martes, 8 de agosto de 2017

El compadre Mendoza: representación del mexicano nefasto

Por: Román Esaú Ocotitla Huerta[1]


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http://sitioexpresodemedianoche.blogspot.mx
En el cuento de El compadre Mendoza se relata una historia quizás típica de un mexicano adinerado, engendrado de una herencia, astucia y capacidad en los negocios. Esta última cuestión se potenció en México a partir del pensamiento moderno, en donde el tema central -que aún persiste- giraba en torno al desarrollo social, económico y político que llevaría al país a otro nivel de vida que Estados Unidos –principalmente-, presumía mediante la industrialización y el discurso progresista que terminó por penetrarse en el imaginario de la sociedad contemporánea occidental. Para ello, Nora Pérez-Rayón (1999) explica la modernidad como sigue:

La modernidad se traducía en el terreno concreto de la salud; en el de la construcción de grandes obras públicas de utilidad y ornato; en el campo de la eficiencia militar; en el desarrollo de las comunicaciones por aire y tierra; en el culto a la estadística y en la necesidad de reglamentaciones jurídicas; en el descubrimiento del hombre, de sus orígenes y sus potencialidades; en el desarrollo de las ciencias naturales (…). Eso y mucho más era la modernidad para cualquier lector de  El Imparcial  o el Diario del Hogar, periódicos de amplia circulación cualquier día de 1900. La modernidad era sinónimo en este imaginario social de progreso material, civilización y cultura (p. 44).
     No obstante, dichas nociones se mantuvieron lejanas durante la revolución mexicana, pues entre movimientos armados, constantes batallas e ideologías distintas y preponderantes, el progreso de México se veía lejano. A pesar de aquel panorama complicado, muchos hombres lograron obtener provecho económico, político y social del complejo entorno en el que la gran mayoría del pueblo mexicano se vio apretado.
     Entonces, ¿por qué Rosalío Mendoza, personaje principal del cuento, es una representación nefasta del mexicano? Parecería una pregunta fácil de contestar, pues tan sólo con leer algún fragmento de la obra, podríamos imaginar a algún empresario actual y su proceder dentro de la sociedad. Sin embargo, la creación de un personaje como El compadre Mendoza surgió, por un lado, a raíz de resaltar la figura del mexicano que se estaba formando durante  las primeras décadas del siglo XX. Y por otro lado, la historia de vida de este personaje tiene sentido debido a su situación económica favorable, que dan lugar a determinadas formas de interrelación con los bandos en conflicto: la gente de Zapata y los del Gobierno. Estas formas se traducen en signos de hipocresía, cinismo y corrupción.
Con respecto a la hipocresía del mexicano, Rodolfo Usigli en Anatomía del mexicano (2005) escribe al respecto:

A la gran mentira colectiva de todos los tiempos-la esperanza- se suma entonces en los caminos de la revolución un procedimiento destinado a inflar, a decorar y a publicar las mentiras individuales. Este procedimiento es viejo y sus raíces se hunden en la antigüedad griega. Me refiero a la demagogia (…) La demagogia no es otra cosa que la hipocresía mexicana sistematizada en la política (p. 135). 
     Si pensamos en la demagogia como una de las más grandes estrategias que ha funcionado en la vida no sólo política del mexicano, sino de su cotidianidad, se sumarían las prácticas y expresiones que conducen a pensar que “el mentir es el único camino que conduce al éxito, al poder y a la riqueza”. Y aunque parezca descarado, se manifiesta de alguna u otra forma en la realidad de muchas personas que en busca de satisfacer sus vidas “sin sentido”, buscan el dinero como vía hacia la felicidad y todas sus implicaciones…todo ello basándose siempre en el decoro de las palabras.
Cuando se habla de aquellas características perniciosas del mexicano, es indicado hablar de un elemento primordial en la cultura mexicana, como lo es la identidad. De este concepto, Roger Bartra (1992) menciona lo siguiente:

La cultura nacionalista y revolucionaria, que durante decenios ha predominado en México, estableció sólidas redes legitimadoras que aseguraron la continuidad del sistema político mexicano. Pero estas redes culturales no sólo excluyeron las formas democráticas, sino que además estimularon el culto a una mexicanidad melancólica que se convirtió en el complemento natural del "importamadrismo" empresarial y laboral, así como de la corrupción oficial (p.60).
     ¿Será acaso que dichos comportamientos de Rosalío Mendoza- y del mexicano actual también-, están supeditadas al sistema político y a las implicaciones culturales y económicas? Quizás una de las respuestas la escribe Carlos Monsiváis en Anatomía del mexicano (2005):

Desde el siglo XIX, lo básico, para la mentalidad derechista, no es la nación, sino aquello que contiene y permite a la nación: la familia, último guardián de los valores morales y eclesiásticos. Y de la familia se desprende la Empresa, el culto al esfuerzo individual que prolonga el sentido de lo familiar en el mundo de las transacciones (…) A la izquierda nacionalista (…) le es muy importante el debate de la identidad nacional, a la que se les encomienda resistir hasta lo último el arrasamiento imperialista de valores y materias primas (p. 296).
     En el pensamiento de identidad nacional que se expresa en el sistema político, parece que ha estado más presente la mentalidad derechista, sobre todo por la cuestión de los valores. Y alejado de ello, está la izquierda nacionalista –que se ha observado como simples ideales que nunca se materializan y se quedan en anhelos de transformación-. Empero, a la par, el ámbito social estaba resaltando algo distinto en el período de la Revolución, como lo menciona Elsa Cecilia Frost en Anatomía del mexicano (2005): “La revolución de 1910 trajo un nuevo cambio. Desde entonces el indígena deja de ser una alteridad para convertirse en lo más radicalmente nuestro, biológica y espiritualmente” (p. 272). Y concluye de la siguiente forma: “la posición que el mexicano medio ha adoptado frente a su historia y su cultura: o criollo, conservador e hispanista, o mestizo, liberal e indigenista” (Cecilia, 2005, p. 272).
     Aunado a lo expuesto por Monsiváis y Cecilia, puedo considerar que Rosalío Mendoza es entonces la hipocresía hecha mexicano, pues sus comportamientos parecen permear todos los caminos socioculturales que se generaron en su contexto histórico, mientras que se mantiene alejada la reflexión sobre la situación de su entorno. Sin duda alguna, lo que más le preocupaba era lo propio: el dinero, su familia y su integridad.
A pesar de la relación que mantuvo con Felipe Nieto –uno de los generales del Ejército Zapatista-, Rosalío Mendoza no fue capaz de prescindir de la realidad política y económica que lo afectaban. Su cinismo y egoísmo se hicieron presentes para sacar a relucir al mexicano que muchos desenmascaramos en nuestras actividades y relaciones cotidianas, y que se ha gestado desde hace varias décadas. Ello no quiere decir que el mexicano siempre actúe de esas formas, pero si analizamos y reflexionamos los acontecimientos contextuales de la Revolución y el sentimiento de identidad, estas prácticas, ideas y comportamientos tuvieron su lugar en el mexicano contemporáneo. Y con respecto a una noción de identidad, alejada de las ideas de la política que me pregunté con anterioridad, Carlos Monsiváis (2005) menciona algo relevante:

