Teoría y Crítica Literaria
Feminista. Un acercamiento teórico
Por: Jorge Luis Gallegos Vargas
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Según Iris Zavala, “analizar la literatura desde el punto de vista del
género no significa homologar la identidad sexual con el sexo biológico y un
determinismo genético.” (cit. pos. Gutiérrez, 2004:29) Sabiendo que no
es necesario remitirnos a la concepción biológica. En este trabajo, estableceremos
una diferenciación entre teoría literaria feminista y crítica literaria feminista. No es nuestra
intención, abordarlo desde la ginocrítica.
Las discrepancias planteadas entre ambas son
evidentes. Le corresponde a la crítica literaria hacer una reconstrucción, una
evaluación, emitir un juicio de valor acerca de una obra determinada; mientras
que a la teoría literaria le compete encontrar los principios literarios,
estableciendo criterios y categorías de análisis.
Para René Wellek y Austin Warren
Lo más indicado
parece ser llamar la atención sobre estas distinciones calificando de “teoría
literaria” al estudio de los principios de la literatura, de sus categorías,
criterios, etc., diferenciando los estudios de obras concretas de arte con el
término de “crítica literaria.” (Wellek 2002:48)
Esta diferenciación también ha llegado al estudio de
la mujer dentro de la literatura, logrando que exista una distinción entre
teoría literaria feminista y crítica literaria feminista.
1. Crítica literaria feminista
La
crítica literaria feminista es reciente, surge con la publicación de Un cuarto propio de Virginia Woolf.
El Segundo sexo de Simone de Beauvoir
significó su consolidación. (cfr. Gutiérrez,
2004:69)
Son cinco los libros que marcaron las pautas para el
desarrollo de la crítica literaria: los ya mencionados de Woolf y de Beauvoir; Hermandad
es fuerza de Robin Morgan, en donde se hacen referencias a obras escritas
por mujeres con una problemática netamente feminista; La ayudante molesta (1966)
de Katherine M. Rogers; Pensando en las mujeres (1968) de
Mary Ellman; y Política sexual (1969), de Kate Millet.
La crítica literaria feminista se encuentra orientada hacia
el establecimiento de juicios de valor acerca de una obra, apoyándose, según
María del Carmen García Aguilar, en:
- La des/construcción del lenguaje
patriarcal: Se intenta encontrar expresiones que nos acerquen a la
apreciación de los hechos sin recurrir a conceptos y categorías propias
del patriarcado.
- La creación de un nuevo paradigma
cultural: Este paradigma se basa en la no existencia de diferencias
genéricas, en donde se erradique la idea de inferioridad de las mujeres.
- El desarrollo de la historia y la
promoción de la cultura femenina: La cultura femenina parte de la base de
la igualdad entre hombres y mujeres, en donde los textos producidos por
ellas encuentren una adecuación a una cultura femenina; es decir, los
personajes escritos en los textos femeninos se permean de esta cultura
femenina.
Para el estudio de la crítica feminista debemos de tomar en
cuenta:
Primero,
que todo acto de producción y recepción cultural se da en el marco de un
contexto social, histórico y económico. Segundo, que en dichos contextos, los
grupos dominantes marcados por sexo, clase y raza tienen mayor control sobre
sus vidas que los grupos dominados. Y tercero, ya que los actos críticos se dan
en el contexto de la diferencia de poderes, éstos nunca pueden ser
desinteresados. Por ello, partimos de una postura eminentemente feminista para
intentar la comprensión de los sistemas sexo/género como categoría de análisis.
(García, 2002:43)
Así pues, la crítica abarca teorías sociales en las que los textos, ya
sea escritos por hombres o por mujeres, se relacionan con ideologías, mismas
que hacen que los análisis se encuentren empapados de la cultura falocéntrica.
Dos de las funciones principales, marcadas por Marcia Holly,
“consisten, por una parte, en contribuir al establecimiento de los límites del
significado de una obra, y por lo tanto de su respuesta potencial; y por otra,
en repudiar formulaciones estereotipadas con respecto a las mujeres.” (cit.
pos. Gutiérrez, 2004:70) Busca establecer una pugna entre el ámbito público
y el cultural, en donde la mayoría de las mujeres no sólo se dediquen a las
labores domésticas, sino también al ámbito académico, tratando de aplicar esta
cosmovisión a los objetivos principales de la crítica literaria.
