situación del país, la extrema violencia, la indiferencia ante la pobreza nacional y mundial, la angustia y soledad por la que está pasando la juventud, asuntos que le harían decir, durante su discurso de aceptación recibido el Premio Cervantes en 2009: “Por momentos me siento afín a Páladas, el poeta de Alejandría que vio derrumbarse su propio mundo y contempló el triunfo del cristianismo contra lo que había sido por mucho tiempo griego y romano”.
No obstante, esta especie de pesimismo que lo haría verse, según Carvallo, como un hombre “discreto, sabio y un poco triste”, jamás fue obstáculo para ejercer constante y sutilmente la ironía, así como la capacidad de interpretar, relacionar y comprender los cambios del país, tal como lo podemos apreciar de manera fehaciente en su icónica noveleta Las batallas en el desierto, verdadera piedra angular de la literatura mexicana.
Las batallas en el desierto es el retrato irónico, afectivo y temerario de una nación y una sociedad en rápida y turbulenta mutación a través del fino filtro que produce los ojos de un niño de doce años enamorado de la madre de uno de sus amigos. Un amor imposible que desata la desazón de los protagonistas al grado de convertirse en un terror cotidiano que preferirían creer como una fantasmagoría, un mal sueño. No obstante, la historia también recrea otros aspectos como la corrupción social y política, el ingreso de México a la modernidad y la desaparición de ese mundo tradicional y el rescate de la cultura popular manifestada en las memorias individuales y colectivas de una ciudad, testimoniando así, las transformaciones de nuestras vidas y nuestra historia sin nostalgia y como una implacable denuncia.
Para Ana Clavel, Las batallas en el desierto abre las puertas “a una literatura deslumbrante y perfecta”, capaz de asombrar por su aparente sencillez y por su estructura compleja, que tiende lazos para una variedad de lecturas múltiples y diferentes, y para una complicidad que hermana para siempre al lector con el autor. Ha sido reeditada unas 40 veces y ha inspirado la realización de un filme, Mariana, Mariana, un cómic, una canción del conjunto de rock alternativo Café Tacuba y una dramatización, ha siso también publicada en otras partes del mundo hispano y se ha traducido al inglés, francés, alemán, italiano, ruso, japonés y griego.
Estamos de acuerdo con Sergio Pitol cuando dice que “la obra de Pacheco se ha convertido en una fuerte columna de las literaturas de nuestra lengua. Su prestigio es internacional. Sus seguidores y sus estudiosos componen ejércitos. ¿Quién no se ha enriquecido con sus traducciones y variaciones de poemas procedentes de las más inesperadas latitudes?”.

sábado, 1 de febrero de 2014

Mundo Plástico


Por: Gilberto González Morán
Texto publicado en la revista Óclesis número 1.


Fuente de imagen:
http://pecesfueradelagua.blogspot.mx/2010/09/10-consejos-para-un-artista-plastico.html

Escucha, ¿te acuerdas?, ¡violeta!, debe ser violeta con azul. Líneas, líneas que dibujan alas de colibríes, líneas esparcidas, líneas creadoras de formas, de cerros perdidos bajo verdes árboles que gimen porque el viento los penetra. Todo se compacta en líneas.
Primero se traza un cabello, después tu frente, tus manos de olas, tu cuerpo se va trazando poco a poco.
Caes, te haces añicos, notas crean un nuevo mundo, Dvorak asesina serpientes de flores. El amarillo se hincha y revienta. Llegan tus ojos a tragarse la noche, pájaros mojan el cielo ahogando estrellas panegíricas, el mundo comienza a ser nombrado, las palabras se me queman, tu nombre se me quema.
Líneas, líneas curvas, comienza el monólogo de la línea recta, el canto de la mandrágora toca mis labios, apareces completa, dibujada, esculpida, cantada.
Rimski te sueña en escalas de violín 1… 2… 3… Salto, rompes el viento y ahora el viento es el que gime 1… 2… 3… eres la sílfide. Van dibujando, tus pies, trazos en el piso. Me nombras, imagino que me nombras. Se siembran alebrijes en el tiempo.
¡Para!
Luis, Alberto, Rosendo, ¡no!, ya no. ¡Qué nada se nombre! A la chingada las palabras, las historias que ya se contaron, los poetas fermentados en melancólicas tintas, a la chingada.
Sentado en alguna banca de algún país,  alguien se levanta y camina. Ya han pasado dos horas, ¿cuánto tiempo guarda cada palabra?, ¿acaso el tiempo ha mojado estas palabras? He caminado como treinta mil calles y hallo nada.
¿En dónde están?
¿Por qué?, por qué siento que me asfixias, ahora quiero contar nada y tú como siempre esperando la historia. Roberto, José, María, nadie, nadie quiere hablar. Tú tampoco.
Alguien quiere saber de los dos, tuesta nuestros nombres y se los traga. ¡Que pare!, dile que se detenga, lo único que deseamos es estar solos.
¡No quiero existir!
¿Por qué? M-a-r-i-n-a, calla, no eres tú, déjalo; quiero tocarte. ¡Basta!
M-a-r-i-n-a.
Shs…........
Todo se redujo, regresaron los colores, las líneas que marcan la nostalgia de todo, dije a la chingada y el olvido me trago. Quedan palabras, alguien canta:
Je suis la vie…Je suis la son et lumière…
Je suis la chair des hommes
Je suis la substance sacro-sainte qui sert
La panes d`où jaillit l`art, l`amour qui console

El mar se tiñe de tinta, vientos orquestales diseminan, sobre la hoja de papel, el canto atonal de la pluma fuente del poeta y del científico.
La palabra se abre,
Se abre como un fruto,
Como una piedra,
Como el sol que renace,
Como un violín en adagio,
Como el pincel de Monet que quiere cantar como los pájaros.
Las palabras tejen islas.