La “identidad fue lo conseguido gracias a la imitación y el contagio, las reglas de juego de la convivencia forzada y de la reproducción fiel (hata donde esto era posible, nunca demasiado) de las costumbres atribuidas a los amos. Cambiaban los gobernantes, y persistía el entusiasmo por el valor básico, no el propuesto por el Estado y santificado o maldecido por la Iglesia, sino por lo que contiene (realidades, ilusiones, abstracciones, fantasmagorías) la palabra mexicano, para unos, el gentilicio de que ufanarse; para otros, designación peyorativa (p. 298).
     En conclusión, considero que la exposición del Compadre Mendoza en el libro de Mauricio Magdaleno es una clara imagen del mexicano que actúa basándose en su “instinto de supervivencia” para lograr sus objetivos más egoístas, en donde siempre se mantiene al margen de la preocupación comunal y del momento histórico que le toca vivir. No es menester del mexicano la reflexión profunda de la realidad que está ante sus ojos, y mucho menos cuando se trata de observar el mundo con ojos predispuestos hacia el manejo del dinero y de las relaciones para conseguirlo. El deseo de alcanzar la modernidad en este país siempre impulsó al mexicano a perseguir el cúmulo de ideas que de ésta derivan para lograr por fin lo que más ha deseado… pero nunca se mencionó que en dichos intentos se encontraba la corrupción, el egoísmo y la hipocresía como escudos para evadir la cruda realidad que México ha tenido impregnado dentro de sí desde hace tanto tiempo.

Bibliografía:
-Bartra. R. (2005). Anatomía del mexicano. México: Debolsillo.
-Magdaleno, M. (2003). Cuentos completos. México: Lectorum.
-Pérez-Rayón, N. (1999) México 1900: la modernidad en el cambio de siglo. La mitificación de la ciencia, Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México. E-journal, núm. 18. Recuperado el 28 de mayo de 2017, de http://www.revistas.unam.mx/index.php/ehm/article/view/3012/2568
-Universidad Nacional Autónoma de México. (1992). Coloquio de Invierno. Los Grandes Cambios de Nuestro Tiempo: La Situación Internacional, América Latina y México. México: Fondo de Cultura Económica.




[1] El autor es estudiante de Comunicación en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la BUAP y colaborador de Óclesis, Víctimas del Artificio.

domingo, 6 de agosto de 2017

Carlita

Por: Leo Zepeda.