Para Toril Moil, “la crítica literaria feminista puede ser interpretada
como producto de la lucha orientada prioritariamente hacia un cambio político y
social; su cometido específico dentro de ella se convierte en un intento de
entender dicha acción política general al dominio de la cultura.” (cit. pos.
García, 2002:45) Asimismo, se identifica como una lectura con base
en las perspectivas feministas, rescatando los conceptos y estereotipos que
aparecen en las obras literarias. (cfr. García,
2002:45)
Los análisis de las mujeres giran entorno a dos cuestiones: aquella que
se dedica al estudio de las mujeres en obras escritas por hombres, enfocada
hacia los estereotipos, conocida como lectura feminista; y aquella que se
dedica a analizar las obras escritas por mujeres, acreditada como crítica
literaria feminista.
La lectura feminista evidencia el mundo marginal al que ha sido
sometida la mujer, intentando hacer un cambio radical de su condición a través
de la crítica. Lo que interesa a la lectura feminista es hacer un análisis de
los estereotipos de las imágenes de la mujer en la literatura, tratando de
reivindicar el retrato erróneo que se tiene de ella, así como la emisión de
juicios y opiniones de obras literarias.
La crítica literaria feminista gira en torno a dos grandes escuelas: la
crítica feminista norteamericana y la francesa.
La escuela norteamericana se basa en el estudio de los estereotipos de
la mujer; esta forma de estudiarla surge en los años sesenta, con la
publicación de dos libros: Pensar en las mujeres (1968) de Mary Ellmann
y Política sexual (1970) de Kate Millet.
Por su parte, la crítica feminista francesa parte de la escritura del
cuerpo.
Los
primeros grupos feministas franceses se formaron en un ambiente intelectual
politizado, dominado por varios tipos de marxismo. Al igual que muchos países
los movimientos del 68 repercutieron también en el feminismo y empezaron a
formarse exclusivamente grupos de mujeres (García, 2002:55)
En Francia, los estudios de la mujer giran en torno a problemas semióticos:
cómo es representada la figura de la mujer, lingüísticos: cómo se comunica y
psicoanalíticos: cómo piensa; destacan; Hélène Cixous, Julia Kristeva y Luce
Irigaray.
Cixous propone el término écriture femenine para la escritura
producida por la mujer, incluyendo teorías revolucionarias sobre la opresión de
la mujer
a partir del psicoanálisis freudiano. Asimismo, parte de la premisa de un mundo
dividido en oposiciones, en donde a lo femenino le corresponde el lado
izquierdo, el lado siniestro.
Además, compara a la mujer con África, por ser un lugar desconocido, poco
explorado:
En
cuanto empieza a hablar, se le puede enseñar, al mismo tiempo que su nombre,
que su región es negra: eres África y, por tanto, eres negra Tu continente es
negro. El negro es peligroso. En el negro no ves nada, tienes miedo. No te
muevas, pues corres el riesgo de caer. Sobre todo, no vayas al bosque. Y hemos
interiorizado el horror a lo oscuro. No han tenido ojos para ellas mismas. No
han ido a explorar su casa. Su sexo les asusta aún ahora. Les han colonizado el
cuerpo del que no se atreven a gozar. La mujer tiene miedo y asco de ser mujer.
(Cixous, 1995:20-21)
La crítica literaria feminista, entonces, busca poner al descubierto la
nula producción literaria por parte de la mujer, así como la desidia de que
dichas obras han sido objeto por parte de la historia de la literatura, al no
considerar las creaciones de éstas.
Asimismo, aboga por una escritura andrógina, es decir, que los trabajos
literarios de los hombres reflejen, escriban y describan a la mujer con sus
cualidades innatas, en donde manifiesten sus emociones a través de la inclusión
de “temas propios de la mujer”
en sus letras.
Así pues, la crítica literaria feminista únicamente defiende la
inclusión y la reivindicación de las producciones de las mujeres, intentando
que éstas sean incluidas en la Historia de la literatura.
2.
Teoría literaria feminista
La
teoría literaria feminista nos ayuda a tener un acercamiento a la literatura
escrita por mujeres, u hombres, marcando un énfasis en que las experiencias
vividas van formando sus modos de expresión; evitando que la comparación entre
ambas literaturas: la escrita por mujeres con la literatura oficial –la
masculina– sea contraproducente, ya que solemos darle mayor atribución a la
literatura de ellos.
Por ello, la teoría literaria feminista busca hacer un avance prudente
en el área, quitarse los prejuicios que trae consigo la producción literaria
oficial, para ubicar única y exclusivamente el cómo son producidas las mujeres,
ya sea por una mente femenina o por una mente masculina. De ahí que Biruté
Ciplijauskaité se cuestione cómo es que algunas heroínas de ficción,
como Emma Bovary o Ana Karenina, hubieran sido concebidas desde
una mirada femenina.
La teoría literaria erradica subjetividades, al representar un peligro
y al ser una construcción personal, no puede tener un punto de partida exacto
para el estudio. Así pues, se debe tener en consideración que lo que hay que
estudiar es el carácter social de la mujer, arrancando de la premisa que lo
sexual determina el género y, por tanto, la forma de actuar de la mujer.
Además, hay que recalcar que la teoría tiene, simplemente, un perfil
especulativo y es totalmente independiente de la práctica; es decir, puede
existir un fundamento teórico sin necesidad de que éste se aplique, del todo,
en un fenómeno. Así, tenemos que la teoría literaria feminista tiene bases que
pueden, o no, aplicarse a un fenómeno en especial, en este caso a la
literatura.
Para María del Carmen García Aguilar, existen tres formas de referirse
al cómo se habla de la mujer y la literatura: La primera gira en torno al cómo
es que la mujer es contada, representada; la segunda se basa en cómo es que la
mujer se cuenta a sí misma; mientras que la tercera se basa en la Teoría de la
Recepción, la cual trae consigo tres cuestionamientos base: cómo escribe la
mujer, qué leen y cómo interactúa la literatura con la mujer. (cfr. García, 2002:67)
A nosotros nos interesa conocer cómo es esta primera posibilidad, es
decir, cómo la mujer es contada a través de una mirada de hombre, el cómo es
que un personaje femenino, es concebido por una mente masculina; además, nos
ofrece el ángulo de cómo es visualizada la mujer como personaje y como tema;
sin embargo, esta posibilidad ofrece una laguna, ya que a la mujer no se le ha
dado la oportunidad de ser tratada desde su realidad, esto porque la literatura
popular “describe a la mujer como se desea que sea.” (García, 2002:67)
Para el análisis de los textos en donde aparecen las mujeres, Raquel
Gutiérrez propone el énfasis en el contexto sociocultural,
basándose en los preceptos teóricos de Rita Felski. Ella expone que “la ficción
feminista solo puede entenderse como producto de las condiciones sociales
existentes y como forma de oposición crítica ante las mismas.” (Gutiérrez,
2004:116) Asimismo, insiste en la posibilidad de agrupar a hombres y mujeres
tomando como base la función social que éstos desempeñen y la relación que las
mujeres tienen con el contexto histórico en el cual se desarrollen.
Al mismo tiempo, Pierre Bourdieu “asume que mujeres y hombres
constituyen grupos sociales y analiza sus relaciones en los mismos términos que
cualquier otra relación entre clase dominante y clase dominada.” (Gutiérrez,
2004:117)
Es indispensable, también, tener en cuenta las diferencias culturales
que existen entre hombres y mujeres, cómo es que éstas han sido adheridas al
sistema de producción y el cómo es que biológicamente se diferencian.
El análisis del sociotexto debe suponer una relación entre la escritura
como producto social y el cómo aparece la mujer, los roles que desempeñan y el
discurso social. Myriam Díaz-Docaretz propone que
cada
suposición hecha sobre la escritura –incluyendo la escritura femenina– es
simultáneamente una suposición acerca del discurso social en general.