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Tenía exactamente 27 minutos sentado en ese puto sofá, era color vino, muy lindo y posiblemente muy caro pero muy incomodo. Tenía una cita, nada especial, esperaba a una mujer con la que tenía 9 meses saliendo, ella era blanca, delgada, muy elegante con ojos verdes y labios rojos, yo al contrario con mi facha de mal viviente como siempre. Nunca he tenido el buen hábito de ser una persona puntual; sin embargo, por azares del destino, ese día había llegado muy temprano a nuestra cita, debe ser porque olvidé servirle comida y agua a Pedra, Pedra es mi gata una maldita mal agradecida como todos los gatos.
Carla, así se llamaba mi novia, había decidido el lugar al cual iríamos, era un bar nuevo, de esos hipsters muy lindos pero nada prácticos y muy caros, el lugar se llamaba “The End”, en general no me molestaba el nombre, me daba igual pero debo aceptar que era un buen nombre. Lo que me molestaba del lugar era la gente, progresistas seudointelectuales de izquierda, en su mayoría jóvenes blancos y bien vestidos, ninguno de ellos tenía idea de nada en realidad, aunque bueno, nadie la tiene; lo único rescatable de ese lugar, por no decir muy rescatable, era el espacio en la barra para charlar y conocer gente, también las mujeres, no vi a ninguna fea en el tiempo que estuve ahí, hasta las gordas y las deformes parecían muy atractivas, debe ser la ropa, el dinero hace a cualquiera atractivo.
En la mesa continua a la mía había una pareja con un niño pequeño, de unos 3 años y un dálmata muy educado, el bastardo daba las gracias con una reverencia cuando le daban alguna galleta o algo así. Él era alto, en realidad muy atractivo con una melena rubia y barbón, era como Jesucristo solo que más guapo y sin clavos en las manos, ella era morena, tenía un cuerpo hermoso, no de esos cuerpos delgados con cintura pequeña y gran trasero que tanto me gustan, tampoco era una mujer grande con grandes piernas y senos, creo que era un punto medio, me encantó supongo que porque nunca había estado con una mujer así, tenia labios grandes y rojos, unos ojos negros profundos y unas piernas largas y bronceadas que no podía dejar de ver.
Me imaginé por largo rato sus piernas morenas y largas rodeando mi cintura mientras la penetraba y escuchaba su dulce voz gimiendo, tuve una erección y justo cuando iba a terminar llego Carlita. Traía un pantalón de mezclilla a la cintura, sus Vans negros y una blusa blanca, corta, que mostraba su abdomen marcado y su hermoso culo, sí ella era de esas delgadas que tanto me encantan. Lo que hablé ese día con Carla no es importante, nunca era importante lo que hablábamos, lo único bueno de esa relación era el sexo, sus olores, sus texturas el color de sus pezones y su tamaño, la forma de sus tetas y sus nalgas, su voz al gemir, como se movía, todo me encantaba de ella, y a ella debía encantarle algo de mí, por eso nuestra conexión al coger era como si nos amaramos, pero sólo amábamos cogernos, y eso estaba bien por mí.
Pedimos una chela, un tarro chelado y un club sándwich cada quien, Carla hablaba y hablaba, yo no le ponía atención pero no le importaba, ella seguía hablando; “Entonces esa pendeja no me quiere pagar… Me gustó mucho esa parte… estaba muy cansada pero igual me levanté… te quiero”, es lo único que logré escuchar de ella. Después de casi una hora empecé a ponerle atención, no a sus palabras, a ella. Estaba sentada muy sexy, con las piernas cruzadas, como de lado y con el codo recargado en su rodilla mientras con su mano metía y sacaba un popote a su boca como jugando, sus ojos no veían la mesa ni su comida ni a mí, ella seguía hablando y hablando mientras dirigía su mirada al Jesucristo hermoso de la mesa de junto, estaba tan embobada con él que ni se dio cuenta de que yo los miraba, el también la miraba, y cuando la morena hermosa se distraía él le sonreía a la puta de mi novia, no sé si ella se dio cuenta pero yo sí. Empecé a preguntarme si podría yo, un hombre normal con gustos y pasatiempos normales, feo, bueno no feo, normal pero pobre, podría competir con Jesucristo por la atención de una mujer, no de Carla o de su esposa, de una mujer, lo pensé demasiado evaluando cosas, como que tal vez puedo ser muy listo y el guapo pero estúpido, o que tal vez tengo el pene más grande que él y demás estupideces, en realidad sólo buscaba cómo otorgarme puntos, yo sabía que estaba perdido. Decidí dejarlo de lado, en realidad yo era indiferente a Carla y su atracción por otros hombres, ella aunque hermosa como cualquier modelo, no me interesaba mas allá del sexo así que no sentí celos y dejé que ellos siguieran con su jugueteo sin hacer nada, tal vez podrían sacar algo bueno de esto.
Carla seguía hablando y coqueteando, yo empecé a poner atención en otras cosas, como en los focos del lugar que eran protegidos por jaulas para pájaros, o en la mesera y el tatuaje de una vagina que tenía en el brazo izquierdo, siempre he sido bueno fijándome en pendejadas, de repente fijé mi mirada en esa linda morena esposa de Jesucristo y en su pequeñito hijo mulato, el estaba feliz, jugaba con una pelota mientras su madre le daba algo de comer en la boca, sonreía y miraba a su madre con toda la admiración del mundo. Por alguna extraña razón sentí muchos celos del niño en ese momento y no por estar recargado en los hermosos senos de su madre ni tampoco por la fácil vida que seguro le espera, sino por esa tranquilidad que irradiaba, se veía tan seguro de sí mismo, tan pleno, sonreía por todo y a todos y todos lo veían con mucha ternura, me pregunté si yo alguna vez habré sido así, si habré tenido esa chispa, no lo sé, supongo que no, siempre he sido un miserable que pasa el día pensando estupideces sin más sentido que el descontento propio. Pasaron diez minutos, me llené de un sentimiento horrible, como de opresión mientras el niño era más y más pleno, yo me sentía llorar, quería salir y respirar aire, interrumpí la estúpida charla de Carla.
-Voy al baño.
Ella asintió con la cabeza, caminé hacia el baño, oriné, me lavé la cara y hui de ese maldito bar, caminé por las calles, era temprano, había luz aún, vi mujeres hermosas y sus nalgas, cuando llegué a mi casa, me senté en mi escritorio viejo y desordenado y escribí un cuento sobre un petirrojo y su extraña necesidad por morir, lo titulé “paloma” solo así logré sacarme ese sentimiento horrible del pecho.
Cuatro días después recibí una llamada de Carla, me reclamó por abandonarla en ese bar, por dejarla con la cuenta y por no llamarla para disculparme, yo no dije nada, en realidad me sentía muy bien sin ella; sin embargo, al escuchar su respiración agitada y sus gritos en el teléfono tuve una erección, ya con el asunto duro no podía dejarla ir, le dije que moría de celos porque ella pasó toda la tarde coqueteando con ese Jesucristo hermoso, le dije que yo la amaba de una manera tan profunda y perfecta que el sentimiento era digno de un relato de Benedetti, su enojo se convirtió en compasión, me pidió disculpas mil veces, me dijo que no volvería a pasar y que se sintió muy mal por eso porque me amaba. Una hora después llegó a mi casa, con un six de tecate y comida china, traía una tanga roja con encaje y una blusa negra, ¡cómo amaba cogerme a Carlita!, tuvimos sexo ese día y muchos más, y siempre fue hermoso.

Tiempo después me contó que la morena se dio cuenta del coqueteo y le tiro a ella un vaso de agua de limón helado sobre el rostro para después golpear a Jesucristo, sólo pude pensar en lo mucho que me gusta el agua de limón. 

viernes, 14 de julio de 2017

El mercado como interlocutor de la misión de la Universidad *

Francisco Hernández Echeverría [1]


¿Qué capacidad tiene un niño / chico para decidir qué debe aprender? Si el alumno es el cliente, entonces lo que se debe buscar es la satisfacción del alumno, o lo que es lo mismo, más patio, más juegos, menos obligaciones… La formación está inscrita en la educación (Jorge Pereiro, 2005).

La cultura de la mercancía va modificando nuestros valores, la conciencia de lo que somos y aun la memoria de lo que fuimos, así como los límites de lo que definimos como posible y deseable. Hemos perdido aquel antiguo sentido de lo trágico que nos había legado Grecia, con sus mitos, dioses y pasiones. Y ya no sabemos disfrutar de las puestas del sol porque son, todavía, gratuitas (Latapí, 2007).





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Buenas tardes compañeros profesores, alumnos, público en general y colegas con comparten conmigo la mesa en este hermoso Paraninfo de nuestra máxima casa de estudios del Estado. Quiero comenzar con un agradecimiento, tanto personal como por parte del colectivo “Óclesis. Víctimas del Artificio”, a la Dirección General de Difusión Cultural por su atenta invitación a participar en este trascendental foro. Mencionando de manera especial al Mtro. Daniel Alcántara por el ahínco que siempre le ha caracterizado para promover el debate académico y la necesaria expresión plural enmarcada bajo el sello del pensamiento crítico.

El modesto trabajo que aquí presentamos tiene la intención de examinar cómo la misión de la Universidad Pública, otrora autónoma, con un animoso propósito popular y de ejercicio de la crítica, un buen día amaneció arrojada a los brazos de la lógica de mercado, ahogando la capacidad ideológica e intelectual de los estudiantes, y en el peor de los casos, de los mismos docentes. Asimismo nos apoyaremos para el análisis en algunas tesis sociológicas de teórico marxista italiano Antonio Gramsci, para comprender más o menos esta dramática mutación.

Es común en nuestros días, a nivel nacional como mundial, la tendencia a discutir y analizar en diferentes espacios académicos la necesidad que tiene la universidad, tanto pública como privada, de incorporar más activamente su misión a las exigencias laborales de la empresa, so pena de anquilosarse peligrosamente, de carecer de rentabilidad y por tanto, de perder recursos económicos por falta de proyectos “productivos”. Por desgracia, esta línea ha difundido la idea de que así se garantiza que la educación tenga “valor”, es decir, que los estudiantes reciban una educación conforme a las exigencias del mercado.