Recomienda no olvidar la relación entre la escritura y el discurso social,
interacción que no ha sido recíproca, sino dominada en gran parte por el
patriarcado. (Gutiérrez, 2004:120)
La literatura es una manifestación de una realidad social subjetiva,
misma que se va forjando a partir de la época en la que vive el autor. No
obstante, la literatura no es un reflejo del proceso de la sociedad, sino es la
suma de la historia. La relación que se establece entre lo literario y la
sociedad se da a partir de que los textos se vean como documentos sociales,
como supuestas representaciones de la realidad social.
Cada autor expone su mundo y el papel desempeñado dentro de la
sociedad: manifiesta sus experiencias, vivencias, relaciones interpersonales.
Es por ello que en la obra de Pedro Almodóvar encontraremos rasgos
característicos de su vida, siendo el personaje de la madre uno de los
principales dentro de su producción literaria.
3. De la mujer y
la literatura
La mujer, hasta
antes de la aparición de la crítica y la teoría literaria feminista, había sido
tratada como un objeto de ornamentación más en las páginas de la Historia
literaria; había sido producto de la marginación de la cultura patriarcal. Eran
pocas las mujeres productoras de letras y casi todas ellas pelearon en contra de las ideas falocéntricas de la
época, presentándose como “Secuestradora secuestrada a sí misma.” (Cixous,
1995:20)
Aquí,
cabe hacer una diferenciación entre discurso femenino y discurso feminista. El
femenino es
aquel hecho por la mujer, es decir, lo que ella plasma, describe, escribe; por
su parte, el discurso feminista
asume una política, defiende, reifica, describe, escribe a las mujeres, pero no
necesariamente tiene que estar escrito por ellas.
Elaine
Showalter, propone una división de la literatura en tres etapas: “1) femenina, que se adapta a la tradición y
acepta el papel de la mujer tal como existe; 2) feminista, se declara en rebeldía y polemiza; 3) de mujer, que se concentra en el
auto-descubrimiento.” (Ciplijauskaité, 1988:15) En el transcurso de esta
investigación nos remitiremos a la literatura feminista –y por ende al discurso
feminista–.
Es
importante resaltar que una constante literaria en las producciones del siglo xix y del siglo xx es que la mayor parte de las protagonistas de las obras
son mujeres: Emma Bovary,
Ana Karenina, Ana Ozores,
Carmen, María, Clemencia, Marianela, Santa, la señora Dolloway. Los personajes
de ficción femeninos fueron forjando su carácter, mismo que todavía no logran,
del todo, expresar libremente.
Durante
el siglo xviii y principios del
siglo xix,
la producción literaria de la mujer se limitaba a cartas y memorias; estas
creaciones, según Ciplijauskaité, dejaron como legado el uso de una narración
menos rebuscada, alejada de la tradición literaria –en donde el orden, la
disciplina y la razón predominaban– y apartada de la pretensión de crear un
estilo nuevo.
Las
creaciones literarias del siglo pasado, el xx,
trasgredieron la costumbre de antaño. Los personajes femeninos fueron capaces
de vivir grandes pasiones, pasar por diferentes estados anímicos, ser objetos
de representaciones psíquicas; ya no sólo son un medio para el desarrollo de la
historia, ahora también son partícipes de la misma.
Resulta
contradictorio, pues, que las obras más representativas del siglo xix le correspondan a la mujer: Jane
Austen, Emily Brontë, Georges Eliot, entre muchas otras. Al hablar de estas
novelistas, Woolf hace mención del cómo se sometían ante sus propios fantasmas,
ante la construcción de su conciencia como escritora, de su identidad femenina:
“(...) pienso que estamos en la pista de (...) una Jane Austen muda y sin
gloria, de una Emily Brontë rompiéndose los sesos en el páramo o recorriendo
con desolación los caminos, trastornada por la tortura de su genio.” (Woolf,
2004:45)
Se
debe a estas escritoras que la mujer de clase media comenzara a escribir; poco
a poco las letras dejaron ser propias de las aristócratas, para ser parte de
aquellas que se encontraban olvidadas. La mujer de clase media encontró en la
novela el medio perfecto para desarrollar sus historias.
La
literatura, al ser un producto cultural, se encuentra permeada por la ideología
patriarcal. Así, las manifestaciones artísticas de la mujer se encuentran
restringidas a las actividades que éstas realizan dentro de la sociedad.