La lógica de este razonamiento ha provocado que muchas universidades, sobre todo privadas, concentren sus esfuerzos en “elevar” su calidad educativa incorporando en sus planes de estudio la mirada de empresa sobre la valoración del conocimiento. Es aquí donde surge un primer problema, dado que la empresa responde a sus intereses, intereses que pueden ser cambiantes, pues bailan al son que les toque los requerimientos del mercado,             que no es otra cosa que la caprichosa oferta y demanda de los clientes. Esta es la razón por la que la mayoría de bibliografía empresarial actual se encuentra muy enfocada hacia la “administración del cambio”, pues con la apertura de los mercados internacionales hacia nuestros productos y servicios —no sólo privados— mediante tratados de libre comercio, nos ha sumergido cada vez más en una competencia comercial con el exterior, sin dejar de tener en cuenta el mercado doméstico.

Se ha puesto a la enseñanza superior fuera del control del Estado y a merced de las leyes del mercado global, por lo cual, encarrilados en una época de cambio rápido y acelerado que tiene lugar en muchas áreas, la adaptación es la impronta. La misión de las Instituciones de Educación Superior más que preocuparse por generar un pensamiento crítico en los estudiantes, ahora su apremio es generar un pensamiento de “adaptación” ante el torbellino de cambio tras cambio que un mercado voluble exige.

Es posible que si nos adaptamos demasiado tengamos en lugar de ingenieros en computación, haya ingenieros en Google […] Las universidades no entienden que educar para el mercado las deja fuera de la lógica educativa. ¿Si mis planes de estudio responden a las exigencias de Microsoft, entonces para que voy a la universidad y no me capacito directamente en la empresa? Por eso, hay que tener en mente que la escuela no debe ser una agencia de capacitación para las empresas (como hoy muchas un universidades tienen la obsesión para convertirse en ello), y por lógica, la educación que se imparte no debe ser vista preponderantemente para ese fin, uno de los problemas de la educación actual es que cada vez responde más a la empresa en detrimento de las necesidades sociales e individuales (Juárez Castillo, 2010: 14).

¿Pero cómo hemos llegado a este azaroso giro en cuanto a la misión de la Universidad?

El argumento más socorrido es aquel que habla de la inevitabilidad de estar inmersos en un mundo globalizado que nos exige considerar como parámetros fomentar y aplicar en la educación, la especialización y la competitividad. La especialización como instrumento de conocimiento profundo en temas específicos de una determinada rama del saber y la competitividad como sinónimo de saber hacer bien las cosas en los términos de economía minimizados, rentabilidad.

Según los exégetas de esta corriente, “las comunidades internacionales que poseen ciudadanos con estas características son los que hoy en día generan la tecnología y transforman su medio. La competencia global constituye un desafío para aquellas naciones que no han sido capaces de generar la ciencia y tecnología propias a sus necesidades de desarrollo económico y social. Ciencia y tecnología, dos grandes conceptos que forman la base del progreso mundial. Se debe generar ciencia y tecnología al servicio de la humanidad, y la fuente de su nacimiento se encuentra en las instituciones académicas” (Rojas Jiménez, 2007).

La especialización y la competitividad entonces deben girar alrededor de la calidad educativa de excelencia, y por ende, el nuevo sentido de las Instituciones de Educación Superior debe orientarse hacia la generación de estrategias de la administración de la calidad más adecuadas, con tal de lograr que se construya la competencia y la competitividad de las personas y la productividad de las empresas, “todo lo cual obligará a asumir los hábitos, los procedimientos y los modelos organizativos, culturales y sociales que la tecnología proporciona en un mundo global intercomunicado, competitivo y muy desequilibrado tanto desde el punto de vista de recursos como de costos y de posibilidades futuras” (Ibíd.).

Ante dicho panorama, las universidades han direccionado sus objetivos hacia la acreditación de “elevados estándares de desempeño en las actividades humanas”, la calidad de la educación superior debe dimensionarse bajo criterios —impuestos por organismos internacionales— que garanticen la pertinencia de los programas de estudio que se imparten, haciendo un impacto en el entorno, pero en forma sustentable y generadora de riqueza, el objetivo esencial de la educación es capacitar al ciudadano para la vida cotidiana y contribuir al desarrollo de las personas y de la sociedad” (Ibíd). Así, la calidad es ahora la nueva filosofía que rige la forma de vida de todos los integrantes de la Universidad, y si “la calidad es la adecuación al uso” retomando a los clásicos de la administración de la gestión de calidad, ésta vendría siendo “un valor percibido y juzgado por el cliente” (Duran en Rojas Jiménez, 2007). Entonces, la universidad hoy por hoy es clientelista y, a decir de Gary Becker, Premio Nóbel de Economía en 2001 (en Rojas Jiménez, 2007), “la educación de calidad es aquella que es capaz de elevar al máximo el capital humano, es el factor esencial para el desarrollo económico y social de cualquier país, muy por encima de los recursos naturales y el capital físico representado por la maquinaria y recursos financieros”.

Esta miope visión tiene su punto de partida en la tan mentada transición de una sociedad de la información a un sociedad del conocimiento, categorías que esconden una nueva forma de capitalismo y un cruel mecanismo de retroalimentación: el ser humano es exhortado a mantenerse flexible ante la serie de cambios y exigencias mercantiles y, lo peor de todo, a responsabilizarse de su empleabilidad (trabajo flexible), legitimando de este modo el rol que ha estado delineando la Universidad tanto por las clases dominantes a través del Estado, como por los intereses del Mercado, cuya puja entre ellos por ejercer su hegemonía sobre la sociedad, ha terminado por desdibujar la verdadera misión de las Instituciones de Educación Superior.

Pero esto no nos debe sonar ajeno, pues ya Antonio Gramsci, fuente inagotable de inspiración y reflexión que articula pedagogía, educación y un proyecto histórico, había propuesto a los sistemas educativos como los instrumentos privilegiados para la socialización de una cultura hegemónica. Esta idea se refiere que si bien la sociedad se estructura en clases, una de ellas tenderá a distinguirse de las demás para constituirse como hegemonía. Para ello deberá actuar como clase dirigente, como motor que guía, como sujeto histórico que encarna a la sociedad en su integridad, basando su dominio no sólo bajo el poder físico o político-económico, sino también en su propia ideología, en su propia organización y en su propia superioridad moral e intelectual.