Virginia Woolf en Tres guineas y Un cuarto propio expresa que la
literatura fue la primera profesión masculina que la mujer ejerció. (cfr. Castellanos, 2003:107)
Sin
intentáramos definir a la literatura femenina, debemos partir de que ésta “debe
abarcar todos aquellos textos que revelan una toma de conciencia crítica por
parte de las mujeres, de su posición subordinada y del género como categoría
problemática, de cualquier forma que se exprese.” (cit. pos. Gutiérrez,
2004:65)
La
literatura producida por la mujer y las actividades cotidianas se manifestaron
de forma inmediata dentro de las letras; la temática giró en torno a las
labores domésticas, vivencias de la infancia, amores frustrados, a la vida del
claustro; dichas obras, muestran una narración más íntima, una representación
de la mujer más verosímil, personajes femeninos palpables. El acercamiento de
la mujer a la literatura dio como resultado que:
las escritoras
suelan verse como sujeto objeto, y al escribir retornen a la infancia, que
siempre hace volver hacia una misma, para luego dirigir la mirada al entorno,
que suele ser por lo regular el ámbito doméstico. Por eso el mundo femenino
suele considerarse interior, casero, pues casi nunca hay una desvinculación
entre la escritora y la mujer. (García, 2002:55)
Se
ha identificado que la mujer escribe de una forma consciente, lo cual no
implica que la obra tenga un enfoque feminista. Es decir, el hecho de que una
producción literaria hable de mujeres no implica un vínculo con el feminismo.
Esta forma de hacer notar su voz se hace evidente ya que las mujeres dedicadas
a las letras “no escriben libros sobre los hombres.” (Woolf, 2004:27)
Hacia
el siglo xviii y el xix, la actitud de la mujer hacia la
producción de literatura era muy marcada: creaban, narraban historias, pero lo
hacían bajo su propio escondite, bajo una máscara masculina. La constante fue
la utilización de seudónimos, mismos que representaban las escasas
oportunidades para contar historias.
En
los años cuarenta, del siglo pasado, un grupo de mujeres pertenecientes a la
clase social media alta se ligaron al ámbito cultural por medio de la
enseñanza, la crítica, el periodismo y otras actividades ligadas a las letras;
las obras de éstas abogan por la “búsqueda de su identidad como mujeres a
través de la literatura al intentar escribir desde su feminidad, como es el
caso de Ana María Matute, María Zambrano, Esther Tusquets, Rosario Castellanos,
Luisa Valenzuela, Cristina Peri Rossi, Griselda Gábaro, Elena Garro, entre
muchas más.”
(García, 2002:72)
Para
Virginia Woolf, los elementos que varían de una obra escrita por una mujer y la
de un hombre son: la descripción de los lugares y espacios en donde se desarrollan
las acciones; la puesta en juego de las sensaciones en los personajes
protagónicos, mismos que, en la mayoría de los casos, son mujeres; la narración
hecha en primera persona, lo que hace que sea más íntima; y la conjunción del
corazón, cuerpo y cerebro para contar sus historias.
Hélène Cixous apunta que: “la mujer debe escribir su self: debe escribir sobre mujeres y
hacer escribir a las mujeres, de lo cual han sido alejadas tan violentamente
como de sus cuerpos” (cit. pos.
Gutiérrez, 2003:15); es decir, debe hacer valer su voz; darse la oportunidad de
ser mujer, de ser objeto de literatura; hacer que se represente y se hable de
sí misma tal y como es; ir trazando y delineando sus estructuras corpóreas,
psicológicas; plasmar su erotismo e incluso su homoerotismo; inventarse y
reinventarse como mujer.
Es a través de la escritura femenina en donde
la mujer puede hacer valer esa voz, en donde puede plasmar, mostrar y expresar
su conciencia femenina ante una conciencia masculina predominante. Esta
escritura pretende ser un espejo en donde pueda observar su propio yo. “El Narciso masculino se mira en el agua y se admira: tiene ya su
discurso hecho. La mujer se mira buscando; el agua que la refleja es movida.