Como podemos observar, Gramsci es otro de los escritores marxistas preocupado por los problemas de la ideología en el sentido más amplio del término, aunque su postura presenta algunas vacilaciones. Gramsci ha percibido que la obra filosófica de Marx es sustancialmente crítica de las ideologías. Pero, por otra parte, Gramsci piensa que todo pensamiento relacionado con la práctica, como es el marxismo, ha de incluir construcciones más o menos ideológicas, “mitos”, como había escrito en sus artículos juveniles. En la edad madura, Gramsci no se decide ya a emplear esa palabra, pero tampoco a desideologizar completamente su concepción del marxismo. En vez de eso, recurre a distinguir entre ideologías históricamente orgánicas, esto es, necesarias para cierta estructura, e ideologías arbitrarias, racionalistas, “queridas”.

Las ideologías orgánicas son históricamente necesaria porque la clase social que pretende convertirse en dirigente, no basta con que acumule energías y capacidades necesarias de coerción —de los aparatos represivos del Estado— para que asuma el derecho de dirigir toda la sociedad en su conjunto —como hegemonía—, sino que es preciso que logre organizar y persuadir “psicológicamente” a las clases subordinadas para que por consenso o consentimiento acepten los valores y creencias  de la clase dominante (dirección ideológica intelectual y moral), fundando así un Bloque Histórico dominante: un sistema articulado y orgánico de alianzas sociales vinculadas por ideología común y por una cultura compartida: “la clase burguesa se pone a sí misma como organismo en movimiento continuo, capaz de absorber toda la sociedad, asimilándola a su nivel cultural y económico: toda la función del Estado se transforma; el Estado se hace ‘educador’” (Gramsci, 1974: 316). Mouffé (1980) añadiría que se trata de “la capacidad que tiene una clase dominante de articular a sus intereses los de otros grupos, convirtiéndose así, en el elemento director de la voluntad colectiva desde el punto de vista político y desde el punto de vista ideológico”.

Como es bien sabido, Gramsci afirma que dicha superioridad intelectual y moral de la clase dirigente explica y determina las actitudes de la cultura, entre ellas la de la educación. Por ello es fundamental la función de los intelectuales (en este caso de los profesores) quienes hoy se han visto obligados a disolver el gran templo laico de la cultura que era la Universidad, pues resulta incompatible con la función tecnológico-burocrática que el modelo de reproducción social le atribuye en el capitalismo avanzado. La Universidad y su lenguaje han sido sustituidos por el lenguaje empresarial-cultural de gran difusión. El nuevo saber tiene otras vías y otros lugares en los cuales se reproduce y se desempeña su propia función social y su propia credibilidad científica. Ahora los nuevos profesores son los “columnistas de los grandes diarios, los ensayistas de éxito, los científicos cuya fama está avalada y consolidada por la autoridad que le es atribuida por los sistemas normativos impuestos por el poder productivo, las certificadoras, los criterios específicos de evaluación interna y externa, metaevaluaciones, etc.”.

Debe precisarse que para Gramsci, el hombre, que es el resultado de unas condiciones de vida, es también el sujeto de una transformación determinada, ya por un cambio del conjunto de las relaciones sociales, ya por la toma de consciencia de estas situaciones objetivas y por la voluntad de querer servirse de ellas. Por ello, para que la función de la educación se concretice debe enlazarse estructuralmente una reforma moral cuyo fin será disolver las diferencias entre intelectuales y masa, entre teoría y práctica. De esta manera, al elevarse la consciencia crítica de las clases populares, los individuos que la constituyen llegarán a generar una cohesión sociocultural, que imperiosamente promoverá el desmantelamiento de una interacción de estilo tecnocrático o estrechamente corporativo, sin olvidar, la acción de un pensamiento economicista en la política en la política educativa mediante análisis y recomendaciones erróneas de influyentes organismos financieros.

Por lo tanto es necesaria la transformación del modelo educativo y cultural. El modelo educativo es mucho más que un instituto al servicio de la empresa, es un acto educativo social, de desintoxicación hacia el conjunto de medidas gubernamentales que muestran, como nos dice Marcela Mollis, ser eficientes a la luz de los intereses de la bolsa de valores, o a las aspiraciones del Banco Mundial de convertirse en una agencia experta en sistemas de conocimiento. Más claro es Latapí (2007):

¿Hay que vincularse con las demandas de la economía? Por supuesto. ¿Hay que formar profesionistas competitivos ante los retos de la globalización? Totalmente de acuerdo. ¿Hay que desarrollar investigación aplicada, vinculada a los requerimientos de la empresa? Nadie lo duda, con tal de definir sus condiciones. Pero al enfrentar estas demandas, no hay que olvidar que la Universidad es algo más: no es un apéndice de la empresa, sino una institución responsable de generar, proteger y difundir todo los tipos de conocimiento que requiere el país, también los aparentemente improductivos […]
  La Universidad actual debería ser un baluarte contra el devastador proceso de comercialización total al que está llevando la entronización del mercado.

Una opción sensata es rescatar la función de los intelectuales ligados a la práctica social y política, en la medida en que sociedades como las nuestras, buscan elaborar alternativas al capitalismo neoliberal. Hay que crear las condiciones necesarias para que hombres y mujeres acceden a la praxis filosófica, porque todos los hombres son filósofos; es decir, “todos los hombres son intelectuales, aunque no todos los hombres tienen en la sociedad la función de intelectuales” (Gramsci, 1969). Y si bien una sociedad en la que todos cumplamos este rol es quizá una nueva utopía, no lo es la necesaria recuperación del conocimiento como valor inalienable para crear una Nueva Cultura que vea a la educación como un problema esencial en el proceso de elevación cultural del pueblo. Por tanto, hacer política no es sólo educar a una vanguardia sino tratar de elevar a las masas al nivel de una cultura integral. Y así lo subraya con la siguiente matización de Gramsci:

Crear una nueva cultura no significa hacer sólo individualmente descubrimientos originales, sino también, y específicamente, difundir críticamente verdades ya descubiertas, socializarlas, por así decirlo, y por lo tanto convertirlas en base de acciones vitales, elementos de coordinación y de orden intelectual y social. Que una masa de hombres sea conducida a considerar unitariamente el presente real es un hecho filosóficamente mucho más importante y original que el hallazgo por parte de un genio filosófico de una nueva verdad que se conserve como patrimonio de pequeños grupos intelectuales.