Esto dicta, como se verá, muchos de los procedimientos usados en la narrativa
femenina de hoy.” (Ciplijauskaité, 1988:206)
Biruté Ciplijauskaité
considera que las innovaciones estilísticas hechas por la mujer se dan porque
se transforma la
sintaxis. Se incorpora con facilidad el lenguaje casi incoherente de los
sueños. Es notable la orientación hacia el símbolo, pero no por eso se renuncia
a la expresión oral. Aumentan las epifanías. Se procede a quitar el ropaje
exterior, con sus expresiones lingüísticas tradicionales. Se quiere ahondar
cada vez más en la raíz misma de las acciones. (Ciplijauskaité, 1988:25)
El
mayor acercamiento que ha tenido la mujer con la literatura es a través de la
creación de cartas, diarios, poesía lírica y novela. Con la poesía, pudo
autojustificarse, hacer uso de la reinterpretación de símbolos e imágenes
arquetípicas propias de las mujeres: el vaso, la copa, el agua, la naturaleza,
la tierra, el acto de tejer, la sirena, la bruja, las mujeres bíblicas: Eva,
Lilith, María. “Las poetas vivirán un constante conflicto entre el talento y
los límites impuestos a la feminidad. Actitudes típicas del romanticismo tales
como: egoísmo, rebeldía, deseo sexual, sarcasmo, mal du siècle… no tienen cabida en la poesía escrita por mujeres.”
(Freixas, 2000:153)
La
novela, fue un género despreciado por la crítica literaria al ser considerado
como un género en donde la capacidad intelectual requerida es menor, motivo por
el cual se le adjudicó a la mujer; esta, estuvo estrechamente ligada al diario
y a la autobiografía, géneros considerados como los del yo.
Las
heroínas de ficción, concebidas por las mentes femeninas, son un reflejo de la
necesidad que ella tiene al escribir: eliminar la subversión, pretendiendo
hacer un cambio a esa mirada objetiva
para construir una nueva: una mirada en donde quepa la subjetividad que permita penetrar y conocer más sobre la conciencia
del personaje; una mirada hecha desde las emociones y el cuerpo.
Por
su parte, las pensadas por las mentes masculinas, son reflejo de la
estereotipación e idealización que el hombre hace de ellas. Pareciera ser que
la mujer pensada por el hombre es ingenua; si es inteligente: es castigada con
un trágico desenlace. Esto porque, según Michelle Montrelay, la mujer al
escribir suele hacer una extensión de ella misma, mientras que el hombre
recubre el lenguaje mediante el intento de objetivar el mundo.
La
tradición de las heroínas de la última mitad del siglo xix y la primera del siglo xx,
lucha en contra de los estatutos establecidos por la literatura tradicional;
sin embargo, la preocupación debería apuntar sobre si existe o no buena o mala
literatura, si la mujer y el hombre están representados, de manera simbólica,
de forma coherente, si se aboga por la dignificación de la humanidad.
La
literatura concebida por mentes masculinas ha permeado –y hasta cierto punto
contaminado– la escritura, logrando establecer dentro de las letras que los
personajes, a través de su relación con los demás, cumplan con los códigos de
normas y valores impuestos de manera simbólica y que los arquetipos se acepten
como válidos.
La
imagen arquetípica se conforma a partir de cómo es vista la mujer desde fuera y
se enfrenta a las subjetividades a partir de los roles, que por tradición, ha
desempeñado la mujer en la sociedad: madre, esposa, monja.
Sin
embargo, bajo usanza de que la mujer ha sido producto de los arquetipos, se ha
comenzado con la transformación de la idea de los personajes femeninos,
logrando que algunos hombres busquen indaguen en la forma de escribir: a través
de la escritura andrógina.
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Woolf, Virginia (2004). Un cuarto propio. México,
Colofón.
La crítica
literaria feminista alcanza su máximo apogeo en los años sesenta: década
significativa por las rupturas que se dan con el sistema patriarcal
establecido.