Entonces la nueva cultura es la obtención de una consciencia superior por la cual se llega a comprender el propio valor histórico; el de la propia existencia, en definitiva para propiciar cambios políticos que redunden en liberación.
            En este sentido, y siguiendo a Alain Touraine (en Juárez Castillo, 2010: 14):

[…] cuando el individuo deja de definirse en principio como miembro o ciudadano de una sociedad política, cuando se le percibe en primer lugar como trabajador, la educación pierde su importancia, por lo que debe subordinarse a la actividad productiva y al desarrollo de la ciencia, las técnicas y el bienestar. Algunos la consideran como una preparación para la vida que se denomina activa, y por lo tanto manejarla desde abajo, es decir, a partir de las demandas y las capacidades del mercado de trabajo, pero en este caso. ¿Puede hablarse todavía de ideas sobre la educación? Seguramente no, porque dicha actitud significa no tener en cuenta en absoluto las demandas de los educandos, que se preocupan por su personalidad, su vida y sus proyectos personales, por las relaciones de sus padres y sus compañeros.

¿Qué significa esto? Que el acto educativo debería ser independiente, trazar sus propios objetivos, y sobre todo pensar a largo plazo donde las demandas laborales de un momento son distintas a otro, añade Touraine:

[…] el porvenir profesional es poco previsible y para la mayor parte de quienes están hoy en la escuela implicará discontinuidades tan grandes que a esta hay que pedirle ante todo que los prepare a atender y cambiar y no que se les permita adquirir competencias específicas que corren el riesgo de quedar superadas o resultarles muy pronto inútiles. Incluso se podría agregar, de manera más negativa, que es peligroso querer adaptar a los jóvenes a una situación de la sociedad económica que implica para ellos grandes posibilidades de desocupación o de pasar años en la precariedad (Ibíd.).

Estas interesantes citas reflejan perfectamente tanto la disyuntiva de la educación como su alternativa más importante. En este sentido, educar para el mercado implica no solamente perder autonomía en la acción educativa, sino sobre todo obstaculizar la educación universitaria al servicio del proletariado, por considerarlo bajo y deplorable a la imagen y asepsia que las instituciones extraordinariamente están requiriendo en la actualidad. Toda una concepción de alejamiento entre la Universidad y el pueblo, pero en forma más radical porque desentiende la pobreza y el desempleo que caracterizan a la sociedad moderna.

Quede lo anterior como evidencia de que la práctica educativa debe contemplar los procesos socioeconómicos donde se encuentra inmersa, para poder insertarse de tal manera que brinde oportunidades y opciones de vida, jamás para encadenar a un supuesto que defina al individuo desde antes de empezar su instrucción.

De lo dicho hasta este momento, se puede deducir que la educación para el mercado no puede brindar los parámetros para los cuales educar, porque en términos económicos, está demostradísimo que el mercado, y todo lo que en él confluye, viven en una constante manipulación. En este sentido, la propuesta gramsciana sobre la educación puede resultar un hecho esperanzador para volver la mirada hasta donde sea necesario, en aras de encontrar las vías de posibles soluciones para la debacle universitaria actual, pues como bien se dice por ahí “no hay teoría sin pueblo que la construya”.



Bibliografía
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GRAMSCI, Antonio (1974): Antología. Madrid: Siglo XXI.
____ (1969): La formación de los intelectuales. México: Grijalbo.
JUÁREZ CASTILLO, David (2010): “¿Educar para las necesidades del mercado laboral? Diálogos (Puebla, México), Año IV, No. 49, octubre, pp.13-15.
LATAPÍ SARRE, Pablo (2007): “Conferencia magistral al recibir el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Autónoma Metropolitana”. Boletín de la Red de Círculos de Estudio y Participación Ciudadana “Ing. Luis Rivera Terrazas” A.C. (Puebla, México), No. 13, pp. 3-20.
MOUFFÉ, Chantal (1980): Hegemony and Ideology. Londres: The City University.
ROJAS JIMÉNEZ, Pablo (2007): La Norma ISO 9001:2000 en la acreditación de programas Ingeniería en la Educación Superior Tecnológica. Universidad Veracruzana. Trabajo recepcional (T       esis).
PEREIRO, Jorge (2005): “El alumno cliente, una cuestión de enfoque”, en  http://www.portalcalidad.com/articulos/35-el_alumno_cliente_una_cuestion_enfoque






* Conferencia presentada el 24 de noviembre de 2010 durante el Foro “Misión de la Universidad”, organizado por  la Dirección General de Difusión Cultural de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla en el Paraninfo del Edificio Carolino.
[1] Francisco Hernández Echeverría es Maestro en Educación Superior por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, desde 1996 ha sido docente en diversas Instituciones de Educación Superior, Coordinador Académico del grupo literario “Óclesis. Víctimas del Artificio”, articulista en Momento Diario y otros medios impresos, Coordinador del programa radiofónico por internet “Óclesis Radio” y fue Director General del programa radiofónico “Los que vigilan desde el Tiempo” que se transmite por Radio-BUAP.

martes, 4 de julio de 2017

Éter
Por: Leo Zepeda


Fuente de imagen:
http://infosphere.cenart.gob.mx/artistas/32
Tengo  87 minutos en el pasto del parque que está a 5 calles de mi casa, tengo 8 años, y me gusta estar sentado en el pasto, más en este parque, y a esta hora; son las 9 am, no hay un sol que me queme y el aire sopla fuerte pero no es frío. No tengo una madre que se preocupe por mí ni un padre que me dé ordenes que no entiendo y realmente no quiero cumplir, nadie me impone nada ni nadie me enseña nada que yo no quiera, o que realmente necesite aprender, podría asegurar que todo lo que soy lo soy por mí mismo, sé que no todos pueden decir eso y mucho menos a esta edad.
Últimamente he pensado muchas cosas, como lo hago siempre; he pensado en qué hacer para comer mañana, también en que necesito otros zapatos, lo que más me inquieta es qué hacer para seguir siendo yo mismo en unos años, no todo va a ser tan cómodo siempre, no quiero llegar a una edad en la que me sienta cansado y abrumado por la vida, no quiero seguir órdenes ni trabajar para ganar un poco de dinero y poder darme algunos lujos que esencialmente no necesito.
No creo en la cultura de mi país, ni en las fechas extranjeras que celebramos como navidad, o el día del amor y la amistad, o la llamada noche de brujas, no creo que las fechas nacionalistas como el día de muertos ni el día de la independencia ni la revolución, no creo en vestirme de charro ni glorificar la imagen del hombre colonizado, estoy consciente de que culturalmente mi país es muy vacío, su gente es muy tonta y por eso mismo hace ya tres vidas que no celebro nada de eso, lo que me tiene un poco consternado es que  no sé por qué siempre vuelvo a nacer en este país, tampoco sé porque soy el único que parece recordar sus anteriores vidas.
Este parque en el que tanto me gusta estar está lleno de árboles grandes con ramas delgadas y flores color lila, en esta época del año llenan el piso de sus flores y todo se ve color lila y muy hermoso, creo que se llaman jacarandas, no estoy seguro, recuerdo que en otra vida eran los árboles favoritos de una mujer que amé, me la volví a encontrar en otras vidas, algunas veces bien y otras mal, el problema es que yo no he podido olvidar nada.
No sé exactamente cuántos años tengo, sé que he vivido muchas vidas, no sé cuantas, una vez alguien me dijo que se podía saber cuántas vidas tenía un alma según las líneas que tiene la mano justo junto al dedo pulgar, yo tengo muchas, no las recuerdo todas pero si tengo imágenes borrosas de algunas, igual no creo que eso sea importante hoy, soy muy feliz, soy un niño, no sé si sea inteligente o superior a los demás pero algo he aprendido.