Se considera
a Virginia Woolf como la precursora de la crítica literaria feminista. A partir
de la aparición de Un cuarto propio, la lectura que dio la escritora
inglesa de la literatura permitió explicar no sólo cuál ha sido la visión de la
mujer en la historia literaria, sino el papel de ésta como productora de
literatura, es decir, el cómo y el por qué las mujeres escriben y se describen
a sí mismas. Woolf hace hincapié en que la mujer, y las realizaciones
artísticas de ésta, tienen que ser analizadas desde una perspectiva diferente,
ya que “la crítica literaria tradicional es parcial, usa categorías y
estereotipos que hacen aparecer la escritura de las mujeres cuando llegan a
hacer mención de ella, como dulce y encantadora.” (García, 2002:62)
La lectura
feminista ofrece una lectura con un ojo crítico a las obras clásicas de la
literatura universal: –Shakespeare, Hemingway, Joyce–, en donde los escritores
han delineado las características de la mujer como una imagen simbólica, mismas
que han colaborado a su sumisión.
“La
experiencia, en la teoría feminista, debe tomar en cuenta que la sexualidad es
central, en tanto que determina, a través de la identificación de género, la
dimensión social de la subjetividad femenina, es decir, la experiencia personal
de lo femenino.” (cit. pos. Gutiérrez, 2004:63)
Es por eso
que “Rita Selden identifica la teoría con lo institucional, representante de lo
difícil, lo intelectual, lo vanguardista de los estudios literarios.” (cit.
pos. Gutiérrez, 2004:67)
Emma
pareciera ser un espejo de la misoginia del autor, de la discrepancia que
sentía tanto por los hombres como por las mujeres. Esos rasgos misóginos los
muestra en el desenlace de la novela, ya que “la novela no termina con la
muerte de Emma Bovary, sino con la del marido (...), en el mismo banco donde la
desquiciada esposa leía cartas de amor a su amante.” (Moix, 1999:19) Madame
Bovary no es más que un reflejo de la hostilidad de la época, de las
restricciones, en el ámbito privado, de las que la mujer era objeto.
Ana Ozores,
personaje de la Regenta
escrita por Leopoldo Alas «Clarín» retoma las características de Emma Bovary,
consiguiendo confundir el cuerpo y alma a través de la locura; dejándonos ver
que con ella quería indagar en los terrenos del dolor, la frustración, la
imposibilidad del desarrollo de la mujer dentro del matrimonio e, incluso, en
la divinidad heredada por el misticismo.
“Pocas son
las alternativas que han tenido estas criaturas literarias, fuera de la de
acabar sus días abocadas a la desilusión y al fracaso, ya sea a través de la
inevitable pasión amorosa, la agonía del exilio o la muerte.” (Monteys,
1999:230)
“Lo
verdaderamente heroico de estos personajes femeninos no ha sido alcanzar el desencanto
del mundo, sino resistir a él.” (Monteys, 1999:232)
“Algunas
novelas feministas hacen explícito su acuerdo con el movimiento de liberación
de las mujeres, pero otras no; incluso, hay autoras cuyas obras se consideran a
título honorífico, como las novelas de Doris Lessing, Fay Welden y Alison Luire
(para el ámbito angloamericano) (cit.pos. Gutiérrez, 2004:76)
Rosario
Castellanos expresa que “el instrumento de expresión de los géneros literarios
es el lenguaje. Y desde muy temprana edad las mujeres aprenden, por lo menos, a
hablarlo. (...) Pero cuando la alfabetización dejó de ser un privilegio de
ciertas clases y de ciertos grupos (…) las mujeres aprovecharon esta ventaja y,
en el caso de los países de religión protestante, otra: la frecuente lectura de
la Biblia que
les proporcionó una enorme riqueza de vocabulario y de imágenes, una colección
de historias y anécdotas heroicas, tiernas, atrevidas, llenas de vicisitudes y
coronadas siempre por el triunfo de la justicia. Ahí estaba el dechado y por la
otra parte el deseo incoercible de imitar, de reproducir, instinto femenino si
los hay.” (Castellanos, 2003:107)
Estas
escritoras, han hecho de la literatura un medio de expresión mediante el cual
son capaces de transmitir y contar sus historias, dándose el “lujo de escribir
por sí mismas sin renunciar a su identidad, pero sin estar por ello siempre y
constantemente en las barricadas de la lucha.” (García, 2002:72)