lunes, 26 de junio de 2017

Replantear el Humanismo

Por: Flor de Liz Mendoza Ruíz[1]

El panorama en el que estamos inscritos en la actualidad, con una serie de hechos impactantes, fuera de toda proporción y lógica, deberían llevarnos a reflexionar y buscar la manera en que, como sociedad, recuperemos el sentido humanista que hace algunos años aún mediaba las relaciones sociales e interpersonales.
Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, el humanismo es una “doctrina o actitud vital basada en una concepción integradora de los valores humanos” (RAE, 2006: 795). A partir de esta definición podemos destacar dos aspectos fundamentales; primero, es una actitud el creer y reconocer que estamos relacionándonos todo el tiempo con otras personas, aunque en algunos ámbitos se prefiere que esta actitud sea minimizada, (baste consultar las imágenes que circularon las últimas semanas en donde personal de un hospital escucha a una mujer llorar la muerte de su hijo y permanece indolente debido a que no se les permite involucrarse de más con las personas que requieren de sus servicios). En segundo lugar, debemos reconsiderar la importancia de los valores humanos, pues con el paso del tiempo hemos ido desvalorizando, valga la redundancia, nuestras relaciones sociales.
Revisemos, por ejemplo, nuestra relación con la tecnología, con sus pros y sus contras. En los últimos años hemos sido testigos de cómo puede acortar distancias en muchos casos pero contribuye a la despersonalización, es decir, tenemos mejores relaciones con cualquier aparato electrónico que con la gente que vivimos y convivimos. Metafóricamente, recordando la novela de principios del siglo XX escrita por Isaac Asimov llamada “Yo Robot”, estamos experimentando cómo las máquinas y las computadoras se rebelan e intentan conquistar a la humanidad, nosotros mismos estamos permitiendo y creando las condiciones para que incluso tratemos a los demás como si fueran máquinas, viéndolos como si formaran parte de un mecanismo, como engranes de una maquinaria, sin ninguna característica humana.
Por tanto, debe ser una prioridad en nuestra agenda el retomar los valores, aquellos que consideremos que pueden generar las condiciones de vida pertinentes para nuestro desarrollo; aquellos que nos permitan consolidarnos como una sociedad consciente de que somos seres humanos; se trata de recrear condiciones de vida dignas y suficientes para un desarrollo conjunto de nuestra sociedad.
Una de las actitudes que más han mermado las relaciones humanas es el individualismo, la carrera en la que la mayoría se involucra con el fin de obtener los mayores y mejores beneficios, aún sin importar sobre quién o quiénes se han de imponer. En esta lógica, los mejores trabajos no son de las personas mejor preparadas, sino que se requiere conocer a la persona adecuada, o “comprar” los puestos importantes; ésta es una realidad que tiene nombre y se llama corrupción, pero es un antivalor que despersonaliza a quienes compiten, por ejemplo, por un empleo. Esto puede explicar por qué nos cuesta tanto trabajo desarrollar proyectos en equipo, y laborar con otros para alcanzar un bien común.
Considerar al otro como un ser humano nos brinda la oportunidad de conocernos mucho más a nosotros mismos, de construirnos y reinventarnos, no para alcanzar metas efímeras que se evaporan o brindan placeres pasajeros, sino para alcanzar el anhelo de todo ser humano: dejar su huella en este proceso que atravesamos al que llamamos vida.





[1] La autora  es Doctora en Ciencias del Lenguaje por la BUAP y profesora en la FCC-BUAP:
Lo que es porque viene siendo

Hugo I. López Coronel[1]

Resulta innegable que el acto de hablar atiende y simboliza nuestro ser/estar en el mundo, pues la praxis humana es posible, necesariamente, en el acto comunicativo –espacio inagotable donde acontece nuestro ser/estar–; en este orden de ideas, el habla –como parte de ese acto comunicativo cuyo sentido de principio a fin es brindado por la lengua– representa el lugar ideal para la reflexión acerca de la importancia del funcionamiento “correcto” o “incorrecto” de la lengua misma. Diversas son las consideraciones teóricas respecto al discurso gramatical prescriptivo, desde la actividad lingüística, dentro de la comunicación humana; la lengua, como noción de sistema de códigos, y el habla, formalizada por el hablante como acto tangible de una lengua, representan los espacios donde los hablantes realizamos ese impulso, muy humano por cierto, de juzgar el uso que se hace, por otros, de la lengua.
Así como el impulso de juzgar es muy humano, el habla se presenta como el acto humano por excelencia; ésta es una característica de vital importancia donde la comunicación se realiza con un alto grado de complejidad y abstracción, Este proceso es posible a partir de sonidos articulados que permiten elaborar significados con una complejidad asombrosa. El habla se estipula como una capacidad presente en todos los seres humanos; esta capacidad, si bien está condicionada por factores tanto intrínsecos como extrínsecos, tiene características comunes en todos los hablantes.
El proceso de transmisión de mensajes de una conciencia a otra en la comunicación se logra cuando ambas pueden interpretar los mismos hechos expresivos –he aquí las funciones propias del lenguaje–. Es decir, la comunicación lingüística supone –entre otros procesos– que las instancias implicadas compartan necesariamente un código que los vincule, pues dos sujetos no serían capaces de comunicarse sin un código, el cual queda concretado en la lengua.
Cabe reflexionar, en este aspecto valorativo, la pertinencia de las expresiones de "correcto" e "incorrecto" que suponen, sin duda alguna, la presencia de dos formas lingüísticas valoradas de forma distinta. Entonces, si bien existe la preocupación correctora –que además asumimos como parte de nuestra naturaleza– en las prácticas concretas del habla, también cabría preguntarnos, desde un punto de vista comunicativo, cuál es el propósito de valorar, precisamente, esa pertinencia lingüística de lo “correcto” e “incorrecto”. Si partimos de la proposición de que dos sujetos que comparten una misma lengua, es decir, un mismo código, pueden comunicarse plenamente entonces por qué debemos categorizar de “correcto” o “incorrecto” ciertos usos lingüísticos.
Una sociedad sólo es posible –sin hacer de lado otras instancias– gracias a la facultad del lenguaje, aspecto que asiente la vinculación entre quienes comparten una misma lengua y quienes hablan otra. Esta solidaridad lingüística permite que la lengua sea un instrumento simbólico de integración y al mismo tiempo la instancia para diferenciarse de los otros. De esta manera, surge la estandarización lingüística, lograda gracias a la enseñanza controlada de la lengua materna y reforzada mediante el apoyo de los aparatos ideológicos de una sociedad –familia, religión, educación, medios de comunicación, instituciones, etc.– Por ello, una variedad lingüística se estandariza cuando en un espacio determinado se imponen ciertos hábitos –de esa variedad lingüística por supuesto– por encima de las otras variaciones –tanto sociales como geográficas y discursivas– y en donde este proceso de imposición constituye a dicha variedad como el medio más corriente de comunicación para sujetos capaces de emplear otras formas de lengua.
No estamos afirmando que los esfuerzos de prescripción lingüística sean perversos e inútiles –aunque es innegable que muchos sí lo son, como la publicidad por ejemplo–, pues no cabe duda que todo acto lingüístico conlleva, ostensivamente, cierta prescripción; por el contrario, quienes prescribimos costumbres lingüísticas –por ejemplo en la labor universitaria– lo realizamos con la convicción de contribuir, de manera pertinente, a la formación personal y profesional de nuestros semejantes –y en verdad, no sólo es un acto social de buen gusto–. Así mismo, tampoco afirmamos que todos los recursos ideológicos, por sí mismos, tengan una función maligna; por el contrario, estos recursos son indispensables para que los seres humanos podamos llevar mejor este mundo, entender una injusticia o fraternizar con la locura cuando la razón y la voluntad son ya insuficientes. El hecho prescriptivo, per se, está presente en todo acto humano; sin embargo, ése no es el problema real pues la realidad de este hecho se encuentra en el para qué lo realizamos, la intención que se tiene al hacerlo y qué se quiere lograr con ello: he ahí el dilema.






[1] El autor es maestro en Literatura Mexicana por la FFyL de la BUAP y miembro activo en Óclesis.

martes, 13 de junio de 2017

Amor de Domingo
Por: Alejandro Barradas De Ita.

Fuente de imagen:

http://www.imgrum.org
Me encontraba en un café, son las 4:15 pm aproximadamente, sentado con mi taza de café  americano, sin azúcar, recuerdo muy bien, aquella tarde, con un sol brillante. Esa tarde me habían invitado a tomar una cerveza en una plaza, mi primo me esperaba, así que me apresuré a terminar con aquella taza.
Tomé transporte hacia aquella plaza, eran las 6:30, yo llegaba, cuando el clima tuvo un cambio brusco, de aquella tarde soleada, pasamos a un cielo nublado, empezaba a caer algunas gotas, yo llegaba a la plaza, mi primo me esperaba en aquella banca, cerca de aquellas carpas donde se encontraban los stands de cerveza artesanal.
Tomé asiento en aquella banca junto a mi primo, lo saludé y me dirigió la palabra, sin embargo, no puse atención, justo en ese momento fue ahí cuando la vi, sentada en aquella silla, recuerdo muy bien, llevaba una blusa color azul cielo, un short de mezclilla y una sudadera negra, recuerdo aquella sonrisa y cabello lacio claro, volteo y no puedo dejar de observarla, mi primo me repite una frase, al fondo escucho su voz, pero no pongo atención, estoy perdido en aquellos ojos claros y sonrisa hermosa, mi primo me repite nuevamente, justo ahí siento una mano en mi hombro, reacciono y ella voltea a verme, yo agacho la mirada, me sonrojo, estoy seguro que se dio cuenta que no dejaba de observarla, distraigo la mirada volteando a ver a mi primo, muevo la cabeza como si afirmara su frase, no sé de qué me habló, tenía que hacer algo, sabía que ella se había percatado que no podía dejar de observarla, me pongo nervioso, ella voltea y me observa, yo bajo la mirada, no sé qué hacer, me pongo a pensar, ¿cuál será su nombre? ¿De dónde será? ¿Le habré llamado la atención? Mi primo me vuelve a hablar, nuevamente no pongo atención, estoy volteando a otro lado, pero sigo pensando en ella.
Mi primo se levanta de la banca, yo voy tras él, no lo puedo dejar, entramos a la carpas y nos quedamos un rato ahí, comienza a llover, la recuerdo a ella aún, no puedo salir a hablarle, el agua está muy fuerte, me preocupa, ella se mojara, no podré ayudarla.
¿Han tenido ese sentimiento de amor a primera vista?, no creía en eso, hasta este momento, mírame, preocupándome por ella, aún sin conocerla, sin saber su nombre, sin saber de dónde es, pero ya me preocupa. Son las 8:25 pm, la lluvia comienza a bajar, salgo de las carpas, me dirijo a la plaza, busco dónde cubrirme, la vuelvo a ver, espero en una esquina, veo cómo ella se apura a recoger su mesa, la observo y pienso nuevamente, ¿le podré interesar?, es una mujer hermosa, no creo ser la persona para ella. La observo, me pongo triste, ella está con un chavo, creo es su novio, él la ayuda a recoger su stand,  veo que se sube a una camioneta, me pongo triste, creo que se irá, se irá, no la volveré a ver, se va sin siquiera haberle preguntado su nombre.
Mi primo me habla, volteo, cambio palabras con él, regreso la mirada a donde se encontraba ella, ya no está, volteo a todos lados, trato de buscarla, pienso, no se pudo haber ido así, no tuve el valor de hablarle.
Han pasado 10 minutos, ya no la encuentro por ningún lado, bajo la mirada, y es ahí cuando algo me dice dentro de mí voltea, reacciona, no quiero levantar la mirada, pero lo hago, ella se encontraba ahí, a unos pasos de mí, tengo la oportunidad de hablarle, nuevamente pienso, ¿será que pueda hacerlo?, ¿le interesaré?, y otra vez me arrepiento, bajo la mirada, ¿por qué no creo en mí? ¿Por qué no puedo hablarle? ¿Qué me pasa?, ella se va, pasa frente a mí, me ve y sonríe, la veo y sonrío, se aleja, ya no puedo hacer nada, es demasiado tarde, la perdí.

Tomo camino a mi casa, solo me queda su recuerdo: su sonrisa. Ella mi amor de domingo, un amor más de domingo, un amor que he dejado ir, llego a casa, vuelvo a pasar un domingo más, solo, en mi cama.